Teresa de Lisieux y la originalidad cristiana

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SU PRESENCIA ES TAN VIVA ENTRE NOSOTROS QUE PARECE QUE NO SE HA IDO.

Es indudable que la figura de Teresa emergió en el horizonte de la historia como una realidad sorprendentemente original. Apenas se difunde a través de la famosa Historia de un alma, es acogida su espiritualidad como una visión cristiana moderna a la vez que expresión de lo cristiano sin contaminar. En aquel ambiente de tono altamente jansenista en que la santidad tenía que ver con la heroicidad de obras grandiosas, el hablar de la propia debilidad, de alma pequeña, de confianza y de abandono resultaban como un aldabonazo, casi un escándalo.                                

Unas páginas como las de los evangelios

Era aquella una cultura religiosa, la del tiempo de Teresa, traspasada por una idea de un Dios terrible, que hoy no logramos comprender cómo pudo salir ese monstruo, de libros tan idílicos como los evangelios. La nueva visión de Dios que presentaba Teresa iba a chocar frontalmente con aquellos disparatados presupuestos. Y eso que la idea de Dios que reflejaba la famosa Historia de un alma, que la Madre Inés había pergeñado con escritos de Teresa, era un poco diferente de la obra auténtica de su hermana: los Manuscritos autobiográficos. Inés maquilló los destellos de aquellas páginas, posiblemente las más parecidas a los evangelios de Jesús.

                             El evangelio encontró una mujer a su medida

En efecto, como hoy se mantiene generalmente, ni la Madre Inés logró captar lo más hondo del mensaje de esta joven entusiasta que sin ningún estudio de Biblia se atrevía a manejar sus pasajes y a interpretarlos. Sabemos que quiso incluso hacer un comentario al Cantar de los Cantares, propósito del que la disuadió Inés. Teresa era toda una novedad, puro evangelio. Anunciaba un Dios gracia, “hésed”, diría la Biblia hebrea y corroboraría Juan. Ella también conoció ese Dios terrible del infierno. Se lo describieron en las clases de religión y en los ejercicios previos a la primera comunión. Su consecuencia inmediata fue la famosa crisis de los escrúpulos. Pero no pudieron con ella. Ella tenía un cierta química con esos libritos maravillosos o, mejor, conectaba con Jesús, que es quien pone el movimiento de belleza y de color que emanan de esas páginas exquisitas. El evangelio había encontrado una mujer a su propia medida. A Teresa le alcanzaron esas vibraciones, que resonaban en su ser femenino y romántico. Los evangelios eran su pasión, los llevaba siempre en el bolsillo, junto al corazón, desde donde se establecía una porfía de ensueño, una esgrima sagrada. El evangelio se volcaba en Teresa y Teresa se perdía en los evangelios. Los evangelios ponían ritmo al corazón de Teresa y Teresa, rostro a los evangelios. Ambos durante todo el día y toda la noche en intensa y dulce contienda, en amoroso lance.                             

Después del invierno del AT., la primavera del evangelio

Al igual que después de aquel invierno del Antiguo Testamento surgió una luz en la bella Galilea: “Tierra de Zabulón, tierra de Néptalí, la ribera del Mar. Al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles”. Ahora de aquel infierno jansenista de la Iglesia, surge la aguerrida Teresita, nueva Galilea, pequeña y dulce como aquella, con el anuncio de la bella noticia, también dirigida a los gentiles porque ella se encuentra a gusto sentada a la mesa de los pecadores, y hermana de los pequeños de la tierra. Y como la mujer de los Cantares nos advierte que ha pasado el invierno y las flores han aparecido en nuestra tierra. Prometería una lluvia de rosas. Ella será la primavera. La entrada de Teresa en la tierra presagiaba un cataclismo en el corazón, seco y encogido por aquel Dios terrible, el invierno, cuya sola mirada, petrificaba. Ella fue la repetición de aquella mensajera (Isaías lo pone en femenino), que anunciaba una nueva y bella noticia a Jerusalén, y cuyos pies de linda misionera fascinaron la mirada y cautivaron el corazón del profeta.

                             ¡Dios a la vista!

