2ª semana de Adviento: CON LA VIDA LEVANTADA

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ITINERARIOS EN EL ADVIENTO

Adviento es tiempo para levantar la mirada y orientar los ojos hacia el Dios que viene y nos busca. El reino de Dios está cerca, está en medio de nosotros, está dentro de nosotros. La sociedad nueva basada en la paz, en la justicia, en el respeto y aprecio a todas las culturas, está cerca. Por muy lejos que esté lo nuevo de nuestras expectativas, siempre está cerca porque el reino es de Dios y El nunca se aleja de la humanidad.

Levantamos la mirada para creer que lo imposible para nosotros sigue siendo posible para Dios. Dios es el sembrador de promesas sorprendentes en el corazón. Tenemos delante una semana para el aprendizaje de la confianza en el Dios de lo imposible.  

¡Levantemos el corazón!  

¿Por qué el mundo tiene que ser como lo vemos? ¿Por qué unos tienen las mesas repletas, y vacías otros? ¿Por qué tienen que ocasionar tantos estragos las diferencias? ¿No pueden ser las cosas de otra manera? Dios a todo le da un vuelco. Nos invita a soñar y a realizar los sueños imposibles. Los profetas han intuido este mundo nuevo y no se lo han callado, han salido a las calles y a los caminos para gritarlo. Así siguen sonando de extrañas y, a la vez, fascinantes, las palabras que le puso Isaías al sueño de Dios.  

“Habitará el lobo con el cordero, l
a pantera se tumbará con el cabrito;
el novillo y el león pacerán juntos;
la vaca pastará con el oso,
sus crías se tumbarán juntas;
el león comerá paja con el buey”.     

¡Que viene Dios!  

Viene un Dios empobrecido, abajado, pequeño, como señal. Le ha hecho pequeño el amor. Viene al encuentro de una muchedumbre de empobrecidos, por el ansia de acumular de los menos. Viene al encuentro de una humanidad herida por las guerras, por el hambre, por la enfermedad.  

La fuerza de los testigos  

Dios nos regala testigos para el camino, personas que comparten con nosotros desde la distancia comportamientos, sentires, búsquedas y anhelos profundos. Uno de ellos es Juan el Bautista. En largas horas de intimidad con Dios ha encontrado el manantial de donde brota la justicia. En las horas de silenciosa adoración en el desierto, Dios le ha dejado prendido en su corazón un fuego que no se apaga.  

Juan es testigo en medio de la noche. Arropado por la noche, cubierto de la soledad del desierto, da su testimonio del proyecto revolucionario de Dios sobre la historia. Mientras se alimenta con los regalos del Dios providente y cercano, se le va recreando una esperanza que vence a la muerte.  

En el desierto humano de la incredulidad, del desconcierto, de la indiferencia, Juan mantiene levantada la llama de una vida nueva. El fuego que lleva dentro se le asoma en la palabra apasionada que pronuncia en las encrucijadas de los caminos. Bautiza con agua, pero prepara caminos al que bautizará con Espíritu Santo.  

  • ¿Dónde están hoy los testigos del Reino, los que preparan caminos?
  • ¿Dónde están los hombres y mujeres, dispuestos a poner voz a la manera de actuar de Dios?
  • ¿Dónde están los nuevos cantos, tiernos y a la vez fuertes, que cuentan las historias de ese Dios que saca a los pobres de la charca fangosa, que libera a los cautivos de todo poder, que condena el lujo insolidario, que rompe las cadenas que han blindado el pan, que era para todos?   

¿Qué tenemos que hacer?  

Un hermano, también testigo, Dom Bernardo Olivera, nos regala sus pistas:

  • Abrazar la noche de la precariedad como una magnifica oportunidad para crecer en fe, esperanza y amor.
  • Evitar vanos y superfluos lamentos.
  • Desconfiar de esquemas mentales que apagan la brasa que aún arde debajo de las cenizas.
  • No confundir espiritualidad con ideología, la primera es portadora de vida, la segunda es mutiladora de los vivientes.
  • Pedir al Espíritu capacidad de riesgo a fin de aventurarse por caminos desconocidos y correr la gran aventura que consiste en dejarse guiar y llevar por El.
  • Abundar en el buen humor, sobre todo cuando el humo nubla, los ojos lloran, el aire falta y el fuego quema y vienen ganas de gritar pidiendo socorro.  

Nuestra oración                        

Nos regalas, Señor, tu mirada.
Y contigo miramos la vida.
Miramos la geografía del mundo.
Miramos los rostros.
Miramos a los que sufren.
Miramos a los que se han quedado en las orillas.
Miramos el corazón de todo para ver en todo tu amor.
Miramos las ramas verdes que brotan en el desierto.
Miramos los milagros pequeños de cada día.
 
Te miramos a Ti, que vienes al encuentro.
Miramos y miramos.
Esperamos y confiamos.
Levantamos y cuidamos la vida.
Marana tha. Ven, Señor Jesús.