Ahora empiezo, Dios mío

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“DÉBORAH, ¡ENTONA  UN CANTAR!”          

 El mejor canto es este encuentro. Todos descansados de descansar, entramos en la normalidad de empezar de nuevo. Me encanta siempre encontrarme con ese salmo que, sin dar más explicaciones, anuncia: “Ahora empiezo” ¡Dios mío! Ahora.         

Ese ahora es nada menos que el presente, la única realidad que tenemos en nuestras manos. Es como sentirse vivir. Es nuestra vida, ahora.         

¿Y si la soltamos como un pájaro para  que vuele a lo largo del curso? Algo me dice que este año nos toca a todos bailar.         

Una vez el P. Cantalamessa me escribió en un libro esta dedicatoria: “Canta y camina”.

Y ahora es Madeleine Delbrêl  la que nos da una consigna, aún más breve: “Baila”. Nos propone para este curso la gran danza del abandono en Dios como un baile muy especial.  

        Madeleine, convertida al catolicismo, se instaló en 1933 en Irvy, la llamada “ciudad marxista” para evangelizar entre los obreros de la Renault. Su pequeña comunidad laica buscaba sólo: Vivir, sencillamente, el Evangelio. Acogerlo como un don de  Dios, con gran libertad. Irradiando en lo cotidiano fue  una  figura central del cristianismo de su tiempo y está en plena actualidad. Es leída, citada y estudiada, en todo el mundo, mientras su proceso de beatificación avanza en Roma.    

El baile singular de nuestra entrega  

Si estuviéramos contentos de ti, Señor,
no podríamos resistir a esa necesidad
de danzar que desborda el mundo,
y llegaríamos a adivinar
qué danza te gusta que bailemos
siguiendo los pasos de tu Providencia…
 
 Para bailar bien contigo, no es preciso
saber adonde lleva el baile.
Hay que seguir, estar alegre, ser ligero,
y sobre todo, no mostrarse rígido.
Hay que ser como una prolongación ágil
y viva de Ti mismo
y recibir de Ti la transmisión del ritmo de la orquesta.
 
No hay por qué querer avanzar a toda costa
sino aceptar el dar la vuelta, ir de lado,
saber detenerse y deslizarse en vez de caminar.
Y esto no sería más que una serie
de pasos absurdos si la música no formara una armonía.
 
Pero olvidamos la música de tu Espíritu
y hacemos de nuestra vida un ejercicio de gimnasia;
olvidamos que en tus brazos se danza,
que tu santa voluntad es de una inconcebible fantasía,
y que no hay monotonía ni aburrimiento
más que en las almas viejas, fondo inmóvil,
en el alegre baile de tu amor.
 
Señor, muéstranos el puesto que,
en este romance eterno
iniciado entre tú y nosotros,
debe tener el baile singular
de nuestra obediencia.
 
 
Revélanos la gran orquesta de tus designios,
donde lo que tu permites toca notas extrañas
en la serenidad de lo que tu quieres.
 
Enséñanos a vestirnos cada día
nuestra condición humana
como un vestido de baile,
que nos hará amar por ti todos sus detalles
como joyas  indispensables.
 
Haznos vivir nuestra vida, no como un juego
donde todo se calcula,
no como una competición
donde todo es difícil,
sino como una fiesta sin fin  
donde se renueva el encuentro contigo,
como un baile, como una danza
entre los brazos de tu gracia,
con la música universal del amor.
Señor, ven a invitarnos.                                   

Madeleine Delbrel