Domingo 20 del tiempo ordinario

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LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO: Juan 6, 51-58

 

“La eucaristía es el corazón de la Iglesia… El cielo comienza en la eucaristía” (Papa Francisco).  

¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?

Esta es una pregunta clave en la vida. ¿Cómo puede Jesús amarnos de forma tan real y concreta, tan humana? A unos les escandaliza esta posibilidad de que nos dé su vida y huyen de la fuente, como si Jesús estuviera pidiendo algo irracional. A otros les sorprende y fascina esta manera de entender y vivir la vida desde un amor más grande que la muerte y entran en un asombro adorador, intuyendo que Jesús está en el pan partido hecho amor. Este amor nuevo e inaudito da miedo y atrae. En este dilema nos movemos. Si nos abrimos a la experiencia del amor de Jesús, comienza en nosotros la dinámica de amar por ser tan amados. ¡Oh amor que nos amas más de lo que podemos entender! 

Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.

Jesús no sacrifica la verdad por miedo a la incomprensión.Se presenta en medio de nosotros como un amante que entrega gratuitamente a los que ama lo que tiene y es. Su vida es vida de nuestra vida. Su amor quiere ser amado. ¿Por qué nos cuesta tanto entender y vivir el amor? Jesús no quiere estar fuera de nosotros, no pretende servirnos desde fuera. Jesús quiere meterse en nuestra entraña y amarnos con su amor loco. Esta es la sabiduría que supera todas nuestras sabidurías. Adorar es un acto de fe, hecho muchas veces en silencio, para oír la voz del amor y dejar que el amor de Jesús nos toque. Jesús, de cuántas maneras nos muestras el amor. ¡Qué poco nos pides y cuánto nos das! Bendito seas.  

El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día.

Necesitamos alimentarnos de Jesús para no languidecer. Hay zonas de nuestra vida que no están resucitadas y necesitan ser evangelizadas por el amor. Jesús es un surtidor de vida, y adorar es poner, debajo, nuestro cántaro para beber de su fuente. Jesús es el pan de la vida, y adorar es comer ese pan para poseer su vida. Jesús es todo, y adorar es dejar que él abrace nuestra nada. Jesús es la alegría, y adorar es permitir que su humanidad se entrelace con la nuestra. Gracias Jesús; no te ha quedado nada por hacer para encendernos en tu amor. 

El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él.

Lo decisivo es tener hambre de Jesús. El Espíritu nos regala esta hambre de Jesús, que nos transforma. “La comunión eucarística, si lo hacemos con fe, transforma nuestra vida, la transforma en un don a Dios y en un don a los hermanos” (Papa Francisco). Para vivir la comunión con Jesús es necesario comer a Jesús; como cuando queremos mucho a una persona y le decimos: ‘Te comería’. Jesús nos alimenta y anima habitando dentro de nosotros, nos envía como testigos de su amor desde dentro, nos une a los hermanos desde dentro, nos hace solidarios con los pobres desde dentro. Jesús vive en nosotros, nos da la vida que tiene junto al Padre, comparte el mismo aliento con que él respira. Que María nos obtenga la gracia de nutrirnos de Jesús, el pan de vida. 

CIPE – agosto 2018

Documentación: LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO: Juan 6,51-58