LA PALABRA SE HIZO CARNE

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¿Qué conlleva para nuestra oración?

Espiritualizar en cristiano no significa desencarnar, sino impregnar del Espíritu de Cristo, que fue y es el Espíritu que ungió, condujo, se apoderó y llevó a la consumación el cuerpo vital y mortal de Jesús: Confesar la encarnación de Dios afecta a nuestra oración, porque afecta a toda nuestra vida teologal. Nuestras relaciones con Dios se realizan solo en modo encarnado y en una doble dirección: desde nuestra carne y hacia su carne, desde nuestro cuerpo, por su humanidad, hacia y hasta su cuerpo.

Desde nuestra carne, por tanto nuestra oración solo puede partir y dirigirse a él a través de nuestra humanidad: ‘No somos ángeles’, solo podemos partir del cuerpo que somos y de la carne en que estamos. Hay que servirse para orar –a veces queremos hacernos ángeles y hacemos el tonto o la bestia (Pascal)– de todas las funciones de la persona, no solo de las llamadas o tenidas por más espirituales, sino también de las corporales: respiración, sentidos, movimiento corporal, trabajo y descanso, palabras, gestos y pensamientos, silencios, llantos y sonrisas, taras y heridas…; y hay que servirse de todos los procesos por los que pasa la persona: nacimiento, alimentación, aprendizaje, relación, crecimiento, generación, enfermedad y muerte.

Solo por su carne se va hacia Dios, solo a través de la humanidad de Cristo, pues no se nos ha dado otro nombre bajo el cielo: “Y veo yo claro que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita. Muy muy muchas veces lo he visto por experiencia. Hámelo dicho el Señor. He visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos” (Vida 22, 6).

Y hacia su carne, pues nuestra oración solo puede buscar y alcanzar a Dios en la humanidad de Cristo, donde quiera que ella se encuentre ahora.

¿Y dónde están ahora su carne y su cuerpo?

–Está su cuerpo en el mundo consagrado por la encarnación, “Y no solamente comunicó el ser y gracias naturales mirando [a las criaturas], mas también con sola esta figura de su Hijo las dejó vestidas de hermosura, comunicándoles el ser sobrenatural; lo cual fue cuando se hizo hombre, ensalzándole en hermosura de Dios y, por consiguiente, a todas las criaturas en él, por haberse unido con la naturaleza de todas ellas en el hombre” (Cántico 5, 6). –Está su carne viva y anhelante de amor y de ayuda en los humanos, sobre todo en sus humildes hermanos, en los pequeños: “Cada vez que lo hicisteis a uno de estos a mí me lo hicisteis” (Mt 25).

–En su cuerpo eclesial, o místico: Los bautizados y ungidos son miembros del cuerpo de Cristo, así que no hay verdadera oración sin incorporación a la comunidad eclesial, sin pertenencia o sin relaciones concretas con el cuerpo del Cristo que pervive en estas nuestras comunidades cristianas, de apariencia tan humilde. Su encarnación pervive en mi comunidad eclesial, que a veces juzgo envejecida o empobrecida; la encarnación obliga a no despreciar ni idealizar la carne concreta de mi iglesia con sus límites culturales, históricos y geográficos, límites humanos al fin. Así te necesito: corporal, humano, fraterno. Ni angelical ni remoto, ni pasado ni futuro; siempre tal y como es su carne: presente, palpable, vulnerable, pesada, en todo semejante a nuestra carne de pecado.

–En nuestro propio cuerpo, residencia del gozo y el dolor, marcado por el tiempo y la muerte, sellado por la soledad y enriquecido por el sexo que abre a la relación y a la fecundidad, sujeto por la edad y la enfermedad al límite y al dolor, cauce de la palabra, verdadera o falsa, frágil soporte de todo lo humano y lo divino, cuerpo frágil y amenazado, pero que ya “es del Señor”, pues por el bautismo fuimos incorporados a Cristo; en nuestra carne está la mera posibilidad de la oración, ahí –aquí– en ella se torna accesible el contacto concreto y fiable con el Señor encarnado, con su cuerpo humillado y glorioso.

En la carne está el quicio de la salvación y de la oración. En el cuerpo están las mejores enseñanzas para la vida teologal: su deseo de ver, gustar y tocar, su hambre y su sed, sus gustos y disgustos, sus quejas doloridas y la flor de sus sonrisas no son solo símbolos de la vida teologal, proporcionan la materia misma de la ofrenda: ‘Glorificad a Dios con vuestro cuerpo’, ‘Ofreced vuestros cuerpos…’.

No podemos separar palabras exteriores o interiores, no podemos espiritualizar la sed, como si la pobreza o carencia de alimentos y de agua no fuese materia de la vida teologal. Si no pudimos conocer la verdad de Dios sin su encarnación, no podremos expresarle nuestra verdad sin nuestra carne.

Las prácticas de estos gestos elementales y su dominio o educación –los clásicos lo llaman ascesis– es comienzo de toda oración: aprender a comer y beber y a ayunar, aprender a dormir y a velar, aprender a callar, acostumbrase a ver en la fe lo material y lo invisible, saber recoger los sentidos, sosegar y silenciar la mente y el cuerpo, sosegar y domar la imaginación creativa, incorporar el movimiento y los gestos: estar de pie o postrados, caminar meditando, danzar contemplando, etc., son solo consecuencias concretas para la pedagogía de la oración cristiana, son derivados de la fe en el misterio de la encarnación.

Toda la pedagogía teresiana y sanjuanista de la oración comienza y termina por el cuerpo: aprender a orar es asunto de los sentidos (mirar, escuchar, tocar, oler, gustar,…) y tarea de educación de la mirada, de aprendizaje de la escucha, del silencio y del control de la imaginación… Pero la vida mística –cumbre de la oración– no es tampoco un acontecimiento en el que el cuerpo no participe en su modo y medida.

Caminar hacia y llegar hasta la carne del Señor acontece real, histórica y corporal, aunque místicamente, en la comunión con su cuerpo sacramentado en la eucaristía. Esa es la meta de la oración: ofrecerle una humanidad suplementaria, encarnar su cuerpo entregado mediante la fuerza de la eucaristía que ofrece y consagra nuestro cuerpo para unirlo al Señor y ponerlo al servicio de su amor. Así, en nuestra carne orante se prolonga su amor entregado para la vida del mundo.  

   GABRIEL CASTRO, OCD

Publicado en Revista ORAR, 275