Vigésimo Domingo del Tiempo Ordinario

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Lectura orante del Evangelio: Lucas 12,49-53

"¡Oh llama de amor viva, que tiernamente hieres de mi alma en el más profundo centro!” (San Juan de la Cruz). 

‘He venido a prender fuego en el mundo’. 

Es la tarea principal de Jesús y de María, la de ayer, la de hoy y la de siempre: poner amor donde no hay amor, dejar sembrada la tierra del conocimiento del Padre y del fuego del Espíritu, encender corazones, apasionar vidas, enamorar. Jesús no es una cosa más entre muchas; su novedad alcanza, su pasión renueva, su humanidad da sentido. Nuestro corazón está hecho para él. Hoy nos acercamos a Jesús, con los oídos limpios y enamorados, para que su mismo fuego de amor nos queme por dentro. Queremos caminar con la llama del amor a Jesús encendida, como María. Ven, Espíritu. Hiérenos con tu ternura de amor. Que ya no queremos seguir a Jesús con el corazón apagado.

‘¡Ojalá estuviera ya ardiendo!

Este deseo de Jesús, que ha entregado a María, la misionera, siempre está vivo: que arda el mundo, que no se le muera la vida, que surjan sueños solidarios. Este deseo de Jesús de que comience la fiesta del Espíritu es misionero: que ardan los corazones, para que los pies callejeen llevando el Evangelio de la bondad y la ternura a la humanidad. La oración como espacio de comodidad, como tranquilizante de conciencias, no tiene nada que ver con el deseo apasionado de Jesús. Querer vivir una fe, que no altere nuestras costumbres ni moleste nuestra mentalidad, es contrario al fuego del Espíritu. Nuestro centro es Dios mismo amando sin cesar en nosotros. Sopla, Espíritu Santo, sobre nuestras brasas, aunque estén casi apagadas. Enciende, cada día, la llama de tu amor.   

‘Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! 

María es el espejo en el que nos miramos para superar los miedos a nacer de nuevo; ella es la mujer nueva que nos empuja a bautizarnos en el amor de Jesús donde se queman nuestras flaquezas y miserias. María quiere meternos en el abrazo abismal de la dulzura de Dios, para que parezcamos Dios. María nos invita a poner los ojos en Jesús. Y al mirarlo, lo vemos decidido a afrontar la muerte para darnos vida nueva. La oración es, muchas veces, grano de trigo que muere, decisión de meternos en la grandeza de Dios, atrevernos a creer estas maravillas, deseo intenso de que Jesús marque lo que somos y hacemos. Nos espera una nueva manera de vivir y de amar. Es el Señor quien lo hace. Jesús, tu entrega de amor nos anima a dar vida abundante.

‘¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división’ 

La palabra de Jesús es incómoda para el conformismo, molesta para la cobardía, inquieta para la desigualdad. Pero la palabra de Jesús ¡cómo enamora a quien tiene el corazón limpio! Así lo vemos en María. Jesús trae al mundo una paz que el mundo no puede dar. La falsa paz, al verse amenazada, se vuelve violenta y quiere echar fuera al que viene con la paz verdadera. La oración es un camino de miradas que nos agita por dentro. “Espero lío”, dice el papa Francisco. Hoy queremos seguir a Jesús y poner la mano en el arado del Evangelio. Jesús, danos la paz que solo tú puedes dar. 

¡FELIZ DOMINGO! ¡FELIZ FIESTA DE NUESTRA SEÑORA!– CIPE, agosto 2019

Documentación: Vigésimo Domingo del Tiempo Ordinario. Lectura orante del Evangelio: Lucas 12,49-53