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Fecha miércoles, 08 de septiembre de 2010

VENID A MÍ TODOS LOS QUE TENÉIS SED


Mi roca fuerte.

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Hoy cambia todo y constantemente, pareciera que nada permanece. Estamos en un mundo verdaderamente vertiginoso, en sus modos de vivir y en su propia evolución. Parece, incluso, que necesitamos que así sea, como si la constancia, la duración, la estabilidad, nos produjeran pánico o, aun peor, aburrimiento. Sin embargo, esto no nos ha convertido en una cultura más integradora y humana, sino más precipitada, simplemente. Una expresión popular así nos lo recuerda y el “ir acelerados” se convierte casi en paradigma de nuestra vida cotidiana, llena de prisas, siempre corriendo hacia no se sabe dónde ni por qué.

La fuerza del Espíritu nos habla de la constante creatividad del amor divino. El Espíritu de Cristo es el eternamente joven y nuevo, Espíritu de cambio que todo lo hace nuevo, todo lo re-crea. Desde nuestro propio corazón hasta el cosmos entero, todo está penetrado por su fuerza, su dinamismo de resurrección. Y podemos preguntarnos: ¿cambio o estabilidad? ¿Novedad o tradición? Quizá esta misma pregunta, muchas veces hecha sin palabras, refleja que aun hemos de escuchar con más atención la suave brisa del Espíritu de Cristo.

No resulta nada extraño comprobar que, en no pocos lugares de Iglesia, los cambios asustan como asusta un futuro que se ve incierto o, quizá, simplemente distinto de cómo fue el ayer. Cuando todo se acelera, cuando parece que la tormenta arrecia, surge la tentación de buscar el puerto de la nostalgia para refugiarnos allí sintiéndonos fuertes. Pero no, no hemos sido enviados al mar de la historia para buscar puertos ficticios, sino para navegar hacia el único que nos espera, el puerto definitivo del Reino en el hogar trinitario. Los buenos marinos se demuestran, precisamente, en medio de las tormentas porque saben mantener el timón firme y la ruta clara.

La tradición viva que nace de la Pascua y que el Espíritu sostiene no habla simplemente del pasado. Por el contrario, la Pascua es acontecimiento siempre actual y vivo, dinamismo de Vida divina en el corazón del mundo. Espíritu precisamente nos abre la mirada y el interior para acoger la fuerza creadora del amor trinitario que nos impulsa hacia el amanecer del Misterio de Dios como plenitud de todo lo humano. La disgregación, la separación, el desencuentro, las heridas que laceran y destrozan, el pecado que nos desgarra y genera muerte… son otros tantos lugares para experimentar el vigor del Espíritu y el don de la vida nueva y resucitada. Los cambios, las transformaciones muchas  veces no nacen de la Resurrección, pero eso no significa que el Espíritu esté ausente. Por el contrario, son otras tantas oportunidades para descubrir caminos inéditos del Reino en la historia. El Espíritu divino sabe hacer brotar su novedad también en medio de nuestra confusión.

¿Algo permanece? Sin duda. El mismo Espíritu nos recuerda sin cesar que hay algo absolutamente inmutable en nuestra vida: la presencia de Cristo resucitado entre nosotros, el amor y la misericordia incondicionales del Padre hacia la humanidad siempre necesitada de salvación. Aquí está la roca firme de nuestra existencia, la única que nos puede dar la firmeza y la alegre audacia para caminar incluso en los procelosos tiempos que nos toca vivir. Ni la más tremenda destrucción, ni el más profundo desconcierto podrán quebrar esta certeza: Dios-con-nosotros en la carne de su Hijo muerto y resucitado por amor a la humanidad. El amor de Dios no cambia, no mengua, no está condicionado por nada o, si acaso, por una sola cosa que es la eterna fidelidad de Dios.

Sea en los pequeños cataclismos que a veces sacuden nuestra existencia personal, sea en medio de un mundo en vertiginosa transformación, queda el suelo firme de la mano amorosa de Dios que nos sostiene y la presencia luminosa del Espíritu que Cristo nos ha regalado. Así lo entendió Juan de la Cruz que, no lo olvidemos, también conoció un mundo en cambio y una vida azarosa:

“Múdese todo muy enhorabuena, Señor Dios, porque hagamos asiento en Ti”.

Dichos de luz y amor, 34

Quede su invitación a gozarnos de la más absoluta firmeza que sostiene la vida de la Iglesia y de cada persona creyente: el Señor vivo entre nosotros que nos entrega su vida y su amor. ¿Qué importan los cambios y las tormentas? Podemos caminar hacia adelante sin miedo, podemos arriesgarnos a la creatividad y a acoger nuevos retos si vivimos firmemente arraigados en Cristo, Alfa y Omega.

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