Desde el monte y el mar

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Señora y Madre Nuestra: no quiero llamarte Reina en esta mañana de tu particular presencia entre nosotros. Eso de Reina, referido a ti, me suena siempre como a empalagoso y distante. Te decimos Reina y te dejamos a solas en tu trono, esperando a que vayamos a verte tras haber presentado reverentemente la instancia que en estos casos se necesita para conseguir audiencia. Y entras después a tu salón de respeto –que es como se llama al salón del trono- y te tienes que inclinar humildemente o arrodillarte o hacer como que se te besa la mano. Que yo he visto muchas veces que esto es lo que hacen los cortesanos cuando saludan a su señora la Reina.

Y a ti, ya te digo, me molesta mucho ponerte así de enfática y majestuosa, que es como decirte que no te metas para nada en nuestras cosas de cada día, que ya iremos nosotros con algunas de ellas –las menos vergonzosas- a decírtelas a media voz en los breves momentos que para la audiencia se nos han concedido. De manera que no, que no me gustas así. Y que por eso me vas a disculpar que te rebaje el protocolo. Eres mi Reina, pero como si no lo fueras.

Como si en este momento lo único que me interesa es que seas, ante todo mi dulce y cercana madre. Así, además, en letra minúscula y de las de andar por casa. Verás: no va bien esta vida que estamos viviendo tus hijos. Hay muchas urgencias repartidas injustamente por ahí. Hay gente nuestra que pasa hambre. Niños nuestros a los que regalan fusiles cuando llegan las fiestas en lugar de darle algún juguetillo para la paz. Va un hombre y pierde el oremus y se lía a tiros con los viejos compañeros. Va un obispo, tiene un accidente con su flamante coche y deja abandonado en medio de la carretera al pobre hombre al que ha atropellado. Van unos políticos, hacen un desmadre urbanístico y buscan refugio a su baladronada sin siquiera pedir perdón por ella y echan sobre los hombros de otros los disparates de sus compañeros de timba: gente que pasaba por allí y que ni siquiera por descuido se había metido en el negocio. Total, madre, que nos han arrugado a todos un poco y que nos han quitado la escasa fantasía que nos que daba para seguir confiando en esto de los pronunciamientos populares. Y que ahora todo son fantasmas cercanos.

Y alguien va a tener que volver a encender nuestras lámparas sensatas. Si te cuento estas cosas es porque, en esta tarde de tus vísperas de fiesta. Los dolores de alma que ando arrastrando tienen mucho que ver con lo que ahora acabo de decirte. Que ya me dirás Tu que si no las pongo en tus manos, a ver en manos de quién las pongo.

A ti, la del Monte –la del Monte Carmelo-, que bajes al valle de nuestras lágrimas y te enteres. Y a Ti, Señora de los Mares, que te vengas al pantalón, que aparques en él tu barquilla y que recorras a pie los caminos de nuestra vida. Donde te vas a encontrar con el cansancio de nuestros pies y con la lejana y dura esperanza que –a pesar de todo- todavía somos capaces de poner en ti, Esperanza Nuestra.

De paso y para que no digas que ni siquiera te hemos felicitado en ese día de tu fiesta, Felicidades, Madre Nuestra del Monte Carmelo y hermosa Loba del Mar, como te llamaba el poeta Rafael Alberti.

E. T. Gil de Muro Periodista