Descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos.

FOTO

La fe que creo es la misma fe con la que oro

Desde que comprendí el valor bautismal, catequético y doctrinal de los Credos o Símbolos de fe en la vida de la Iglesia me convertí en defensor de que el Credo es para ser proclamado y confesado, y no para ser rezado. Atrás quería dejar –aunque no sé si del todo– mis recuerdos de infancia que se remontan al “y ahora rezamos un Credo al Sagrado Corazón de Jesús”, fórmula con la que mi abuela terminaba el rezo del rosario en familia, que con tanta maestría y devoción dirigía. Se trataba, como es fácil imaginar, de recitar el Credo al modo como se reza el Padre nuestro, el Ave María o la Salve.

Ese “rezar un Credo” me ha venido a la memoria al ser invitado a participar con mi experiencia y reflexión en el proyecto “orar el Credo”. No es exactamente lo mismo “rezar un Credo”, que “rezar/orar el Credo”. Orar el Credo (a mí me suena mejor “orar con el Credo”) indica que, al tiempo que tomo conciencia de la verdad de fe que proclamo, doy gracias a Dios por ser Comunión Trinitaria del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, gozo y me alegro ante las obras creadas por las manos amorosas de Padre, alabo toda la obra redentora de Jesús, el Hijo, glorifico la tarea santificadora del Espíritu Santo, pido por los que formamos la Iglesia para que sea santa y católica, e imploro con confianza que a mí y a todos alcance la gracia de la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Todas estas verdades de fe contenidas en el Credo son para mí motivos para orar, para elevar mi espíritu e ir al encuentro con el Dios en quien creo, a quien me uno, en quien confío, a quien amo por encima de todas las cosas. La fe que creo es la misma fe con la que oro: uno fe y vida, fe y espiritualidad, fe y oración. Quiero pensar –y estoy convencido de ello– que esta fue la herencia que me dejó mi abuela: que no me cansara de rezar un Credo, porque lo que en él se contiene es motivo -¡y cuánto!- de meditación y de oración.

En su memoria, asumo comentar el artículo del Credo que más difícil de comprender me ha resultado siempre: Jesús “descendió a los infiernos”,cuyo sentido solo se aclara con el artículo de fe al que va inseparablemente unido: “al tercer día resucitó de entre los muertos”, que constituye el corazón mismo de la fe cristiana.

Lo primero que me chocó fue comprobar que la verdad sobre el “descenso a los infiernos” solo la profesamos en el Credo apostólico y no en el Credo nicenoconstantinopolitano, donde no se incluye, pues pasa de afirmar que Jesús “padeció y fue sepultado” a “resucitó al tercer día, según las Escrituras”. También me sorprendió constatar que esta verdad de fe no fue incorporada al Credo hasta el siglo IV. Aparece expresamente como tal en IV sínodo de Sirmio (año 359) en el conocido como “Credo Fechado de Sirmio”. ¿Por qué se añade y qué aporta esta expresión, tan extraña para nosotros hoy?

Aunque no se conocen a ciencia cierta los motivos, sí parece que con esta afirmación del descenso a los infiernos de Jesús se está proclamando una verdad que incluye varios aspectos importantes para nuestra fe cristiana, que paso a enumerar.

1) Se aclara el sentido del “fue sepultado” del artículo precedente, ya que se ratifica la realidad de su muerte al indicar que Jesús ingresó “en los infiernos” (sheol), que es la morada de los muertos (no tanto el lugar de los condenados, como se entiende hoy por infierno).

2) Frente a todo riesgo de docetismo que enseña que Jesús era hombre solo en apariencia, se confiesa la fe en la encarnación real llevada hasta sus últimas consecuencias, ya que no hay nada de la condición humana que no sea alcanzado por Dios en su Hijo, el encarnado.

