PONTE A LA PUERTA DE LA CUEVA: Elías

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ASIENTA TU VIDA JUNTO A LA FUENTE DE LA CONFIANZA EN DIOS

Buscando hoy cuatro palabras que nazcan de este momento actual de  mi vida han resonado fuerte estas: Esconderse, postrarse, desandar y ponerse a la puerta de la cueva... Quieren nacer como palabras que hablen de vida y a la vida se dirigen, no quieren ser palabras oxidadas, que se lleva el viento de la rutina. Elías es compañero de camino en este viaje.  

♦ Escóndete 1 Re 17, 3  

Era una noche lluviosa de un mes de junio, creo recordar, y todo quedó a oscuras, una oscuridad casi bíblica, sobrecogedora. Habíamos salido a la terraza desde donde se divisaba en la lejanía toda la Tierra Santa, la tierra de Jesús. Aquella noche, cuando se apagó la luz, quedé sumido en un silencio infantil, escondido entre las sábanas sin apenas atreverme a cambiar de postura. Aquel lugar en el que vivía un solo fraile se llamaba “El Sacrificio”, su nombre rememora el lugar donde Elías venció a los profetas de Baal. Aquella noche, casi terrible, en la esquina de un mundo desconocido para mí, experimenté, de alguna forma, la soledad en la que Elías, antiguo morador de aquellos parajes, descubrió a Yahvé, y creyó en Él con pasión y desafiando a los que habían renunciado a mirarle a los ojos.  

Estuve allí apenas un día, como escondido, queriendo reconocer los pasos de Elías... para dejar que los suyos dieran a los míos algo de certidumbre.  

Escóndete... resonaba en aquel lugar como una invitación a retirarse para encontrar otra forma de sentir. Invitación a recuperar ese lugar que has perdido queriendo contentar a otros, queriendo vivir en el aplauso de otros. De ahí siempre se deduce la tristeza. Escóndete de las miradas de ‘otros’ y asienta tu tienda junto a una fuente. En el caso de Elías esa fuente es el Torrente Querit, pero más que un manantial concreto, Elías bebe en las fuentes de la confianza, se deja en Yahvé, acepta ser cuidado por Él.  

Es Yahvé mismo quien le ha dicho que se esconda, para guardar la fuerza del corazón y la mirada entera. Dios mismo prepara a su profeta junto a una fuente para que pueda ponerse en pie más adelante.  

Esconderse es una actitud eminentemente contemplativa, muy sospechosa para quienes viven ‘desde fuera’, sin descender a las fuentes de su Amor, a mirarse en ese espejo en el que la vida recupera verdad.  

Escóndete, rompe tu afán de justificarte con actividad, con eficacia, con éxito. Escóndete de tener la respuesta adecuada a los problemas que se te plantean, escóndete de ser aquel que resuelve bien los conflictos, escóndete de resultar amable a la mayoría, escóndete de responder a la imagen que se espera de ti...  

Si Él te pide que te escondas es para que vuelvas a escuchar el sonido del agua que cae a la fuente, no sea que hayas olvidado cómo suena libre tu silencio y tu voz, sin empresarios, sin ciegas sumisiones...  

Escóndete Elías, para que Dios pueda hacer resonar su voz a través de tu corazón disponible, no miedoso, no sentado en tu capacidad, o tus logros, sino en Su confianza.  

Escóndete y espera... escóndete y escucha... escóndete y deja que se cure tu prisa y tu falta de alegría.  

Escóndete... que aún no me eres imprescindible. Yo te diré cuándo... sin tardar mucho. Espera.  

♦ Póstrate (inclinarse a tierra) 1 Re 18, 42              

Renunciar a que las cosas discurran como yo imagino o como yo desearía, supone entrar en esa actitud, nada común entre hombres y mujeres religiosos, de disponibilidad a lo nuevo, a lo no reconocido, a lo no nombrado. Aceptar cada mañana (cada instante) dejarse reconducir por una sabiduría mayor que mis planes, es una de las más difíciles tareas del creyente.  

No es extraño que el buscador de Dios, cansado de tanto desconcierto y de tanto no saber, endurezca su cerviz, sus oídos... La vida se quema en peleas inútiles y no descubre lo que nace a su alrededor, en la tierra que pisa: el Dios que sale al paso en cada encuentro.  

