JUNTO A TI, SEÑOR.

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SE PUSO JUNTO A MÍ, LO LIBRARÉ (Salmo 90)

Cuatro son las dimensiones señaladas por el Papa para vivir este camino cuaresmal: oración diaria, dar testimonio, leer el Evangelio y practicar cada día la caridad misionera. Y cuatro son las decisiones que conlleva: ponerse junto al Señor para alcanzar la libertad en esta cuaresma, leer el evangelio, aproximarse a los pobres y educarse para la libertad del corazón.

Ponerse junto a otro es ponerse de su parte, resolver cambiar de bando y colocarse a su lado esperando tanto amparo como compañía y participación en la tarea y la lucha. Pasar a Dios darse a Dios es tarea primera de esta pascua. Cambiar la dirección y la orientación de la vida. Volverse hacia él para ponerse a su lado, junto a él.

De este don de sí mismo a Dios, de este paso, es un signo primordial el bautismo: en las comunidades primitivas esta actitud moral de conversión esta determinación se escenificaba, mejor se expresaba litúrgicamente con un rito expresivo: el que se acercaba al bautismo daba la espalda a las tinieblas y se volvía hacía la luz que nace del Oriente; se colocaba bajo el influjo de Cristo, se ponía a su servicio, cambiaba la dirección de su existencia entera: se ponía junto a él. Ese proceso se culmina en el signo máximo: en la eucaristía ante todo. Ponerse junto a él culmina en ponerse a su mesa, a su lado, inclinándose hacia él entrando en su intimidad y recostándose en su pecho. Esta actitud interior y esos ritos litúrgicos se hacen verdaderamente reales ante todo en el sacrificio y en la vida de entrega que se ofrece al Señor y que busca su compañía, su trato, su sombra protectora y fecunda.

Este movimiento de ponerse junto al Señor conlleva inevitablemente separarse de otras malas compañías, dejar su influjo y la supuesta protección que ofrecen otras seguridades. Pero no queremos poner la atención en lo que dejamos; al ponernos junto al Señor es obligado dejar otras conversaciones y convivencias; pero no se enfatiza en este movimiento lo que destruye, mutila o recorta, sino lo que hace alcanzar de vida plena lo que alcanza de comunión con quien nos hace compañía.

Por nuestra finitud no podemos estar con todos, ni tenerlo todo simultáneamente; hemos de elegir y hacer claras nuestras preferencias: lo que hay que preferir frente a uno mismo. En el movimiento cuaresmal de ponerse junto al Señor es totalmente necesaria la desapropiación de uno mismo. Quien se acerca al Señor es educado gradualmente a la libertad del corazón a no atarse a ninguna de las cosas que podrían separarlo de su misión.

Estable prioridad: estar junto a él. Es lento pero es único movimiento en la vida… ponerse junto al Señor. Cada día será más capaz de renunciar a lo que no sirve a lo que aleja de Jesús y de Dios. La libertad del corazón se cultiva allí donde y siempre que uno se pone junto a él y siempre que te rindes a su lógica liberadora. Siempre en lucha contra uno mismo. Ponerse junto al Señor es una fórmula de compromiso, es dejarse atraer y atrapar, entrar en su órbita de gravitación. Dejarse conducir y mover por él. Comprometerse llamamos a esto: firmar un documento en blanco sin saber lo que se escribirá más tarde; lo único afirmado es: te libraré, pero no sabiendo cómo será. Ponerse junto al Señor es ponerse a caminar con él. ¡Juntos andemos, Señor!

Ponerse junto al Señor supone también “ponerse en camino” y “levantarse”, primero para el retorno: “sí me levantaré, volveré junto a mi Padre”; luego para el seguimiento. No es suficiente decir que nuestros actos nos siguen: nuestros actos nos cambian. El discípulo debe saber que habiendo seguido a Jesús su vida está en manos del Padre, debe confiarle a Él. Debe confiarle su presente y su futuro. Ponerse junto a él es fiarse del Maestro, es depender de él, remitirse a su voluntad y ponerse en sus manos.

Yendo siempre de bien en mejor: no sabemos a dónde nos llevará esa decisión, esa dinámica del bien en mejor. Pero si no se comienza por esta determinación se acaba cayendo en aquello de que “basta con esto”, “qué más da”, “total para qué”... eso es ir de mal en peor; es ir separándose del Señor, de la libertad que ofrece y acabar no poniéndose junto a él, sino lejos de él y quizá contra él.

Para este movimiento cuaresmal que se presenta bajo la fórmula del salmista: se puso junto a mí, solo es útil prepararse mediante la generosidad cotidiana, mediante la fidelidad a lo que sencillamente es el deber de hoy. El día en que efectivamente se nos pida una entrega grande y una renuncia superior a nuestras fuerzas, estaremos preparados por la generosidad cotidiana que prepara el movimiento interior de ponernos junto al Señor.

Ponerse junto a él se hace también con el sencillo gesto de leer los textos sobre Jesús; sean los evangelios y otros escritos del Nuevo Testamento, sean otras obras de la tradición cristiana. Los que estuvieron junto a él y se vieron liberados, hablan de él con la espontaneidad de quien ama a Jesús y se complace en encontrarse viviendo con él; supieron acercarse como aquellos niños que escucharon: dejad que se acerquen, o  venid a  mí. En ellos creció un fuego que por la lectura prende para bien de nuestra propia vida o en beneficio de otros.

Leer es pasar un puente y elegir un buen camino para ponerse junto a él. Desemboca en conocimiento gozoso y compasivo, pues Cristo ‘gusta de que nos dolamos de sus penas’ y de que le ‘acompañemos en sus soledades’. Podrás escuchar como dirigido a ti mismo personalmente este anuncio: Se puso junto a mí, lo libraré. La lectura del evangelio te dará un contacto de vital con Jesús, verás que te despiertan sus gritos, te desperezan sus llamadas, te conmueven sus lágrimas, te sangran sus llagas; quizá te liberes solo cuando te desprenda su pobreza; me puse junto a él y fui enseñado. “Contempladlo de cerca y quedareis radiantes”. La penetración contemplativa llegará hasta existir en él, hasta convivir en la máxima proximidad: La amistad y la comensalidad eucarística.

Ponerse junto a Jesús es ponerse junto a los pobres. Acercarse a los enfermos, a los pequeños y necesitados, a los que viven solos y angustiados, a los alejados. Si te pones junto a él te llevará a la periferia, a la mesa de los pecadores, a la soledad del desierto, a la noche y a la oración con el Padre, te llevará a sus caminos y a sus trabajos. Te llevará a sus espacios preferidos: el trabajo, el camino, el silencio, la noche y la conversación con el Padre en la madrugada.

Llévame en tu compañía
donde tú vayas Jesús,
pues bien sé que eres tú
la vida del alma mía,
pues el pensar que te irás
me causa un terrible miedo
de yo sin ti me quedo
de si tú sin mí te vas
(Himno de la liturgia).

“Gustad y ved que bueno es el Señor” Sal 34,9

Gabriel Castro, OCD