Carta 244



9 de junio de 1897

Querido hermanito:

Esta mañana recibí su carta, y aprovecho un momento en que la enfermera está ausente para escribirle unas últimas palabras de adiós; cuando las reciba, ya habré dejado el destierro... Su hermanita estará unida a su Jesús para siempre; entonces podrá alcanzarle gracias y volar con usted a las lejanas misiones.

¡Qué contenta estoy de morir, querido hermanito...! Sí, estoy contenta, no porque vaya a verme libre de los sufrimientos de aquí abajo (al contrario, el sufrimiento es la única cosa que me parece deseable en este valle de lágrimas), sino porque veo muy claro que ésa es la voluntad de Dios.

Nuestra Madre querría retenerme en la tierra. En este momento se está diciendo por mí un novenario de misas a Nuestra Señora de las Victorias que ya me curó una vez en mi niñez; pero creo que el milagro que ahora haga no va ser otro que el de consolar a nuestra Madre, que me ama tan tiernamente.

Querido hermanito, en el momento de comparecer delante de Dios, comprendo mejor que nunca que sólo una cosa es necesaria: trabajar únicamente por él y no hacer nada por uno mismo ni por las criaturas.

Jesús quiere adueñarse por entero de su corazón, quiere que sea usted un gran santo. Para ello tendrá que sufrir mucho, pero también ¡qué alegría inundará su alma cuando llegue al momento feliz de su entrada en la vida eterna...!

Hermano mío, pronto iré a ofrecer su amor a todos sus amigos del cielo y a pedirles que le protejan. Quisiera decirle, querido hermanito, un montón de cosas que comprendo ahora que estoy a las puertas de la eternidad. Pero no muero: entro en la vida, y todo lo que no puedo decirle aquí abajo se lo haré entender desde lo alto de los cielos...

Hasta Dios, hermanito, rece por su hermanita que le dice: Hasta pronto, ¡hasta vernos en el cielo...!

Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz