Trigésimo primer Domingo del Tiempo Ordinario.

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Lectura orante del Evangelio: Lucas 19,1-10

“Hoy tengo que alojarme en tu casa” (Palabras citadas por el papa Francisco).  

Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de ver quién era Jesús. 

La oración comienza con el deseo, por pequeño que sea, de buscar a Jesús. Cada uno tiene su historia detrás, como la tenía Zaqueo, y a veces nos pesa y parece que condiciona irremediablemente nuestro futuro. Pero no es verdad. Jesús está de paso, pero su paso nunca es intrascendente. Cuando el deseo de conocer a Jesús está vivo y es sincero, se produce el encuentro con Él. El deseo siempre es antesala de encuentro. Este evangelio es un relato de grandes iniciativas. ”Quiero vivir con los ojos clavados en Ti, sin apartarme nunca de tu inmensa luz” (Isabel de la Trinidad).  

«Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa».  

Creíamos que éramos nosotros quienes buscábamos a Jesús y era Él quien nos buscaba. Queríamos mirarle y era Él quien estaba mirando nuestra pequeñez. Solo pretendíamos ver pasar a Jesús y es Él quien nos saca del anonimato y quiere alojarse en nuestra casa. Para Él es más importante convivir con nosotros, ser nuestro amigo, que convertir nuestra vida desde fuera. Jesús busca el encuentro. Nos llama por nuestro nombre. No mira nuestro pasado, mira nuestra belleza olvidada y la saca a la luz. Somos únicos para Jesús, nos ama a pesar de todo. Así es Él, hasta ahí llega su amor. No esperábamos tanto. ¡Déjate amar! ¡Vive en comunión con el Amor!” (Isabel de la Trinidad).

’Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador’. 

No hay pecado que Jesús no pueda perdonar, no hay vida que no pueda salvar, ni miseria que no pueda revestir de misericordia. Para Jesús no hay ningún caso perdido. Las críticas arrecian: ‘¿Cómo ha podido Jesús ir a hospedarse a casa de un pecador? ¿Cómo ha tenido valor para detener en él su mirada?’ Pero Jesús, amigo de la vida, no hace caso del ruido. Lo que le importa es comunicar fuerza a una vida rota. Jesús está feliz porque a uno que estaba perdido le está llegando la salvación. En la casa de un pecador, en nuestra casa interior, ha entrado la alegría, la paz; ha entrado Jesús. “Convéncete de que Jesús te ama. Cree en su amor, en su inmenso amor” (Isabel de la Trinidad).

’Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres’. 

Cambiar: ¿es posible? El encuentro con Jesús puede cambiarnos. La conversión acontece en el corazón, pero se ve en la actitud hacia los pobres: ‘una iglesia pobre y para los pobres’. Dar la mitad es tenerlo todo a medias con los pobres. Pensar en los demás, compartir con ellos: ¡Algo increíble! En la comunidad nueva no puede haber desequilibrios. ”Si te habitúas a vivir bajo la mirada de Jesús, tendrás su misma fortaleza” (Isabel de la T.).

’Hoy ha sido la salvación de esta casa… El Hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido’.

Aquí está dicho todo. Este es el camino de la misericordia: salvar lo perdido. Esta es la alegría: tener la vida perdida y encontrarla en Jesús. Aquí comienza la aventura: ser testigos de Jesús en medio de una sociedad injusta. “Que mi vida no sea más que una irradiación de tu Vida” (Isabel de la Trinidad).

¡Feliz Domingo! Desde el CIPE – noviembre 2019  

Documentación: Trigésimo primer Domingo del Tiempo Ordinario. Lectura orante del Evangelio: Lucas 19,1-10