Acompañamiento sanjuanista de la oración, de la vida

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La fe es la única manera de relacionarnos persona a persona

Oración-“amistad”, en Teresa, “unión”, en Juan de la Cruz. Dos palabras que trenzan una relación interpersonal –Dios y la persona–, en movimiento permanente de interiorización y cualificación progresiva del amor recíproco.

¿Se puede hablar de este río subterráneo con un mínimo de acierto en el empeño? Al menos vale la pena afrontar el desafío, máxime en compañía de Juan de la Cruz, un especialista en la escucha de quien se le acerca en busca de luz que, a su vez, exhorta a la “escucha” del orante, ante la voz silenciosa de Dios; “la advertencia y atención amorosa”, que se aproxima, por no decir que se identifica, a “la contemplación pura consiste en recibir” el “toque” de Dios enamorador. (Ll 3, 36). Dios, de principio a fin, en el camino de oración-amistad-unión es el agente primero, la persona, receptora siempre “en silencio meditativo”. 

Dos textos teresianos: “Dios comienza esta guerra de amor” (Excl 6, 3); justamente en la oración, “se entiende el particular cuidado que Dios tiene de comunicarse con nosotros y andarnos rogando que nos queramos estar con Él” (7M 3, 9). Y Juan de la Cruz: “Una palabra habló el Padre, que es su Hijo, y esta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma” (DLA 99). “Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por lo profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio de su Hijo” (He 1, 1-2). Juan de la Cruz, parafraseando el texto bíblico, presiona en esta línea: “Dios ha quedado como mudo y no tiene más que hablar porque lo que hablaba antes en partes a los profetas, ya lo ha hablado en el todo, dándonos al todo, que es su Hijo”. “Pon los ojos solo en Él, porque en Él te lo tengo todo dicho y revelado, y hallarás en Él aún más de lo pides y deseas…,oídle a Él” (2S 22, 5). Escucha. Silencio “meditativo”.

El doctor místico subraya con fuerza: “No llevando la persona [en la oración], y con los semejantes (añado yo), otro arrimo [apoyo] sino la fe, la esperanza y la caridad” (DLA 118). Y este otro texto no menos valioso: “La mayor necesidad que tenemos para aprovechar [avanzar en la amistad-unión] es de callar a este gran Dios con el apetito y con la lengua, cuyo lenguaje que Él más oye, solo es el callado amor” (DLA 131). Años más tarde radicaliza esta afirmación, escribiendo a la comunidad de carmelitas de Beas: “La mayor necesidad que tenemos es de callar a este gran Dios con el apetito y con la lengua, cuyo lenguaje, que el oye, solo es el callado amor” (Ct 8 final). 

El eje vertebrador de su experiencia y magisterio es la vida teologal, fe-esperanza-amor, las llamadas virtudes “teologales”, el único medio próximo de unirnos con Dios por amor, comprendemos mejor que el silencio, la escucha, la soledad “acompañada” sean las actitudes de fondo de la persona orante. “Puesto [el seguidor de Jesús] en fe, la cual es sola, el próximo y proporcionado medio para que la persona se una con Dios” (2S 9, 1). “La fe nos da y comunica al mismo Dios”. Dios es “el oro” de la fe, mientras que nuestras formulaciones son la “plata” (C 12, 4). Oigamos otra audaz expresión de místico teólogo: “Por grandes comunicaciones y presencias, y altas y subidas noticias de Dios que [una persona] enesta vida tenga, no es aquello esencialmente Dios, ni tiene que ver con Él” (C 1, 3).

Simplemente, leyendo con atención estas afirmaciones descubrimos muy bien el talante del educador-mistagogo [que partiendo de su experiencia, trata de disponer al orante a la “experiencia” para acoger en silencio-soledad –interior y exterior–, al amigo verdadero, Dios. así se dirige a la primera destinataria del Cántico espiritual, la carmelita Ana de Jesús que, aunque él escriba algunos puntos de teologíaescolástica, acerca del trato interior con Dios, no será en vano haber hablado a lo puro del espíritu en tal manera, pues [a la destinataria] “no le faltael [ejercicio] de la mística, que se sabe por amor”(C pról. 3). Es justamente “el amor el que descubre lo que en sí encierra la fe, que es el Esposo” (C 1, 11). Piense el sencillo lector, que la fe, aun en el mejor amigo, es la única manera de relacionarnos persona a persona. Pues así es con Dios a quien no vemos, ni oímos con los sentidos exteriores. Si la dinamitamos, la relación interpersonal, con los otros y con Dios, nos asfixiamos en el individualismo, en la soledad sola, de nuestro egocentrismo. Robinsones crusoes, cada uno en nuestra islita.

En síntesis: Las pautas de acompañamiento que Juan de la Cruz nos sigue ofreciendo en sus escritos son las que él vivió y le dieron tan buen resultado: atenta escucha al Dios que es permanente comunicación, en soledad-silencio progresivos de tanta dispersión en la soledad sola y el silencio mudo, arrastrados por el “narciso” que seguimos siendo, cuando no nos entregamos, “salimos” por amor al encuentro con Dios Tú que nos inhabita y a los otros [este es el éxtasis que nos haceser lo que somos por naturaleza y gracia de redención: sociales, relación], nuestra única manera de ser “con-viviendo”, “viviendo solo en fe oscura y verdadera, y esperanza cierta y caridad entera” (Ct 19).

Un último apunte del exquisito “oyente”, Juan de la Cruz. Invito al lector de esta página a que saboree el texto (3S 24, 3-4), que resumo: cualquier gusto que se nos ofrezca a los sentidos o al espíritu, no debe motivar nuestro comportamiento. No nos “paremos”, dice Juan de la Cruz, no nos detengamos en el gusto”, “fervor”, de tal manera que “impida la fuerza de nuestra voluntad de emplearla en Dios” [en la atención al otro]. Pero piensa en las personas muy sensibles, “que se mueven mucho en Dios por los objetos sensibles”. Creo que el texto tiene mucho de confesión personal, del místico y poeta exquisito que saliendo enamorado en persecución de quien le enamoró, “ve huellas” por la creación y oye voces que le dicen que pasó por aquí el Amado, pero “que no saben decirme lo que quiero”, Y termina la carrea dirigiéndose al amante Jesús que le enamoró: “sé Tú el mensajero y los mensajes” (C 6, 7). Consejo final para un buen discernimiento: “Pero ha de haber mucho recato en esto, mirando los efectos”. El cambio de vida: centramiento amoroso, en Dios y en nuestro prójimo.  

Maximiliano Herraiz, OCD
Revista ORAR 276