Carta 245



Junio 1897

No lloréis por mí, pues estoy en el cielo con el Cordero y las vírgenes santas...

Veo lo que creí.
Poseo lo que esperé.
Estoy unida a Aquel a quien amé
con toda mi capacidad de amar.

Un poquito de este puro amor más provecho hace a la Iglesia que todas esas otras obras juntas. Por eso es gran negocio para el alma ejercitar en esta vida los actos de amor, porque, consumándose en breve, no se detengan mucho acá o allá sin ver a Dios (San Juan de la Cruz).

Nada encuentro en la tierra que me haga feliz; mi corazón es demasiado grande, nada de lo que en este mundo se llama felicidad puede llenarlo. Mi pensamiento vuela hacia la eternidad, ¡el tiempo va a terminarse...!

Mi corazón está sosegado, como un lago tranquilo o un cielo sereno. No añoro la vida de este mundo, mi corazón tiene sed de las aguas de la vida eterna... Un poco más, y mi alma dejará la tierra, concluirá su destierro, terminará su lucha... ¡Subo al cielo... llego a la patria..., consigo la victoria...!

Voy a entrar en la morada de los elegidos, voy a ver bellezas que el ojo del hombre nunca vio, a escuchar armonías que el oído nunca escuchó, a gozar de alegrías que el corazón nunca gustó... ¡He llegado a esta hora que todas nosotras tanto hemos deseado...!

Es gran verdad que el Señor escoge a los pequeños para confundir a los grandes de este mundo... No me apoyo en mis propias fuerzas, sino en las fuerzas de Aquel que en la cruz venció el poder del infierno.

Soy una flor primaveral que el dueño del jardín corta para recrearse... Todas nosotras somos flores plantadas en esta tierra y que Dios corta a su tiempo, un poco antes o un poco después...

¡Yo, pequeño efémero, me voy la primera! Un día, nos encontraremos en el paraíso y gozaremos de la verdadera felicidad...!