Dios te espera en tu interior, aquí y ahora

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BÚSCALE Y ESPÉRALE EN FE Y AMOR

Un milagro y tres ‘amarras’ que anudan al hombre con su Creador: “Dios te espera… en tu interior… aquí y ahora…”.

Como quien no dice nada, ¡en tan pocas palabras!, confesamos la increíble paradoja de un amor encarnado que habita nuestra interioridad (Jn 14,23). ‘Dulce huésped del alma’, no solo vino a habitar esta tierra y esta historia (Jn 1,14), sino a quedarse con nosotros para siempre, “todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

Si la conciencia de este misterio sacudiera de nosotros el acostumbramiento que amodorra; si nuestra débil y tantas veces opaca naturaleza se abriera a esta presencia; si una profunda y siempre renovada conmoción interior nos mantuviera despiertos en la fe, consecuentes para amar, alegres con esta esperanza… ¡qué vida de cielo comenzaríamos ya a vivir! Esta es la buena noticia del Evangelio. Esta, y no otra, la ‘quintaesencia’ del mensaje de nuestros místicos.

¡Dios nos espera! Sin violentar nuestra naturaleza hecha de ‘carne y tiempo’, sin llevar cuenta de nuestras infidelidades y premiando cada gesto de amor, Dios ‘guarda y aguarda’ los pasos de sus hijos, respeta el proceso de transformación de cada cual: “Qué de años nos espera de esta suerte” (MC 2,21). “Bien sabe Su Majestad aguardar muchos días y años, en especial cuando ve perseverancia y buenos deseos” (2M 1,3), nos dice Teresa de Jesús.    

La espera, como paciencia de Dios en el tiempo, es manifestación de una esperanza para nuestra vida, expectación del cumplimiento de un anhelo que nuestra libertad podría truncar, un don que podríamos rechazar… Mientras tanto, Dios se sujeta a nuestra condición, nos engrandece, dice Juan de la Cruz, como si fuese siervo del alma y ella su señor: “Y está tan solícito en la regalar, como si él fuese su esclavo y ella fuese su Dios: ¡tan profunda es la humildad y dulzura de Dios!” (CB 27,1).    

Él nos espera, sí, para regalarnos y regalarse, y no hacen falta ‘grandes consideraciones’, le basta una mirada, una intención, un recuerdo, una sola palabra de amor… “Mirad que no está aguardando otra cosa… sino que le miremos. Como le quisiereis, le hallaréis. Tiene en tanto que le volvamos a mirar, que no quedará por diligencia suya” (CV 26,3). Sentado al brocal de nuestro pozo, nos aguarda para abrevar su sed (Jn 4,7); mendigo a la puerta del corazón, espera que le abramos para cenar con Él (Ap 3,20); hambriento y sediento, de paso, desnudo, enfermo y preso (Mt 25,31s)… nos sale al encuentro en cada recodo del camino, en cada persona, en cada circunstancia y aguarda el bálsamo de nuestra amorosa ‘com-pasión’ (Lc 10,25s).    

Así se dice a sí mismo, incansable y con mil voces, rostros, criaturas, músicas y colores… todo es mediación para un encuentro, revelación que anhela la comunión, viaje de ida y vuelta al corazón de Dios que habita y nos espera en nuestro interior: “¡qué cosa de tanta admiración, quien hinchiera mil mundos y muy mucho más con su grandeza, encerrarse en una cosa tan pequeña! …como nos ama, hácese a nuestra medida” (CV 28,11). Todo este derroche y sobreabundancia de mediaciones son aldabonazos a los sentidos, a la mente y al corazón, suave seducción interior para la consumación del amor.    

Si decidimos vivir conscientemente la sacramentalidad de todo lo creado, como algo que cae por su propio peso, viviremos en ese círculo amoroso ininterrumpido del ‘búscate en mí y búscame en ti’ que Dios revelara a Teresa de Jesús. Hemos sido creados con primor y belleza a su imagen para morar en su presencia, estamos ‘retratados’ en las entrañas de Dios, nuestro hogar. ¿Cómo podré perderme si Él me lleva dentro de sí? ¿Por qué ir ‘de aquí para allí’, si, íntimo y amante, ha querido habitar dentro de mí?: “Fuera de ti no hay buscarme, porque para hallarme a mí, bastará solo llamarme, que a ti iré sin tardarme y a mí buscarme has en ti” (P 8).    

Dios está aquí y ahora, contigo y para ti, y susurra en el fondo de tu alma: “Yo soy tuyo y para ti, y gusto de ser tal cual soy por ser tuyo y para darme a ti” (LlB 3,6). No lo dejes solo, no lo reduzcas al silencio en tu interior.    

Que en diálogo amoroso, la fe despierta ‘como si estuvieras viendo al invisible’ (Hb 11,27), te sumerjas siempre más en la profundidad de su misterio (Isabel de la Trinidad). Él es lo más íntimo de ti, la presencia amorosa y creadora que te conserva en la existencia, tu padre y tu redentor, tu amigo y tu cómplice, tu amante y tu amado, tu gozo y tu premio. Y lo es para ti ‘aquí y ahora’, en lo más profundo de tu corazón, en el ‘hondón del alma’.    

Él es la palabra que te orienta y consuela, la plenitud de tus anhelos, tu razón y sentido más allá de cualquier frustración y dolor, la vida que engendras misteriosamente cada día, quien lleva tus cargas, quien te da su fuerza, quien suple tus ausencias y remedia tu indigencia con su amor. Él es el compañero de tu soledad, la salud de tus heridas, tu abundancia en la pobreza, tu triunfo en las batallas, tu gozo en la tribulación, tu gloria en la humillación. Él es tu fuente de inspiración, tu poesía, la letra, el canto, la melodía de la vida. Él susurra en tu oído palabras de amor y fidelidad, siempre, sin arrepentimiento, sin mengua… aquí y ahora. Y lo espera todo de ti, quiere recibir igualmente todo de ti, en la fugacidad de la existencia, en el único tiempo que se nos ha dado vivir.    

Para buscarle y esperarle en fe y en amor, despojados de todo y abrazados a Él; para la paciente transfiguración que anticipa el encuentro; para entregar, soñar, trabajar, sufrir y gozar, orar y alabar; para que nuestra vida se derrame como perfume de nardo a sus pies; para vivir su vida y amar sus amores; para morir su muerte y arrojarnos al abismo eterno de su amor, no tenemos más que el ‘aquí y ahora’ de nuestra preciosa e irrepetible existencia:

“Mi vida es un instante, una efímera hora, momento que se evade y que huye veloz. Para amarte, Dios mío, en esta pobre tierra, no tengo más que un día: ¡solo el día de hoy!” (Teresa del Niño Jesús, P 4).  

Mª Daniela Biló, ocds, en Revista ORAR 272