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Fecha jueves, 09 de septiembre de 2010

VENID A MÍ TODOS LOS QUE TENÉIS SED


Detrás de la “Última Cima” estaba Dios

FOTO

DANIEL DE PABLO MAROTO. Carmelita descalzo de “La Santa”.

         Acabo de ver la película La última cima, un reportaje de Juan Manuel Cotelo sbre un sacerdote muerto en una escalada al Moncayo en febrero de 2009 a los 42 años, cuando tanta falta nos hacen los buenos sacerdotes como él. ¡Extraño destino que Dios reserva a los buenos! Al final, se cumplió el presentimiento de que moriría joven.

         El guionista y director ha sido valiente para atreverse a contar la vida de un cura, cuando son masa y legión, no siempre con conocimiento de causa, los que los abominan por ricos, egoístas, alienados de este mundo, pederastas, etc. Mucho más morbo y éxito hubiera tenido otro director si hubiera tomado como modelo un mal cura, que no abundan, pero existen. Cotelo no conocía al cura Pablo hasta que asistió a una conferencia suya, más por complacer a un amigo que por el interés en el tema y en el conferenciante. Al acabar, un brevísimo encuentro con él, un cruce de palabras, la oferta de apoyo por parte del cura en caso de necesidad, y poco más. El guionista-director de películas intuyó que aquel hombre no era un sacerdote como los demás, sino una persona excepcional. Hay tipos que traspiran una especial empatía desde el primer encuentro, como si poseen un resorte para forzar la amistad de los interlocutores. Por lo que cuentan, Pablo Domínguez debió ser uno de ellos.

         Cotelo quedó prendado del cura en aquellos mágicos minutos, recibió un impacto que cambió su modo de pensar. Por eso, cuando se enteró de su trágica muerte, y oyendo las confesiones de los que lo conocían, comprendió que con aquellas historias y relatos calientes, se podía tejer una bella, hermosa y entrañable historia. ¡Menos mal que un cura bueno devuelve la fama perdida por unos cuantos -desearía que pocos- curas malos y muchos más del montón.

         No soy critico de cine, sino simple espectador, que cuento lo que he visto en la pantalla y he oído en las palabras de las personas que lo conocieron: sus padres, hermanas, amigos, amigas y conocidos, obispos, sacerdotes, laicos, alumnos de la Facultad de Teología de “San Dámaso”, en Madrid, donde Pablo era decano, etc. Y transmito la impresión que me han causado las imágenes de unos rostros que aparecen repetidamente en la pantalla, y que el director explota hábilmente acercándolos a los espectadores, como si estuviesen dialogando con nosotros. Se recrea también en la presentación de unos paisajes naturales hermosos, impresionantes, las montañas, las nieve, el agua, la luz del sol, los peñascales. Es el escenario donde se desarrolla gran parte de los minutos de la película. Y, en la periferia de las imágenes, como marco inmaterial, envolvente y gustoso, la música suave, cadenciosa, serenante, recreo del oído en una sala semivacía.

         Y después, la figura y la voz del mismo Pablo, predicador, conferenciante, siempre sacerdote y profesoral en el mejor sentido de la palabra, hasta casi las últimas palabras que predicó en su vida. Vienen después las palabras de los testigos, los que conocieron a Pablo de cerca, su familia y una breve selección de amigos y amigas, emotivas, pero todas serenas, resignadas, sin llantos. Da la impresión de que no siguen un guión preestablecido, sino que fluyen espontáneamente al compás del sentimiento y la razón, del hermoso y emocionado recuerdo del protagonista.

         Ha recogido también el director las otras voces, las de la calle, los desconocidos, que responden a la pregunta: ¿qué piensa Vd. de los sacerdotes, del celibato de los curas, etc? Y, ya se sabe, algunas son discordantes: que si ricos, que viven a lo suyo, que por qué la Iglesia no reparte las riquezas a los pobres, que viven muy bien, que por qué no se casan, etc. La murga de siempre, aunque sospecho que muchos y muchas de los que dicen eso no han hablado con ningún sacerdote, pero lo saben porque se dice, se oye, se lee en las novelas. Otras voces son más templadas y varias hasta laudatorias.

         Pero, por encima de las pequeñas diatribas, el director destaca bien las cuantiosas riquezas del alma del cura Pablo Domínguez: su conciencia de ser sacerdote como hombre que no se debe a sí mismo, su estima del celibato sacerdotal para ser libre, su amplia y sólida formación académica, su buen decir y hacer como profesor y conferenciante, su humildad, su servicialidad para atender a cuantos le necesitaban, su optimismo innato y su fino sentido del humor, su aprecio por la amistad que contagiaba entusiasmo y vencía ideologías adversas, su enorme capacidad de trabajo, etc.

         Y, bien destacado, su pasión por la montaña. Sentía como una atracción mística por las alturas que había que escalar, llegar a la cumbre para ver el mundo desde allá arriba. Poco antes de despeñarse por un barranco, dicen que llamó a la familia para decirles: “He llegado a la cima”. Era la seducción de las alturas, la llamada del más allá, que juntaba la vida con la muerte y el final con el principio de una nueva vida. En la cima estaba Dios. Quizá su destino fue corto porque su vida estaba ya madura para fructificar desde la otra orilla.

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