Domingo 23 del tiempo ordinario

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LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO: Marcos 7,31-37

 

“El encuentro con Jesús abre a la vida y a la fe” (Papa Francisco).    

Dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis.

Vamos por la vida con perplejidades, interrogantes, heridas… aunque no siempre somos conscientes de ello. Jesús también camina, se mueve como un peregrino incansable, buscador de las zonas paganas que llevamos dentro. Trae consigo una novedad inaudita. ¿Le dejamos pasar por nuestra vida? Volvemos los ojos a ti, Señor, que tanto nos amas.

Le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar, y le piden que le imponga las manos.

La sordera de este personaje nos recuerda la nuestra: “tenemos oídos y no oímos”.Aun estando con Jesús, no le entendemos; aun practicando la oración, no nos enteramos de su presencia. Pasa a nuestro lado y una mentalidad cerrada nos impide oír la novedad de su Evangelio. Pero Jesús está vivo y, para él nadie está perdido, su corazón no traza fronteras. Esto nos da esperanza. ¿Quién nos llevará a Jesús para que imponga las manos sobre nosotros y toque nuestras heridas? Jesús, gracias por amarnos mucho más de lo que nos podemos amar.

Le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua.

Jesús toca nuestra sordera y nuestra mudez, se mete hasta los sótanos donde llevamos ocultas la miseria, el pecado, la muerte. Solo el encuentro profundo con él nos cura. Jesús suelta nuestra lengua para poder decirle nuestro amor. ¿Qué acontecimientos nos han cambiado invitándonos a estar con Jesús? Gracias, Señor, por tanto como recibimos de ti. Que ello nos despierte a amarte con todo el corazón.   

Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: Effetá (esto es, ‘ábrete’).

Jesús, por medio de la cruz, abre a la esperanza todo lo cerrado. No nos quita la pequeñez, pero muestra en ella su amor. El mal sigue ahí, pero Jesús nos da la fuerza para luchar contra todos los males. Por la fe aceptamos a Jesús tal como se manifiesta, fiándonos de él, andando en su verdad. En nuestras raíces se unifican la entrega gratuita de Jesús con la solidaridad con los más pequeños. ¿Qué es lo que esta palabra nos invita a decirle a Jesús? Gracias, Jesús, por abrir nuestra vida a la esperanza.   

Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad.

Jesús no es una teoría. Su fuerza sanadora nos puede curar. Jesús es agua que riega el corazón, luz dadora de sentido nuevo a lo nuestro. Jesús es la verdad del ser humano, su camino y su vida. Jesús es alegría y plenitud para un ahora que se prolonga día a día. ¿Nos lleva la actuación de Jesús a anunciar a otros el Evangelio? Gracias, Jesús. Tú lo haces todo y nos das ánimo para hacer cosas grandes.   

En el colmo del asombro decían: Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

Jesús es mucho más de lo que esperábamos. No cura y se va; cura y se queda. Él es nuestra sanación. Cuando nos alcanza, experimentamos su actuación como creíble. Cuando su amor nos toca por dentro, todo es nuevo, ya no podemos acallar esa alegría. ¿De qué modo nos invita la obra salvadora de Jesús a vivir la gratitud y la alabanza? Te alabamos, Señor. Por siempre.   

CIPE – septiembre 2018  

Documentación: LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO: Marcos 7,31-37