Así intitulaba un pequeño escrito Ortega y Gasset. Poco a poco a medida que Teresa iba dejando la niñez se iba dibujando en ella la percepción de un Dios nuevo. Y muy pronto su rostro y su palabra evocarían las bienaventuranzas, la pureza del corazón, la sencillez; el amor a la verdad emanaría de su ser feliz y en paz. Todo esto se encarnaba en una joven bonita de rostro y de modales. El evangelio y la naturaleza parecían ir a la par. Sus maneras de expresar estas realidades nos traen aires de la dulce Galilea. Y desde esa percepción de las bienaventuranzas va a revestir incluso al Antiguo Testamento, que después de su caminito también se puede recorrer con alegría. Es que ella había conectado con la sensibilidad de Jesús y había descubierto al Dios Abbá. Todo lo que tocaba lo convertía en evangelio, en alegre noticia, en trasparencia de lo eterno. Como los libritos de Jesús descubría que Dios estaba en las pequeñas cosas de la vida, en la confianza ilimitada en él.

                             ¡Abba!

Dicen los biblistas que Jesús se dirigió a Dios llamándole Abbá, con la ternura de un niño que todavía no sabe hablar y balbucea a la madre. Teresa a pesar de ser batalladora y aguerrida, con un temple de voluntad increíble, de acero, se relacionó con Dios con esa sensibilidad. Ella vivió su vida espiritual como una niña pequeñita ante un Dios tierno, materno. Por eso algunos protestantes se han admirado de la visión de la gracia que ella poseía, llegando hasta pensar que era la misma que ellos profesan. Lo que sí es cierto es que Teresa ha seguido en esto muy de cerca a san Pablo en su Carta a los Romanos. Ella como he dicho en otro lugar es “la gracia hecha mujer”. La interpretación de Dios Abbá y su experiencia de la gracia son el fundamento de su caminito y de ella misma. Ella ha encarnado el evangelio, lo ha gustado y le ha puesto rostro de joven mujer, y se lo ha predicado a los pequeños, aquellos que con solo mirarlos, el Padre queda prendado.

                             Thérèse.

Solo con pronunciar u oír su nombre se produce un revulsivo suave y bello en el corazón. Y la primera percepción de dulce modulación, es melodía de evangelio, anuncio de gozo y alegría. Porque Teresa lo primero que nos evoca es alegría de Dios, gozo de mañana de pascua, primavera del Cantar, aspirar sabroso, de bien y gloria lleno, cena que recrea y enamora, paz mesiánica, Jesús, bella noticia.  

                            El perfume del evangelio.  

El perfume en los evangelios prefigura las actitudes positivas del corazón que se ofrenda y derrama. Y al acercarnos a Teresa enseguida percibimos el perfume que la delata: limpieza  de corazón, ascenso a la verdad, ráfaga del Espíritu Santo, María transfigurada, ciudad de paz, canto de luz en la noche, libre de lazos, prendida en los ojos del Águila, pequeña entre los humildes de la tierra, sentada con los pecadores a su mesa, dulce evangelizadora, misionera sin descanso.

                             El evangelio y el Cantar.

Se podía hacer un precioso estudio del alma de Teresa desde las figuras femeninas del evangelio. A ella la encantaba sobre todo María Magdalena, a la que de alguna forma leía desde las vicisitudes de la mujer del Cantar. El Cantar la emocionaba porque le hacía ver el evangelio como una búsqueda y un encuentro con el Amado, al que se le agasajaba con preciosos perfumes. Para Teresa el Jesús del evangelio es el Esposo del Cantar. Y luego desde aquí ascendía al rostro de Dios. Ella sin intentarlo hacía patente lo que dice Jesús: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”.

                  ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?        

Vivió la cruz como Jesús. Su noche oscura nos recuerda la de él, el inocente que sufre por  los demás. Bebió el cáliz hasta los bordes. También ella como María en la cruz se hizo madre. Le gustaba mucho considerarse madre de los pecadores. No se explicaba tanto dolor si no era por el deseo de salvar almas. Allí sintió los dolores de parto. Se apagaba septiembre y Teresa estaba terminando de beber su copa de amargura, pero como el Siervo de Yahvé, ella no se echó a atrás. Entendió su muerte como la de Jesús, no en medio de éxtasis y delirios de gozo, sino en la noche, pero vislumbrando la aurora: ¡aquella mirada última! Al final como los de Jesús, sus ojos se iluminaron e inclinando dulcemente la cabeza, entregó el espíritu. Y empezó a vivir en el cielo y en la tierra, porque su presencia es tan viva entre nosotros que parece que no se ha ido.

    Secundino. Castro, ocd 

Documentación: Teresa de Lisieux y la originalidad cristiana. Secundino. Castro, ocd