Vigésimo noveno Domingo del Tiempo Ordinario.

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Lectura orante del Evangelio: Lucas 18,1-8

“Orar es tratar de amistad con quien sabemos nos ama” (Santa Teresa de Jesús).  

Orar siempre sin desanimarse. 

La constancia es fundamental en la oración, porque lo es en el amor, y no se ama solo a ratos. No se trata de orar algunas veces, cuando tenemos ganas, sino de orar sin desanimarnos. Nos va la vida en ello. La perseverancia indica una confianza que no se rinde ni se apaga. Dios está siempre con nosotros, nunca deja de amarnos. Sale a buscarnos con su amor misericordioso. Somos frágiles, pero abrazados por Él. Somos pequeños, pero mirados por su amor. El objetivo fundamental de la oración es la relación con Él, tratar de amistad con quien sabemos nos ama. Orar es el ejercicio del amor. Aquí estamos, Señor, contigo.   

‘Había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia”… Dijo (el juez): ‘le haré justicia’. 

La sed de justicia está presente en toda la tierra. “Hazme justicia”, es el grito que nos llega todos los días desde los empobrecidos y oprimidos. Una mujer viuda, que no se atemoriza ante los poderosos, encabeza la marcha. El problema no es Dios, que hace todo y es fuente de justicia y de misericordia. El problema somos nosotros, que no hacemos lo que tenemos que hacer. Orar, como Jesús, es poner en acción todos los valores íntimos para responder a la injusticia cada vez más presente en nuestra tierra. La oración hace fuerte la impotencia de los débiles. La oración nunca puede ser indiferente ante el grito de los más pobres pidiendo justicia. Una oración compasiva, que cura heridas, sana corazones desgarrados, hace justicia, sí es la de Jesús. Donde hay una injusticia tiene que haber una oración comprometida. Despiértanos, Señor, para servir a tu reino y tu justicia.

“Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?... ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar”. 

Dios nunca se retira de nuestra historia, oye los gritos de los más pobres, no vive ajeno a este mundo. Al orar tenemos la oportunidad de contagiarnos con la misma pasión por la justicia que tiene Jesús. De los injustamente tratados, de los que han sido desposeídos de su dignidad, de su verdad, de su felicidad, es el Reino de los cielos. Dios confía en nosotros para hacer justicia a los pobres. ¿Confiaremos en Él? La oración es el arma más pacífica y eficaz contra la injusticia. Una oración, la Iglesia, es justa y humana en la medida en que se preocupa por los más pobres. Señor, Jesús, la fuerza de tu resurrección nos lleva a luchar a favor de un mundo más justo y más fraterno. Venga tu Reino.

‘Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?’ 

Dios está constantemente cambiando la historia: derriba a los potentados de sus tronos y enaltece a los humildes. ¿Creemos nosotros, y trabajamos para ello, en que las cosas pueden cambiar? ¿Tenemos los sueños de Dios? Una oración misionera, como resistencia activa y coraje frente a la injustica, sin dejarnos vencer por el mal, manteniéndonos en el amor, hace crecer el reino de Dios. Desear justicia y trabajar en la denuncia profética descubriendo causas y causantes, y hacerlo siempre con Jesús, es la mejor oración. Tú, Señor, establecerás la justicia. Hágase tu voluntad.

¡Feliz Domingo! Unidos al Sínodo de la Amazonía. CIPE – octubre 2019  

Documentación: Vigésimo noveno Domingo del Tiempo Ordinario. Lectura orante del Evangelio: Lucas 18,1-8