3) Se proclama la fe en que la salvación obrada por Jesús ha de ser entendida como buena noticia (cf. 1Pe 3, 18-19; 4, 6) y liberación para de todos, es universal: se oferta en todo lugar (hasta lo más recóndito) y en todo tiempo (pasado, presente y futuro) como gracia que espera su acogida. Jesús nos trae una salvación integral y sin límites: se acerca hasta lo más alejado y llega a lo más bajo y negativo: viene a nuestros infiernos –donde estamos muertos– a buscarnos y ofrecernos el don de su amor.

4) Se confiesa que la muerte física, que es el límite de la existencia humana y es consecuencia del poder del pecado (cf. 2 Cor 5, 2) y del diablo, “señor de la muerte” (Heb 2, 14), ha sido vencida por Jesús resucitado (cf. Ap 1, 18) y lo ha hecho en su misma morada: los infiernos. Como consecuencia, también ha sido derrotado el miedo a morir, pues la muerte se ha de convertir en espacio de encuentro y redención: “la muerte, que antes era el infierno, ha dejado de serlo. Muerte e infierno no son ya sinónimos, porque en medio de la muerte está la vida, porque en medio de ella habita el amor” (J. Ratzinger,“El credo, hoy”, Santander 2012, 139). La muerte, pues, no tiene la última palabra.

“De entre los muertos”, es decir desde “los infiernos”, al “tercer día”, que sin indicar una temporalidad precisa sí señala la historicidad del hecho, y “según las escrituras” (señala el Credo nicenoconstantinopolitano), es decir, en el día señalado por la Escritura como el día de la acción salvadora de Dios (cf. 2Re 20, 5; Os 6, 2), Jesús “resucitó” para “subir” al cielo (cf. Ef 4, 9-10). No resucitó para volver a su vida anterior (como sí ocurrió con la hija de Jairo (Mc 5, 22-43), Lázaro (Jn 11, 1-44) o el hijo de la viuda de Naín (Lc 7, 11-17), a quienes milagrosamente revivió. La resurrección de Jesús no es revivir, ni es reencarnación o pervivencia del alma (inmortalidad), es entrar en la dimensión de Dios, donde ya no hay límites de tiempo y espacio, es entrar en la vida definitiva cuya morada son “los cielos”, el reino del amor de Dios. Resurrección es vida nueva, sin posibilidad de morir más (por eso su cuerpo es un cuerpo glorioso, no sujeto a las condiciones fisico-químicas ni espacio-temporales). Con la resurrección de Jesús, por el cual Dios da el sí definitivo a la obra de su Hijo encarnado, “la humanidad de Cristo entra en la gloria de Dios” (CEC 656) y queda abierto el camino de nuestra futura resurrección. Jesucristo es “primicia de los que han muerto” (1Cor 15, 20), “el primogénito de entre los muertos” (Col 1, 18).

En su resurrección está anclada nuestra esperanza: el crucificado es el resucitado. Si acompañamos a Jesús en su pasión, mucho más hemos de proclamarlo vivo entre nosotros. Creer en Jesús es reconocerlo realmente vivo en nuestras vidas, en su palabra que es siempre evangelio, en los sacramentos que son signos de su presencia, en el interior de nuestras conciencias donde aspira a que nos configuremos con él, en el rostro del hermano y el extranjero que son trasparencia y reflejo de su imagen, en la comunidad eclesial que es su cuerpo místico, en un vivir alegre y gozoso, que es criterio de una fe verdaderamente pascual, o en la experiencia mística de unión con él.

Seguramente mi abuela nunca pensó en estas cosas con tal profundidad, pero sí las vivió desde la sencillez de la creyente que tiene puesta toda su confianza en el Señor. De ella aprendí a rezar un Credo, y gracias a ella hoy puedo rezar con el Credo y orar el Credo. Puedo contemplar este bello actuar de Dios en Jesús que murió, fue sepultado, descendió a los infiernos y resucitó, y ello no puede sino suscitar en mí emoción y gratitud, conmoción y alabanza, gozo y petición, entusiasmo y adoración… A él solo la gloria, por los siglos de los siglos. Amén

José Luis Cabria Ortega, Facultad de Teología. Burgos,
Publicado en Revista Orar, 277