EL COMUNISMO CRISTIANO.

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REFLEXIÓN PARA EL JUEVES SANTO

Dos palabras aparentemente contradictorias: comunismo y cristiano y, sin embargo, son conceptos y realidades que han convivido y conviven de forma pacífica. El comunismo “cristiano” es antiguo de siglos, coincide con el nacimiento del cristianismo como religión y filosofía de vida. Hago esta reflexión en el Jueves Santo de la Semana Santa, día de la caridad, de la fraternidad universal, para que no se nos vayan los pensamientos y sentimientos al folklore callejero de las procesiones y a los viajes de turismo para visitar iglesias-museos para ver Cristos, Vírgenes y Santos. Vale la pena leer algo que nos haga pensar.            

El cristianismo nació como una comunidad de “hermanos” porque todos sentían su dignidad como hijos de Dios. Pequeña comunidad que compartía sus bienes entre ricos y pobres, como consta de los textos del Nuevo Testamento. Extrapolando el hecho y la cronología, podemos decir que vivían un comunismo social fundado en la fe en el crucificado Jesús, Hijo de Dios, resucitado y presente en la historia de su Iglesia.            

“Todos los creyentes -dice el texto bíblico- vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos según la necesidad de cada uno”. “La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo lo tenían en común [...]. No había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían campos o casas, los vendían, traían el importe de la venta y lo ponían a los pies de los apóstoles y se repartía a cada uno según sus necesidades” (Hechos de los Apóstoles, 2, 44-45 y 4, 34-35).            

Aunque sabemos que es una interpretación idealizada, un proyecto utópico y una modelización de las comunidades cristianas, algo de verdad contienen estos testimonios, no obstante las deficiencias que anotan los intérpretes modernos.          

Confirma también lo dicho el hecho de que esa práctica de la comunidad primera fue el modelo de vida que copiaron los llamados Padres del Yermo, ermitaños en los desiertos de Palestina, Siria, Egipto y en el Occidente cristianizado, trabajando para sobrevivir y repartiendo el sobrante de las ventas con los pobres del entorno.            

Esa obligación de compartir los bienes entre ricos y pobres fue la enseñanza de los grandes Padres de la Iglesia, que daban ejemplo con su vida austera y pobre, que predicaban en público y escribían en privado clamando contra los ricos y el despilfarro de sus riquezas; exigiéndoles la necesidad de dar limosna a los pobres si no querían condenarse en el infierno. Se han conservado textos de algunos grandes predicadores que parecerían escritos por un agitador de masas de nuestros días en un mitin callejero a la búsqueda de votos para su partido político. El predicador cristiano apelaba a la igualdad de todos los hombres por ser hijos de Dios y hermanos en Cristo, obligados por el precepto del amor fraterno; además, porque el rico no es el dueño de sus bienes, sino su administrador para ayudar al pobre.            

Sirva como modelo de prosa crítica de los Santos Padres de la Iglesia la magnífica descripción de una sociedad de consumo que hace San Basilio Magno en el siglo IV, obispo de Cesarea y organizador de la vida monástica y creador de centros de ayuda a los necesitados:            

“El diablo se ha dado buena traza para sugerir a los ricos infinitos pretextos para gastar, de modo que se busca lo inútil como necesario, y nada les basta para las necesidades que excogitan [...]. Realmente, yo no puedo menos de admirar tantas invenciones de cosas inútiles. Los carruajes... muchedumbre de caballos... reposteros de púrpura, que adornan a los caballos como a novios... Número infinito de otros servidores que ha de bastar para toda ostentación de lujo... De estas casas, unas las calientan en invierno y otras las refrescan en verano. El suelo está adornado con mosaicos, los techos están pintados de oro. La parte de las paredes que no lleva incrustaciones se engalana con las flores de la pintura”.            

Después vendrían los monjes en el siglo VI con san Benito de Nursia y todas sus múltiples reformas con las numerosas abadías que civilizaron a Europa. Y a partir del silo XIII, los frailes, llamados “mendicantes”, como los dominicos, franciscanos, carmelitas y otros. Y, finalmente las innumerables congregaciones religiosas, y los institutos seculares de hombres y mujeres, dedicados a obras de caridad, que es una forma de colaborar con la justicia social. Todos, ellos y ellas, viven el voto de pobreza, renunciando a la propiedad personal compartiendo los bienes con los miembros de las comunidades y ayudando a los pobres y necesitados. En sus conventos no existen las “clases” sociales ni los privilegios y se atiende a cada uno según sus necesidades. ¿No es esto un comunismo cristiano?            

Santa Teresa de Jesús, entre tantos otros reformadores de la vida religiosa, corrigió las corruptelas que se habían impuesto en algunos monasterios de monjas, y más todavía en ciertos “beaterios”, tan abundantes en la Europa medieval: “Aquí -escribe- todas han de ser amigas, todas se han de amar, todas se han de querer, todas se han de ayudar” (Camino de perfección, 4, 7). En los monasterios de monjas y fe frailes fundados por ella desaparecieron las diferencias sociales, los apellidos nobles, las desigualdades económicas, todo se compartía y era común en extrema pobreza. Era la actuación generalizada de las “reformas” de la vida religiosa. No obstante ese rigor, sabemos que entraron en sus conventos de frailes y de monjas un número abundante de familias nobles y de la mesocracia urbana, lo mismo que en otras órdenes reformadas. La fraternidad igualitaria se fundaba en motivos religiosos, no sociales.            

Para terminar, y por contraste, una alusión al comunismo sociológico y político de nuestros días nacido en el siglo XIX. He repasado el “Manifiesto comunista”, de Carlos Marx y Federico Engels, en el que abundan el vocabulario de confrontación social: señores y siervos, burgueses y proletarios, clases opresoras y oprimidos, el trabajador y el capital, artesanos y producción industrial, proletarios y comunistas, explotación del hombre por el hombre, revolución social, lucha de clases, etc. Lenguaje duro y belicoso, de confrontación.            

Llevamos siglo y medio de revolución más o menos violenta, pero ha resultado una bella utopía más, que sigue en activo, pero que ha conseguido solo parte de sus fines en las sociedades avanzadas económicamente. Vemos que la brecha entre pobres y ricos sigue creciendo en beneficio de los segundos: los ricos son más ricos y los pobres, más pobres. Además, las sociedades donde se ha implantado el proyecto comunista no son modelos de libertad y democracia, sino de dominio de unos pocos sobre la masa del proletariado; han eliminado a los ricos capitalistas, pero no ha hecho ricos a los pobres ni a la clase media. No han aprovechado la fuerza revolucionaria del amor fundado en la creencia en Dios, sino que han perseguido toda idea religiosa, toda relación con la Trascendencia.            

En fin, en el mercado actual y la feria de las utopías modernas está el proyecto de un comunismo cristiano y un comunismo marxista y ateo. Que cada uno elija y lo aproveche para ser buena persona, buen ciudadano

 Daniel de Pablo Maroto 

“La Santa”