Primer Congreso Internacional Teresiano. El libro de la Vida
Del 23/08/2010 al 31/08/2010
Mi querida santa Madre Maravillas:
Perdone usted que la llame así. Lo de Madre no se lo solía aplicar yo más que a nuestra común Madre Teresa. Pero estoy seguro de que, por esta vez al menos, ella me va a permitir que me atreva a llamarla a usted con este dulce tratamiento. Verá: quiero decirle que me ha fastidiado mucho el troquitroqui que con usted se han traído nuestros políticos y sus alféreces periodistas. Ya sabe: que se trató de poner una placa en lo que un día fue la casa natal de su reverencia y vivienda de los ilustres padres de usted. Que fueron Ministros y Embajadores y Presidentes. Es que a quién se le ocurre eso de ponerse a vivir cerca de donde ya por entonces estaban las Cortes Españolas. Se podía haber temido que cualquier día del inmediato futuro iban a venir políticos más ambiciosos que necesitarían más sitio que el que entonces tenían. No porque fueran a tener más trabajo -que, total, tienen el mismo, es decir, bastante poco y bastante bien pagado-, sino porque a los políticos, como disparan siempre con pólvora del rey, nunca creen que han hecho bastante ruido o que están ocupando escaso terreno.
Pues eso, querida Madre Maravillas: que alguien propuso de repente que a usted, por aquello de que se ha convertido en personaje universal y de prestigio –no se es santa oficial de cualquier manera- sería oportuno dedicarle una pequeña memoria en placa. Una memoria que dijera que, en aquella casa incorporada ahora al edificio de las Cortes, había nacido su Reverencia allá por el año l891 de hace un siglo muy largo. No se trataba de elogio alguno, sino, sencillamente, de recordar una fecha y una cuna. Como ve, nada que pudiera molestar en estos momentos al innato sentido de discreción y humildad que dicen que distinguió a la vida de usted en la tierra y que ahora –seguro- se habrá incrementado en la verdad gloriosa del cielo. ¿Podía molestar a alguien este recuerdo? ¿Podía levantar ampollas en las picajosas gentes de las izquierdas habitualmente anticlericales y todo eso?
Podía. Y ha molestado. Ha molestado una barbaridad. No vea usted, mi querida Madre Maravillas, cómo se han puesto de rijosos algunos compatriotas: que a quién se le ocurre venir ahora con “lo de la monja”. Una monja –se dice con perversa y exclusiva intención- que fue perseguida durante la guerra. Una monja que iba a encontrar ahora honor y ensalzamiento nada menos que en las aulas en que se debate a diario el contenido y la practica de una Constitución que comienza por declarar laico al Estado Español. Y, si laico, enemigo de cualquier privilegio por razones religiosas. A eso se han agarrado para negarle a usted la placa que usted no pidió jamás y que estoy seguro de que le ha producido una tremenda risa.
Pero una cosa quiero recordar a esos Padres de mi Patria que uno ha contribuido a elegir para que sean leales cumplidores fieles de una Constitución: que en la misma Constitución es donde se dice que a ningún español se lo puede marginar a causa de su sexo, religión, raza…Y a usted, mi querida Madre Maravillas, es por religiosa y por santa cristiana por lo que se le está negando esta tontería de la placa. Que ya ve usted: tampoco a mí me interesa un rábano. Tampoco a mí me gusta que se la coloquen. Pero que se diga la verdad vergonzosa: no se le concede porque usted es una monja. Y porque cometió el desliz de dejarse canonizar por el Papa Juan Pablo II en la plaza de Colón. Ese trago es uno de los que a muchos aún se les queda en la gárgola de arriba. Lo siento por ellos.
Eduardo T. Gil de Muro
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