«PONED LOS OJOS EN EL CRUCIFICADO»

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 Moradas VII, 4, 8    

En los escritos de santa Teresa, pocas consignas hay tan incisivas, tan reiteradas, tan apremiantes y amorosas como ésta: «poned los ojos en el Crucificado..., los ojos en El...., los ojos en vuestro Esposo..., que todo el daño nos viene de no tener los ojos puestos en Vos!».  

Esa invitación premurosa a poner los ojos en Él tiene arraigo en la palabra bíblica, sobre todo en los Evangelios; ha pasado por el tamiz de la experiencia profunda de la Santa; y desde esos dos planos —Biblia y experiencia— se ha convertido en mensaje espiritual para cuantos se asoman a las páginas de sus libros.    

La Palabra bíblica.

A Teresa, ya mucho antes de centrarse en Cristo, le produce fuerte impacto la escena evangélica del «Ecce Homo». La palabra, extrañamente profética de Pilato: «¡mirad a ese hombre!», le llega en directo. El encuentro inesperado con una imagen del «Ecce Homo» le dio un vuelco al corazón y determinó el cambio de rumbo en su vida.

  • «En mirándole, toda me turbó de verle tal» (Vida 9, 1).

De por vida buscará pintores que reproduzcan la escena del «Ecce Homo», o sencillamente la imagen de su Señor:

  • «Quisiera yo siempre traer delante de los ojos su retrato e imagen, ya que no puedo traerle tan esculpido en mi alma como yo quisiera» (Vida 22, 4).
  • «¿En qué mejor cosa ni más gustosa a la vista la podemos emplear que en quien tanto nos ama y en quien tiene en sí todos los bienes?» (Camino 34, 11).

¿Cómo no recordar el «Cristo de los bellos ojos», que ella hace pintar cuidadosamente en una de las ermitas de la huerta de su primer carmelo?  

En el Evangelio, la Santa ha topado con las reiteradas invitaciones de Jesús a «venir y ver». Desde la primera palabra que pronuncia el Maestro en el relato de Juan («Maestro, ¿dónde moras?... — Venid y veréis» (Jn 1, 39), hasta las palabras del Resucitado: «Yo soy, no temáis... ved mis manos y mis pies, yo soy; palpad y ved... y les mostró las manos y los pies» (Lc 24, 36, 40). O la invitación a Tomás: «Mira mis manos, trae tu mano y métela en mi costado» (Jn 20, 27).

Pasajes que Teresa leerá y meditará, deliciosamente glosados en las «Meditaciones de la vida de Cristo», del Cartujano. No sólo los meditará. Ella los revivirá místicamente, como veremos enseguida.      

«Tener fijos los ojos en el pionero y consumador de la fe, Jesús», es el lema cristológico cincelado en la carta a los Hebreos ( 12, 2): pasaje también meditado por ella en las páginas de su gran maestro de cristología, «el Cartujano» Landulfo de Sajonia. Es fácil que desde ese texto bíblico el lema pasase en directo a la experiencia y a la pluma teresianas.

La experiencia de «poner los ojos en El»        

Teresa tuvo la suerte de revivir esas escenas evangélicas, en que el Resucitado invita a Tomás o a los discípulos a mirar sus manos, sus llagas, su costado.        

La primera y más decisiva de esas experiencias es la que ella nos cuenta en Vida 26, 3. Se halla esa confidencia en pleno contexto de penalidades interiores y grandes perplejidades de espíritu. En medio de ellas, la Santa refiere:   «Díjome una vez (el Señor) que no era obedecer si no estaba determinada a padecer: que pusiese los ojos en lo que El había padecido, y todo se me haría fácil».        

A esa primera experiencia sigue un sartal de episodios místicos sumamente sencillos, que constituyen algo así como el evangelio de la mirada y del encuentro, revivido y testificado por Teresa. Baste recordar los más incisivos. Los ha ido anotando en los apuntes íntimos de sus Relaciones:        

Poner la mirada en Jesús, pobre y despreciado. — Le sucede en Toledo, con ocasión de la fundación y el patronazgo de la nueva iglesita. Hay quienes le insisten en que no conceda «el enterramiento (en la iglesia) a quien no fuese caballero; díjome el Señor: Mucho te desatinará, hija, si miras las leyes del mundo. Pon los ojos en mí, pobre y despreciado de él. ¿Por ventura serán los grandes del mundo, grandes delante de mí?». (Relación 9: datada hacia 1569-1570).  

Mírame a Mí. — Nuevo episodio. Ocurre poco después del anterior, probablemente ese mismo año 1570. Los afanes y negocios de la andariega fundadora la hacen añorar la soledad: «Pensando... con cuánta más limpieza se vive estando apartada de negocios, y cómo cuando yo ando en ellos debo andar mal y con muchas faltas, entendí: No puede ser menos, hija; procura en todo recta intención y desasimiento, y mírame a Mí que vaya lo que hicieres conforme a lo que yo hice» (R. 11: hacia 1570).      

Véante mis ojos. — Un año después, en Salamanca. Ha llegado el gozo de la Pascua, y ella no logra arrancar el alma a la desolación del viernes y a la soledad del sábado santo. En recreación, la novicia Isabel de Jesús, entona «un cantarcillo, de cómo era recio de sufrir vivir sin Dios». Eran las conocidas coplillas «Veánte mis ojos, / dulce Jesús bueno...».

— «Fue tanta la operación que me hizo, que se me comenzaron a entumecer las manos...», hasta caer en éxtasis profundo. En ese contexto, vuelve sobre ella la palabra del Señor: «Vesme aquí, hija, que yo soy. Muestra tus manos, y parecíame que me las tomaba y llegaba a su costado, y dijo: Mira mis llagas. No estás sin Mí. Pasa la brevedad de la vida» (Relación 15. Año 1571).            

Mira este clavo. — Le ocurre un año después, en la Encarnación con ocasión de la famosa gracia del matrimonio espiritual, al recibir la comunión de manos de fray Juan de la Cruz: «diome (el Señor) su mano derecha, y díjome: Mira este clavo que es señal de que serás mi esposa desde hoy» (Relación 35; año 1572).      

Mira estas llagas. — El nuevo episodio es prolongación de la experiencia anterior. «Esto me dijo el Señor...: Cree, hija, que a quien mi Padre más ama, da mayores trabajos, y a éstos responde el amor. Mira estas llagas, que nunca llegaron aquí tus dolores. Este es el camino de la verdad» (Relación 36: año 1572).        

Ya en las últimas páginas de Vida había escrito: «De ver a Cristo, me quedó imprimida su grandísima hermosura, y la tengo hoy día, porque para esto bastaba sola una vez, cuánto más tantas como el Señor me hace esta merced... Tengo por imposible —si el Señor por mis pecados no permite se me quite esta memoria— podérmela nadie ocupar de suerte que, con un poquito de tornarme a acordar de este Señor, no quede libre» (Vida 37, 4).