La tierra recibirá tu frente contra el suelo y te recordará lo que eres: tierra que recibe lluvia, que está sedienta de agua, del torrente de Yahvé, el Dios vivo. Rompe tus cadenas; libera tu respiración entrecortada y ven a respirar aire limpio; atrévete a subir aquí a la montaña, conmigo, en mi soledad... Para adorar, para reconocer que hay una mirada posible más allá de tantas heridas, de tantos aparentes fracasos, de tantas aparentes pérdidas. Adorar es reconocer que no dominas todo, que la sorpresa está más allá de ti mismo. Póstrate, cae en silencio en tierra, sin el abrigo y la defensa de palabras disfrazadas, para reconocer que su poder y su grandeza son mayores que todas tus miserias. Porque la adoración nace de reconocer que yo no puedo todo.  

Pero, atravesando este grueso muro de mi afán de dominar cuanto esté a mi alcance, de calcular cada paso... un más allá, como un regalo, me aguarda.    

♦ Desanda 1 Re 19, 7  

Desanda el camino por el desierto. El camino que otro tiempo anduvieron tus padres y que tienes que estrenar por ti. Vuelve sobre tus pasos, sobre lo que pretendes conocer de mí, y deja que te muestre mi nuevo rostro. Elías, tú sufres porque aún no has desandado el camino que te lleva a olvidar el Dios que conoces, para abrirte al que se te quiere manifestar de forma sorprendente.  

Desanda: desaprende lo que crees conocer de Él. Tarea clave en nuestro afán por nombrar el misterio, por nombrar nuestra propia vida... Desnuda tu piel para sentir sin evitar desconciertos. Lava tus cuencos para que el alimento que hoy recibas tenga el sabor de sólo lo que hoy es.  

Desandar significa volver al estado primitivo cuando no teníamos miedo de perder lo cosechado, porque entonces no había un solo grano y la única riqueza era la esperanza de lo que nos pudiera ser dado. Desanda el camino hacia la sencillez, simplifica la vida... rompe tu afán de acumular en todos los sentidos.  

No aprisiones ni siquiera la idea que tienes de Dios, porque eso tampoco es Él. Has de volver a beber esa agua que mana limpia y que te hace vivir desde Su seguridad, que te hace gritar ¡VIDA!, aunque duela el corazón, aunque las ganas de tirar la toalla inunden tu alma.  

Has de volver, sí, al lugar donde el rostro de Dios aparece tal cual es, sin máscaras, sin escondites, al lugar donde Él quiere mostrarte que te ama, que está contigo, que no te abandona en ningún momento del camino. Besará tu barro con la delicadeza de un niño. Comprende que el camino siempre, siempre es superior a tus fuerzas.  

Desanda, Elías, las sendas gastadas, los caminos que no conducen a la vida, a la alegría, a la paz, a la libertad de espíritu. Devuelve las flores que cogiste por el camino, para poder oler las que hoy se te abrirán. Desanda hacia Horeb, el monte de la experiencia de Dios vivo, que se mostrará como Él quiere. Déjale que te sorprenda, que juegue como un niño a ver tu cara desconcertada y sobrecogida, estremecida y enamorada de nuevo.  

♦ Sal y ponte a la puerta de la cueva 1 Re 19, 11  

Volver no es fácil, lo sabes. El camino parece endurecerse contra ti y todo alrededor se alía para impedir que avances. Sin embargo, nunca falta la mano del que puede más que tú, a pesar de tus dudas, a pesar de tus miedos...  

Horeb es volver a quedarse al aire ante lo desconocido. El riesgo es de nuevo tu vida, y en él está el gozo de quien siente que su vida es mirada con ternura por Otro más fuerte que le protege. Expón tu vida ante lo que yo quiero mostrarte... No tengas miedo. A la puerta de la cueva has de permanecer de pie, vigilante, para que nadie, con miedos y amenazas, te arrebate tu verdad, la que Alguien te devuelve hoy hecha de nuevo aire fresco que empapa tus pulmones de libertad. Una seguridad vuelve a invadir tu espíritu: Él viene, viene, viene siempre...  

No olvides, Elías, que ahora tu Dios está en la desnudez y el vacío, en el riesgo de ser tú mismo, en el encuentro constante con Tu fuente, y, confiando en él has de esperar, como diría Juan de la Cruz, “en desnudez y vacío... que no tardará su bien”...  

Ojalá sepamos escondernos, postrarnos, desandar y ponernos a la puerta de la cueva para adorar al Dios vivo que está siempre esperando, al Dios que llora nuestras penas por la noche y nos concede un nuevo día para volver a intentar la aventura de estar vivos. La vuelta a casa exige ponerte en pie… comienza un camino por estrenar... y un Dios por redescubrir, dejándole ser Tu Dios.