Actitudes ante el sufrimiento 2

FOTO

EL DOLOR NOS MADURA Y NOS HACE MÁS HUMANOS.

“Pero no todos aceptan, aunque sea a regañadientes, el dolor. Unos se crispan, maldicen y patalean. Otros se refugian en la melancolía y caen en la depresión más severa. La adversidad y el dolor no deben verse como cosas tan terribles, sino como una escuela donde el aprendizaje, aunque sea duro, no se olvidará con facilidad. El dolor y la adversidad constituyen todo un espectro de contrastes en las personas. Unos, con muy poco, se desesperan. Otros, con mucho más, se crecen. El problema no está en que esas adversidades o esos dolores sean muchos o pocos, sino en cómo se afrontan. En la adversidad suele descubrirse al genio y en la prosperidad se oculta, afirmaba Horacio. No es el sufrimiento el que da valor a la Cruz, sino el amor del Hijo que el Padre acoge en solidaridad con la historia dolorosa de los hombres. No es la sangre la que salva, sino el amor que no se detiene ni siquiera ante ella” (J. A. Pagola).  

A pesar de que el sufrimiento madura, a veces el dolor apaga todas las luces y la persona se vuelve muy débil y se desmorona. Es entonces cuando tiene que echar mano de la fe, del sentido de la vida, pues como dice Nietzsche: “cuando un hombre tiene un por qué vivir, soporta cualquier cómo”. Pero con frecuencia falta fe, luz y fuerzas, y, es entonces, cuando más se necesita la ayuda de los otros, de la compasión y el cariño.  

El sufrimiento nubla y, a veces, no deja ver la luz y la esperanza, pues los que no pueden creer que haya alguien que les ama. Pero el que goza de salud, a veces no ve y no comprende al que yace inmóvil en la noche. Necesitamos unos prismáticos especiales para acercarnos a los demás, esto sólo ocurre cuando somos capaces de ver con el corazón.  

Qué grande es poder sentir el sufrimiento y el dolor de los otros. A estas personas les duele el sufrimiento de la humanidad, porque quien es sensible, no puede dormir cuando sabe que millones de personas carecen de los derechos más elementales. Recuerdo aquel poema de Roland Holst que confesaba: “A veces me es imposible conciliar el sueño por las noches, pensando en los sufrimientos de los hombres”.    

Cuando no se es capaz de aceptar el dolor, es bueno ofrecérselo al Señor.  

“Dios mío, te ofrezco mi dolor… ¡Es todo lo que puedo yo ofrecerte! Tú me diste un amor, un solo amor. ¡Un gran amor! Me lo robó la muerte …y no me queda más que mi dolor. Acéptalo, Señor: es todo lo que puedo ya ofrecerte!” (Amado Nervo).  

Voces ante el sufrimiento  

En la catedral de Reims hay un ángel realmente singular: despedazado, destruido, surcado por cicatrices y heridas. Con el paso del tiempo se ha quedado sin una de sus alas. Pero lo sorprendente de este ángel es que, pese a todas las lesiones, sonríe al que lo mira.  

No es fácil sonreír y manejar el dolor. Algunos lo disimulan no lo dan importancia, al menos exteriormente. Otros gozan contando sus achaques y exagerándolos. Pocos lo aceptan de verdad y se enfrentan a él con paz y serenidad. Los que se hacen amigos de aquello que les recuerda que están vivos, suelen comprender a los que sufren.  

Cuando nos acercamos al otro debemos hacerlo con gran respeto, casi como en adoración, sabiendo que el que sufre es hermano y en él está muy presente Jesús. No es fácil tampoco ponerse en el lugar del otro y tratar de comprenderlo y ayudarlo, pues bastante lleva cada persona con sus problemas.  

Muchos son los sentimientos y actitudes ante el sufrimiento y la muerte de cualquier persona. Sentimiento y actitudes que nos hacen proferir voces de indignación, voces fatalistas, voces religiosas y voces de sabiduría popular. De ellas habla Arnaldo Pangrazzi en su libro ¿Por qué a mí?  Veámoslas por separado.  

Las voces de indignación se hacen muchas preguntas: ¿por qué ahora?, ¿por qué a mí? … Siempre el momento de la desgracia es inoportuno. Y la indignación o culpa recae sobre uno mismo o sobre Dios.  

Las voces fatalistas achacan al destino los acontecimientos trágicos. Hay algunas expresiones que se refieren a este grupo como: ¡Era el destino!; hemos nacido para sufrir; me persigue la desgracia; Dios lo ha querido así… Este destino puede ser un destino ciego o la maldad de prójimo, o bien, quienes consideran que el destino de cada uno está previamente marcado por Dios.  

Las voces religiosas son expresiones de las distintas imágenes de Dios que tienen los seres humanos. A Dios podemos verlo como juez, como perseguidor, como educador, como dispensador de favores, como olvidado, como amigo, como Padre. La imagen de Dios como Padre habla de confianza, abandono, bondad, providencia. Es la confianza en el padre lo que llena de paz y serenidad el corazón del ser humano.  

Las voces de la sabiduría popular. La sabiduría popular nos ofrece expresiones y frases en torno al sufrimiento. Estas frases gravitan en torno al tema de responsabilidad personal como factor causante del sufrimiento, o proceden de la conciencia de la propia fragilidad y mortalidad, o en torno al misterio de las potencialidades escondidas en el sufrimiento, o derivan de confrontarse con los demás para reconsiderar la propia aflicción y abrirse al prójimo.  

Cada frase hay que comprenderla en el contexto de la historia, la personalidad y los recursos del individuo. Muchas expresiones que parecen una acusación contra Dios pueden ser formas de oración. El corazón herido necesita tiempo para curar. ¿Dónde acudir en los momentos de dolor y dificultad, cuando la tierra tiembla y la casa se derrumba, cuando la razón no tiene razones y el corazón se seca?  

EUSEBIO GÓMEZ NAVARRO, O.C.D  

¿POR QUÉ A MÍ?  ¿POR QUÉ AHORA? Y ¿POR QUÉ NO? SENTIDO DEL SUFRIMIENTO 

Documentación: II. ACTITUDES ANTE EL SUFRIMIENTO. EL DOLOR NOS MADURA Y NOS HACE MÁS HUMANOS.