DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO: Lucas 20, 27-38

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ESCUELA DE ORACIÓN - LECTIO DIVINA

Invocamos al espíritu.

A la vez que respiras, pide al Espíritu que te ayude a acoger, comprender y poner en práctica la Palabra de vida. Ruégale que te ponga en clave de resurrección y que genere en ti ganas de vivir la vida de Dios.

Motivación

“Hay una forma concreta de escuchar lo que el Señor nos quiere decir en su Palabra y de dejarnos transformar por el Espíritu. Es lo que llamamos «lectio divina». Consiste en la lectura de la Palabra de Dios en un momento de oración para permitirle que nos ilumine y nos renueve” (Papa Francisco, EG 152).  

1. A LA ESPERA DE LA PALABRA. Con la lámpara encendida 

Seguimos con Lucas. Hemos dejado el camino. Ahora Jesús está en Jerusalén, en su última semana. El contexto es polémico. Jesús está en el Templo, donde tiene lugar su última predicación. Hostigado por todos los poderes, que tienen ganas de acabar con él, a Jesús no le tiembla el pulso. Las tinieblas rechazan la luz. 

2. PROCLAMACIÓN DE LA PALABRA: Lucas 19, 1-10

 En aquel tiempo, se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y preguntaron a Jesús:     
«Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y de descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer».
Jesús les dijo: «En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos».

3. FECUNDIDAD DE LA PALABRA

Saduceos. Toman el nombre de Sadoc, sacerdote de David. Son la élite económica, social y religiosa de la sociedad judía en tiempos de Jesús. Colaboracionistas con los romanos. Solo aceptan el Pentateuco. Más libres y mundanos que los fariseos. Se mueven en el terreno de la casuística de la ley. Vienen al debate con malicia, con aires de superioridad.

Maestro. Es sorprendente que los doctores y los sacerdotes le llamen "Maestro", a él, el "inculto" carpintero de Nazaret. Forma parte de la ironía burlona. Quieren preguntarle acerca de algo en lo que no creen: la resurrección. 

Ley del levirato. De la palabra levir, hermano del marido (Deuteronomio 2,5-10). Costumbre extendida en muchos pueblos, garantía de continuidad del nombre (apellido) del marido. Santa Teresa protesta contra esto: “Les parece que está su honra en que no se acabe la memoria de este estiércol” (F 10,9).   

Moisés. Una palabra autorizada para dos exégesis distintas. Los saduceos hacen uso interesado de la Palabra, utilizan a Dios para sus intereses, se han apoderado de Dios. Para Jesús, Moisés es mucho más que el legislador, es el que estuvo en contacto con el que vive en la zarza ardiente (Ex 3,2-4), el que cree y habla del Dios de la vida.

Hijos de la resurrección. Jesús no permite que se ridiculice la fe en la resurrección; no responde a la pregunta absurda, responde a lo que tenían que haberle preguntado: el tema de la vida después de la muerte. Jesús ofrece una visión resucitada, de esperanza, de novedad. La vida en la eternidad tiene características nuevas con relación a lo que ahora conocemos. No es la resurrección una mera continuación de nuestra vida en la tierra, sino una vida totalmente nueva y distinta. Entre los hijos del mundo y los hijos de la resurrección hay una gran novedad. La vida de aquí es como una semilla, como un grano de mostaza, con un gran potencial dentro. El cielo es otra cosa, en la resurrección no hace falta casarse. La vida humana es más que la vida visible, material, temporal. Al morir amanecemos a nuestra identidad más profunda: "a eso que Dios ha preparado para sus elegidos y que ni ojo vio, ni oído oyó, ni naturaleza alguna puede imaginar” (Rom 8,18).

Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob… no es Dios de muertos, sino de vivos. Para él todos están vivos. Jesús proclama que Dios es amigo de la vida, fuente inagotable de vida. A Dios no se le pueden morir aquellos a los que tanto ama. La muerte no puede destruir su amor a sus hijos e hijas. Dios es “Yo-soy” (’ehyeh), palabra hebrea que transmite la idea de vida, existencia y futuro. Dios nos sorprende continuamente con su amor. Vivenciar esto es ya entrar en la eternidad.  Para Jesús somos peregrinos hacia la vida en plenitud. Con la marca de la esperanza en el rostro, con una cita de eternidad en el corazón: “Y tan alta vida espero”. Con un estilo de vida evangélico, ya aquí, que “a vida eterna sabe”.

4. RESPUESTA A LA PALABRA

- ¿Qué me dice a mí este texto? ¿Qué me molesta en este texto? ¿Por qué esto no me interesa?», o bien: «¿Qué me agrada? ¿Qué me estimula de esta Palabra? ¿Qué me atrae? ¿Por qué me atrae?» (Papa Francisco, EG 153).

- ¿Quiero permanecer abierto al Misterio último de la existencia, confiando que ahí encontraré la respuesta, la acogida y la plenitud que ando buscando ya desde ahora?

5. ORAR LA PALABRA

¿Qué le dices a Dios gracias a este texto? ¿A qué te mueve: a la petición, a la alabanza, a la acción de gracias, al perdón, a la ayuda, al entusiasmo, al compromiso?

Canta la Palabra. El cristiano es un "oyente de la Palabra" habitual, no ocasional, vive de la Palabra siempre, no simplemente acudiendo a ella como a un recetario para casos de emergencia.

Ora con Isabel de la Trinidad: “Sumérgete en mí para que yo me sumerja en Ti, hasta que vaya a contemplar en tu luz el abismo de tus grandezas”.

Que Francisco Palau nos regale fiesta en el corazón y compromiso por el Evangelio.    

6. CONTAR AL MUNDO LA NUEVA MANERA DE VIVIR. Testigos.

Es hora de celebrar la vida nueva que Dios nos regala.

Es hora de dar razón de nuestra esperanza.

Es hora de caminar alegres con Jesús.

Es hora de dar la vida, con la gratuidad con que Jesús nos la ha dado.

Es hora de confesar: El Dios de la vida es nuestro Dios.

Con la muerte la vida no termina, se transforma.

 

Documentación: DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO: Lucas 20, 27-38