DOMINGO II DE PASCUA

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¡ALELUYA!!! ¡CRISTO HA RESUCITADO!

¡Aleluya! Cristo ha resucitado, y la comunidad cristiana lo pregona a los cuatro vientos con la fuerza del Espíritu.

El Señor ha resucitado, el Padre lo ha exaltado a la derecha; pero sin embargo, a veces las heridas del camino, el dolor de nuestra propia historia, los gritos de nuestro hermanos que siguen clamando, parece que empañan la certeza de la Pascua y la vida nueva de la Resurrección.  

Como a los discípulos, también a veces el miedo y el dolor nos encierra en nosotros mismos; pero es ahí -justamente- donde Cristo nos convoca. Es el Resucitado también herido por el drama de su Pasión, pero que no ceja en salir a nuestro encuentro.      

Del Evangelio de san Juan 20,19-31  

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:     
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:     
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:     
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:     
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:     
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:     
«Paz a vosotros».    
Luego dijo a Tomás:     
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás:     
«Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:     
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto». Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.    

¿Es que en medio de las llagas y las heridas se puede encontrar la paz?  

Jesús Resucitado se aparece entre los suyos dando muestras de que es el mismo que les había acompañado por los caminos, el que les había robado el corazón con un mensaje nuevo y diferente, el que les había entusiasmado hasta llegar a creer que un mundo distinto y otro tipo de relaciones eran posibles.

El Resucitado muestra sus llagas, pues para haber sido exaltado a la derecha del Padre, -misteriosamente-, ha tenido antes que atravesar y zambullirse libremente en el drama de su Pasión. De ella quedan en su cuerpo las marcas y cicatrices: la Pascua es verdadera, pero no es menos cierto el dolor que ha supuesto su entrega hasta el límite por amor.  

A los discípulos se les hace cuesta arriba volver a creer en lo posible del Evangelio; entusiasmarse por el Reino cuando el ambiente de fuera es hostil, y su vida y su fama corren peligro. El Señor se aparece y les conforta; y además les envía. Pero Tomás no está.  

Es demasiado duro creer en una causa cuando se han puesto en juego tantas fuerza y esperanzas, y los hechos parecen echarlo todo abajo. Había demasiado amor en Tomás y mucha entrega por el Reino cuando le llegó el mazazo de la muerte y la Pasión de Jesús. Ahí la dispersión y la traición. Ahí el desconcierto y el miedo. ¿Y ahora qué?  

Jesús Resucitado le sale al encuentro en medio de su dolor; donde las llagas y heridas están aún abiertas, y donde todavía escuece una esperanza que ha sido machacada en sus expectativas. Jesús Resucitado le mira fijamente y le invita convincente:

«¡Tócame!» Ahí Tomás se ve sorprendido; el Señor ha hecho diana en el centro de su drama y de su dolor. Y, al final, Tomás se dejará vencer por la osadía de su Maestro.  

«¡Señor míos y Dios mío!» Esta hermosa confesión de fe, nacida desde lo más hondo del dolor y del corazón, no ha necesitado evidencias, sino simplemente comunión con Cristo en sus propias llagas y heridas. Es ahí, en medio de la encrucijada -cuando las fuerzas no dan más de sí, o la fe se ve probada en sus profundas convicciones-, como podemos dejarnos inundar por la paz del Resucitado. Para Cristo no ha sido fácil atravesar el drama oscuro de su Pasión, la irracionalidad del dolor físico y moral, el abandono explícito de los amigos. Y como Él ha conocido en primera persona el dolor hondo y el desamor, es como puede ofrecernos -junto a sus llagas glorificadas- la certeza honda en el Amor del Padre, que es quien siempre tiene la última palabra.  

«¡Señor mío y Dios mío!», ésta es la exclamación posible y reverente que podemos pronunciar en medio de nuestras ocultas heridas, mientras nos abrimos confiados a la paz del Crucificado Resucitado.          

Señor Jesús:
Cuántas veces te reconozco como Señor y Creador,
el que me sostiene y vela por mi vida,
pero en mi interior
a veces siguen sangrando heridas nuevas y antiguas
que quieren hacer mella en mi confianza en Ti.  
 
El dolor y la desesperanza que a veces me embargan
ponen palabra a mis miedos y a mis sueños rotos,
y es entonces cuando no soy capaz
de seguir creyendo y esperando en Ti.  
 
Sal hoy a mi encuentro
con la verdad de tu Pasión y Resurrección.
Enséñame que es posible acoger tu Paz
cuando la vida nos golpea y ya no somos capaces de esperar en tus nuevos caminos.        
 
Junto a mis hermanos hoy quiero proclamar:
«¡He visto al Señor!»;
y es que tus llagas son, hoy,
las que me han sostenido.

Ana María Díaz, cm

Escucha este Evangelio acompañado de una canción y palabra de los Místicos, descargando la Aplicación: Evangelio orado.  

Documentación: LUNES DE LA OCTAVA DE PASCUA