LA TRANSVERBERACIÓN DE LA MADRE TERESA

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  Daniel de Pablo Maroto. Carmelita Descalzo. “La Santa 

El día 26 de agosto se celebra en el Carmen descalzo, con mayor o menor solemnidad litúrgica, la fiesta de la Transverberación de santa Teresa. La palabra es un tecnicismo en la Teología espiritual e indica un fenómeno, una gracia mística que la Santa recibió posiblemente en más de una ocasión y que ella describe con muchos detalles.            

Tuvo una visión de un ángel que, con un “dardo de oro largo [...] me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas [...]. Me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios”. El hecho produce dos sentimientos contrarios. Por una parte, un “dolor” grande, pero con “excesiva suavidad”. “No es dolor corporal -dice-, sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto” (Vida, 29, 13).            

El “fenómeno”, aparentemente somatizado, es una experiencia que acontece en lo interior, en el fondo del alma, es “un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios”, y  que, para entenderlo, es necesario tener la misma experiencia. Se trata de una purificación de los afectos desordenados del corazón humano para que Teresa ame a Dios y al prójimo con todo el corazón, con pureza de alma, sin egoísmos. Toda interpretación que se salga de ese ámbito “espiritual” traiciona el hecho objetivo experimentado por la Santa.            

Ese texto es del año 1565 y en el 1576 volvió sobre el tema y dijo que se trata de una “herida” producida por el intenso amor que Dios infunde en el corazón y el alma “como si una saeta la metiesen por el corazón” y que causa un dolor grande y sabroso, pero que “no es en el sentido, ni tampoco es llaga material, sino en lo interior del alma” (CC 54, 14)            

Esta última afirmación me parece la mejor clave de lectura para interpretar el hecho. Hacerlo desde otros presupuestos, como la psicología o el psicoanálisis, sin conocer el entramado misterioso de las experiencias místicas, es profanar los hechos objetivos. Según esto, hay que descartar que el famoso dardo del ángel hiciese una herida física en el corazón, como se ha interpretado con mucha frecuencia, más desde la devoción que desde las ciencias del espíritu. Hubiera sido un milagro permanente durante más de veinte años, además, innecesario.            

Este acontecimiento místico, descrito por Teresa como un hermoso símbolo plástico de la purificación del amor humano egoísta, ha sido interpretado como una manifestación del erotismo y con referencia al ejercicio de la sexualidad. Se han fijado en la descripción parcial de la Santa y, sobre todo, en la espléndida Transverberación, pieza barroca que Bernini esculpió en mármol blanco y que se encuentra en la capilla Cornaro de la iglesia de Santa María de la Victoria en Roma. Analistas del profundo y algunos diletantes han visto en su expresión extática una excitación orgásmica.           

No sé cuál sería la intención del artista Gian Lorenzo Bernini cuando esculpió la imagen de la Santa extasiada, el ángel sonriente que enarbola un dardo para clavarlo en el corazón, que es donde la madre Teresa siente el gozoso dolor de la herida de amor. El conjunto escultórico expresa bien, a través de la materia, la descripción que la Santa hizo en un texto de su Autobiografía. Pero no creo que tuviese in mente lo que los analistas modernos ven en esa hermosa expresión del amor humano purificado por el amor divino. He intentado demostrar en un estudio científico, con las confesiones de la Santa y de las que la conocieron que ignoraba toda referencia a la sexualidad humana.            

Tenemos, en primer lugar, la confesión de la Teresa adolescente. Cuando percibió en su corazón los primeros amoríos en relación con sus primos, dice taxativamente: “Nunca era inclinada a mucho mal, porque cosas deshonestas naturalmente las aborrecía” (Vida, 2, 6).            

Más adelante, ante el tribunal de la Inquisición de Sevilla, en torno a los años 1576-1577, confiesa: “Jamás con cosa de su espíritu tuvo cosa que no fuese toda limpia y casta” (Cuenta de conciencia 54, 24).            

En tercer lugar, lo que dicen los testigos. Ana de Jesús (Lobera), que la trató con mucha intimidad, nos recuerda un hecho que clarifica totalmente los sentimientos del alma de Teresa en este debate. Dice que “naturalmente era castísima”, y a este propósito cuenta lo siguiente. “Diciéndole una de nosotras -escribe- [sin duda ella misma] había leído que ‘los deleites espirituales despertaban alguna vez los corporales, que ¿cómo era?’, respondió: No sé, cierto; jamás me aconteció ni pensé que podía ser” (Declaración en el  Proceso de beatificación de Salamanca, 1597).            

El P. Diego de Yepes, que la conocía muy bien siendo su confesor, escribe: “Estaba tan pura que no sentía las tentaciones molestas de la carne, más que si no estuviera vestida de ella”. “En fin, fue tanta la limpieza, no sólo de su alma, sino también de su carne, que parece increíble; porque por privilegio particular vivía con ignorancia de esta pasión [...]” (Vida, libro III, cap.4, 4). Y lo mismo dice el primer  biógrafo de la Santa, el jesuita P. Francisco de Ribera, y otros muchos testigos.            

No quiero concluir estos apuntes sin hacer una referencia a la conmemoración festiva de este fenómeno místico, uno de tantos, y no el principal, y que la Santa recibió en varias ocasiones. Por eso, me extraña la importancia que se le da en la liturgia y no a otros “fenómenos” bastante más importantes y decisivos en su vida.            

Por recordar algunos, me referiré a la gracia mística de la conversión “definitiva” en torno a la fiesta de Pentecostés posiblemente el año 1556, cuando contaba ella 41 años de edad. Fue obra del Espíritu Santo, como narra ella en el capítulo 24 de su Autobiografía. Esa conversión es un milagro espiritual con signo visible y cambio del corazón incluido, una sanación radical de la tendencia afectiva para amar con libertad, sin apegos egoístas. Tampoco podemos olvidar la “primera conversión” ante “un Cristo muy llagado”, del capítulo 9, que marca el principio del fin de una existencia vivida en tibieza espiritual, con el corazón partido entre el amor a Cristo y a sus amistades en La Encarnación. Sucedió, posiblemente, dos años antes, en 1554, cuando ella contaba con 39 años de edad. Y, entre las dos cronologías, el fenómeno que estoy comentando.            

Otras experiencias místicas más importantes que la Transverberación, son las visiones de Cristo en su Humanidad y su hermosura de Resucitado que equilibró definitivamente su afectividad desbordada; las hablas proféticas que se cumplen, a veces palabras de consuelo y aliento, de corrección, de iluminación interior y enseñanza como de Cristo, “Maestro interior”. Más importantes también son las experiencias de Dios como suma Verdad, origen de todas las verdades del mundo; de Dios Uno y Trino; del Espíritu Santo cohabitante en su alma, que le hace vivir su propio “Pentecostés” (Vida, 38, 9-11).            

Cualquiera de estas “gracias” o dones del Espíritu Santo, y otras muchas que narra en sus escritos, es superior a los “fenómenos” místicos con referencia corporal, como es el de la Transverberación que comentamos. Ninguno de ellos tiene una mención especial en la liturgia de la Iglesia católica ni de la orden del Carmen descalzo.            

Esto no significa que el fenómeno de la Transverberación no tenga importancia en el desarrollo de la vida espiritual porque es una hermosa visualización de que el amor humano, aun el tibio o el más sórdido, puede ser purificado por la gracia del Resucitado y por el Espíritu Santo que nos ha enviado. Y en un día como éste podemos gozar de nuestra fiesta litúrgica.  

Documentación: LA TRANSVERBERACIÓN DE LA MADRE TERESA