ASUNCIÓN DE NUESTRA SEÑORA

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MARÍA NOS PRECEDE Y NOS ASEGURA EL DESTINO DE VIDA Y FELICIDAD 

 En esta fiesta, también llamada de la dormición o del tránsito de María celebramos la coronación de la obra de Dios en ella. Dios la ha introducido dentro de su vida, la ha hecho partícipe de su gloria en el cielo, glorificándola. En ella se ha cumplido ya lo que los creyentes en Jesús esperamos alcanzar: la participación en la vida de Dios, la plena comunión con Él.  

En el magníficat, María exclama: “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí”. Eso es lo que hacemos los cristianos en las fiestas marianas: felicitamos a María por las maravillas que Dios ha hecho en su favor.    

Al bendecir a María, no nos inventamos nada nuevo, ya que su misma prima la llama en el Evangelio: “dichosa, feliz, bienaventurada tú que has creído”. Ésta es la primera bienaventuranza del Nuevo Testamento, que coincide con la última, que pronunciará Jesús resucitado ante Tomás: “Dichosos los que crean sin haber visto”.    

María es feliz porque ha creído, porque se ha fiado de la palabra de Dios, porque ha sido la perfecta discípula de Cristo. Lo ha seguido en el sufrimiento y en la cruz. Ahora lo sigue en la glorificación, cumpliendo Jesús sus promesas: “quiero que donde esté yo, estén también mis seguidores”.        

María es feliz para siempre porque está con Cristo, porque vive la vida de Dios. Por eso, María es una fuente de esperanza para nosotros, los creyentes. Cristo también quiere glorificarnos y hacernos partícipes de su vida inmortal. Si ha cumplido su promesa en ella, lo hará también en nosotros.  

La Iglesia (y cada cristiano) está llamada a vivir de fe, como María, a generar a Cristo permaneciendo virgen para Dios, a dar a luz a Cristo y ofrecerlo al mundo, a seguirle y servirle con corazón indiviso, a permanecer de pie junto a la cruz, a orar insistentemente para recibir el don del Espíritu Santo, con la esperanza de ser un día glorificada, como María asunta al cielo.    

La fiesta de hoy nos invita a poner los ojos en el cielo, en la vida eterna, que es nuestro destino, nuestra patria verdadera, la meta de nuestro caminar. En nuestros sufrimientos y tribulaciones miremos a María. Ella nos precede y nos asegura el destino de vida y felicidad que está reservado para los que perseveren en la fe.      

San Juan de la Cruz dice que las almas que viven una altísima experiencia de unión con Dios en esta vida no mueren de muerte natural, sino de un acto de purísimo amor, por el que se unen definitivamente con Cristo.    

Sor María de Jesús de Ágreda, en su “Mística Ciudad de Dios”, escribió que "La enfermedad que le quitó la vida a María fue el amor, sin otro achaque ni accidente alguno".    

Por eso se habla de la “dormición” de María. Su muerte fue un pasar de este mundo al cielo sin violencia ni sobresaltos.    

Que nuestro amor por Cristo crezca cada día, para que Él se determine a romper definitivamente la “tela del encuentro” y nos una consigo para siempre. Amén.    

Euardo Sanz de Miguel, OCD, en Revista ORAR 272