Domingo XXXIV: JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

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Lectura orante del Evangelio: Lucas 23,35-43

“¿Por ventura, Señor, desamparasteis al miserable, o apartasteis al pobre mendigo cuando se quiere llegar a Vos?” (Santa Teresa, Exclamaciones 4,1).

‘Los magistrados hacían muecas a Jesús, diciendo: ‘A otros ha salvado; que se salve a sí mismo’.

Jesús y su evangelio están crucificados. En la cruz está un Rey sin poder, pero de su pecho herido mana una fuente de vida. Su manera de vivir está crucificada. Su modo, tan nuevo y sorprendente, de hablar de Dios y de nosotros está crucificado. La humanidad nueva, dibujada en su Reino, está crucificada. Su compasión y su ternura están crucificadas. Los pobres de las orillas del mundo, las mujeres maltratadas y sometidas, los niños marginados sin juegos ni risas, están crucificados. Su voz está callada; solo se oye la risa burlona, triunfadora. Está crucificado el Profeta, ¿qué será de su Evangelio? ¡Oh mi Cristo amado, crucificado por amor!” (Isabel de la Trinidad).  

Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos».

Tenemos delante algo inaudito y desconcertante. Jesús está callado, habla la cruz, símbolo del amor crucificado. La cruz no es un adorno, es un aguijón que provoca. El reino de Jesús no es de gloria y poder al estilo humano, sino de servicio, amor y entrega. Tremenda paradoja en la que nuestra fe está llamada a madurar. Besar la cruz sin cargar con ella, besar la cruz sin besar a los crucificados, ¿no será prolongar la burla de los que se mofaban de Jesús? ¿Entenderemos la manera de Jesús de amar hasta el extremo? ¿Se acercará hoy nuestra sociedad, herida, indignada y en lucha, a la cruz de Jesús? “¡Oh mi Cristo amado!, ven a mí como Salvador” (Isabel de la Trinidad).  

‘Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino’.

Precioso icono para mirarlo detenidamente. En medio de tantas burlas, se levanta una invocación distinta, un grito orante: ¡Jesús! La noche es tocada por la luz de la fe de un pobre, la dinámica de la burla es vencida por la esperanza de un ladrón que se atreve a mirar a Jesús; un condenado intuye que Jesús, que no ha hecho nada malo, al revés, que ha pasado por esta vida haciendo el bien, no va a ser derrotado por la muerte. En el corazón de su maldad, se le ha encendido una lámpara de salvación. Hoy miramos a Jesús y decimos: ‘Acuérdate de mí, Señor’.  

Jesús le dijo: ‘Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso’.

Jesús crucificado ofrece salvación a un perdido. Se hace comprensible por un pobre. Su último aliento de compasión es para él. Un nuevo rostro de Dios y del hombre queda al descubierto. ¿Hay mejor signo de la salvación? “Que yo sea para Cristo una humanidad, en la que Él pueda renovar todo su misterio” (Isabel de la Trinidad).

¡Feliz Domingo en la fiesta del Reino de Cristo!

Desde el CIPE – noviembre 2019 

Documentación: Domingo XXXIV: JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO. Lectura orante del Evangelio: Lucas 23,35-43