DOMINGO XXX TO: Lucas 18, 9-14

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ESCUELA DE ORACIÓN - LECTIO DIVINA

Motivación

En el cristiano siempre actúa el Espíritu. Tenemos que contar con él. Él sabe decirnos lo que nos conviene. Invoca al Espíritu, que prepara tu corazón a la escucha de la Palabra. El Espíritu hace que la Palabra se convierta para ti en una fuente de vida y de esperanza.

“Ojalá puedas reconocer cuál es esa palabra, ese mensaje de Jesús que Dios quiere decir al mundo con tu vida. Déjate transformar, déjate renovar por el Espíritu, para que eso sea posible, y así tu preciosa misión no se malogrará. El Señor la cumplirá también en medio de tus errores y malos momentos, con tal que no abandones el camino del amor y estés siempre abierto a su acción sobrenatural que purifica e ilumina” (GE 24).  

“Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de ti en cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy” (GE 23).  

1. A LA ESPERA DE LA PALABRA. Con la lámpara encendida  

El texto está dentro del viaje de Jesús a Jerusalén. Trata de uno de los temas recurrentes de Lucas: la oración. La oración es fuente de las palabras y obras de Jesús. Aquí aparece Jesús como maestro de oración y de vida (Teresa de Jesús sigue este estilo pedagógico).  La Lectio es un camino de crecimiento en la fe y en la vida de oración. La lectura de la Palabra se hace con la certeza de estar escuchando a Alguien: la persona viva que te habla es el mismo Jesús.

2. PROCLAMACIÓN DE LA PALABRA: Lucas 18, 9-14  

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».  

3. FECUNDIDAD DE LA PALABRA  

Introducción de la parábola. La parábola es como un dardo que penetra en las entrañas.¿A quién va dirigida la parábola? La frase es de Lucas. ¿Será válida para nuestro tiempo?

Dos hombres subieron al templo a orar. Está arriba. ¿Quién se relaciona de modo correcto con Dios? ¿Quién sale bien parado?

Uno era fariseo; el otro, publicano. La opinión de la gente está clara: se inclina por el modo de orar del fariseo, un judío fiel y observante, que va más allá de lo que manda la ley; no considera al publicano que tiene todas las papeletas para quedar marginado, porque es tenido por impuro y no puede dirigirse a Dios. La opinión de Jesús es justo la contraria. Seguro que escoció a más de uno, pero él no estaba para agradar y quedar bien. Vamos a verlo.

El modo de orar los delata. Dime cómo oras y te diré quién eres. Jesús hace una radiografía de la oración de cada uno, discierne.

El fariseo, seguro de sí mismo, erguido, da gracias, tiene razones para sentirse orgulloso de su conducta religiosa. Va más allá de lo que manda la ley: ayuna dos veces por semana, cuando los rabinos establecían ayunar una vez; paga el diezmo de todo, cuando solo era obligatorio pagarlo de ciertos productos. Cuatro veces usa los verbos en primera persona. Desprecia a los ladrones, injustos, adúltero, y “a ese publicano”. Se compara y sale ganando. No pide nada en su oración, no necesita nada. Su acción de gracias es aparente; parece que es Dios quien tiene que dárselas a él.  

La oración del publicano avanza en la verdad. Se queda atrás, no se atreve a levantar los ojos, se da golpes de pecho. Se cree demasiado malo. Sus palabras son de abandono en la compasión de Dios. No tiene de qué vanagloriarse. Se siente y se sabe pecador. Cae en los brazos de Dios. Su oración, hecha jaculatoria, es simple y directa: “Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.  

Sentencia de Jesús. Uno se va a casa renovado, el otro no. Jesús opta por el humilde frente al autosuficiente. ¿Por qué? El cumplimiento de las normas no lo es todo; puede llevar al orgullo espiritual. El que se siente perfecto no cumple lo fundamental: el amor al prójimo, por muy pecador que este sea; hace cosas pero no hay compromiso con el otro. El tenerse por justo impide el encuentro con Dios. Su oración: elogio de sí mismo.

Lo que vale en la oración y en la vida es la gratuidad. Dios es gratuito y la salvación también. No se puede conquistar a Dios ni ganar la salvación. Todo nuestro bien consiste en aprender a recibir el don. Jesús ora e invita a orar de verdad; en el contacto con Dios nace la verdad, el encuentro con uno mismo en espíritu. Aquí se cumple lo que había anunciado María en el “Magníficat”: “puso en alto a los humildes”, “llenó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías” (Lc 1,46-55). 

4. RESPUESTA A LA PALABRA

  • Medita, contrasta el texto con tu vida. ¿Te sorprende que los modelos de cristianos que presenta el Evangelio de Lucas sean personajes bajo mínimos morales y legales: el buen samaritano, el hijo pródigo, Zaqueo, el publicano, la Magdalena?
  • ¿Habrá que ser un sinvergüenza? No, hay que vivir de la gracia (Sal 73). “El que se gloría que se gloríe en el Señor” (1Cor 1,31).
  • ¿Desde dónde hablas cuando oras: Desde la cumbre del orgullo o desde el valle de la humildad? La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios» (Catecismo n. 2559).
  • ¿Con qué personaje de la parábola te identificas? ¿Pides perdón por los fallos y errores más superficiales o por las culpas reales, las más hondas?  

5. ORAR LA PALABRA

Contemplar es olvidar los detalles para llegar a lo esencial. Ya no hacen falta las palabras; es dejar que Dios actúe en nosotros. La contemplación es mirar con agradecimiento, con admiración, en silencio, el misterio de Dios-Amor. Lo que Dios quiere para nosotros es tan grande que nunca lo adquiriremos a costa de las prácticas religiosas o de buenas obras: pero Dios lo da todo si confiamos en Él. “Llama a las cosas que no son para que sean” (Rm 4,17).  

Señor, justifícame tú, sálvame tú, santifícame tú, pues yo no puedo, por mucho que me esfuerce. Dame tu perdón y salvación gratuita.

6. CONTAR AL MUNDO LA NUEVA MANERA DE VIVIR. Testigos.

Toma compromisos concretos. Mira cara a cara a las personas y sonríe y saluda y tiende la mano y abraza a tus semejantes.  ¡Aprende a andar la vida a pie! “Humildad es andar en verdad… andar en verdad delante de la misma Verdad” (Teresa).  

CIPE

Documentación: DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO Lucas 18, 9-14