Dios se esconde

FOTO

EL POR QUÉ DEL SUFRIMIENTO Y EL SILENCIO DE DIOS

Un niño preguntó a un escultor: “Señor, ¿cómo sabía que había un león en el mármol?”. El escultor contestó: “Porque antes de ver al león en el mármol, lo había visto en mi corazón”. Y en efecto así es. Dios está dentro de cada ser humano. Dios está cerca de cada uno, pero en algunos momentos no le sentimos y su presencia pasa desapercibida.

Sabemos que en toda relación hay momentos de intimidad y momentos de distanciamiento y esto mismo nos pasa con Dios. El Señor ha escondido su rostro al pueblo… pero yo esperaré en él, pues en él tengo puesta mi esperanza (Is 8,17).

El Salmista se quejaba con frecuencia de la aparente ausencia de Dios: Dios mío, ¿por qué te quedas tan lejos? ¿Por qué te escondes de mí cuando más te necesito?”. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Lejos estás para salvarme, lejos de mis palabras de lamentos”; “¿Por qué me has rechazado?”. Camino del Norte al Sur y no lo encuentro, no te veo. Por supuesto, Dios no había dejado a David, como tampoco nos deja a nosotros. Varias veces ha prometido: “Nunca te dejaré ni te abandonaré”. Pero lo que Dios nunca promete es que siempre vayamos a sentir su presencia. En efecto, Dios a veces nos oculta su rostro. Para madurar nuestra amistad y crecer en comunión con Dios, él nos probará y nos sentiremos abandonados y olvidados. Dios parecerá estar muy lejos de nuestra vida.

Henri Nouwen lo llamó “el ministerio de la ausencia”. W. Astó lo llamó “el ministerio de la noche”. Otros lo llamaron “el invierno del corazón”.

San Juan de la Cruz se refirió a esos días de distanciamiento de Dios, como “la oscura noche del alma”. Los místicos también han experimentado el silencio de Dios. Después de haberlo encontrado sienten que está lejos y el que es toda luz permite las oscuridades más profundas. San Juan de la Cruz expresa admirablemente el silencio de Dios con aquellos versos inmortales:   “¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste, habiéndome herido; salí tras ti clamando, y eras ido”.  

Y Él parece que se ausenta por días, semanas, meses, años y sentimos que la oración no hace nada y no consigue ningún cambio. Por más que se ora, por más que se lee y se escucha la Palabra, por más que se busca al Señor, el corazón queda frío como una piedra, no se siente nada. Cuando Dios parece distante, puedes sentir que está enojado contigo. Sí, Dios quiere que sientas su presencia, pero prefiere que confíes en él, aunque no lo sientas.

A Dios le agrada la fe. Eso nos reveló Jesús. Y en momentos de oscuridad es bueno recordar: “Nunca dudes en la oscuridad de lo que Dios te dijo en la luz” (V. Raymond Edman). Confía en que Dios cumplirá sus promesas.

Gracias a que confiaba en la Palabra de Dios, Job pudo mantenerse fiel, aunque nada parecía tener sentido. Su fe era fuerte en medio del dolor: “Dios podrá matarme, pero todavía confiare en él”.

P. Arrupe tomó contacto con la miseria social y las situaciones injustas. Se encontró con el dolor terrible de la miseria y el abandono, viudas cargadas de hijos, enfermos que mendigaban la caridad y niños maltratados y abandonados… Aunque Dios no aparecía a simple vista, estaba escondido, en todo momento sintió a Dios cercano. “Sentí a Dios tan cerca en sus milagros que me arrastró violentamente detrás de sí. Y lo vi tan cerca de los que sufren, de los que lloran, de los que naufragan en la vida de desamparo, que se encendió en mí el deseo ardiente de imitarlo en esta voluntaria proximidad a los desechos del mundo, que la sociedad desprecia porque ni siquiera sospecha que hay un alma vibrando bajo tanto dolor”.

El abate Bournisien, de una novela de Flaubert, dice al Dr. Bovary, roto de dolor por la muerte de su mujer: “Es preciso someterse sin rechistar a los designios de Dios, e incluso darle las gracias”; a lo que Charles Bovary no puede evitar responder: “¡Detesto a tu Dios!”.

A muchas personas piadosas se les podría aplicar lo que dice Job a sus amigos: que son unos “médicos matasanos” (Jb13,4), es decir, una personas que, cuando intentan consolar, logran precisamente lo contrario.

El sencillo aguador de una comedia de Bertolt Brecht atribuye las inundaciones de su provincia a que allí no reina temor alguno de Dios. “Lo que simplemente ha ocurrido es que se ha derrumbado la presa”, responde otro.

Cuando hablamos de cualquier sufrimiento es bueno saber en qué terreno nos movemos; por ejemplo, cuando lo hacemos de la enfermedad, no podemos afirmar que es Dios quien hace enfermar a nadie, ya que Dios no origina las enfermedades.

En una de las primeras obras de Cela, una madre tuberculosa se despide de su hijo con estas palabras: “Sé muy bueno, que Dios te proteja y que jamás –se lo pido por lo más santo– te rompa las venitas de los pulmones”.

Algo parecido podríamos afirmar en cuanto a los desastres naturales. En el siglo XX, a ningún sismólogo se le ocurrirá afirmar que Dios decidió una mañana sacudir la tierra, aunque algunos creyentes lo afirman presentando a un Dios sádico con expresiones como: “Dios hace sufrir a los que ama”, o la más popular de “Dios aprieta, pero no ahoga”. “Semejante ‘dios’ –dice Fourez– sería un verdadero neurótico, y lo mejor que podría hacerse por él es recomendarle un buen psicoanalista”.

Rabia, dolor, tristeza, impotencia es lo que sentimos ante cualquier muerte por accidente. ¿Qué hacer, qué decir? Únicamente callar, orar y hacer todo lo posible porque los familiares y amigos de los fallecidos y los corazones de todas las personas de bien tengan un poco consuelo que, en muchos momentos, resulta imposible. Aunque a veces cueste ver a Dios, él está ahí con una presencia especial.

Lo verdaderamente importante, es saber qué hacer ante el mal, sobre todo ante la injusticia que se puede evitar. ¿Hay que cruzarse de brazos? ¿Hay que seguir clavado en la cruz? Ante el mal no podemos cruzarnos de brazos, aunque a veces tenemos que seguir clavados, ya que no depende de nosotros. Es un misterio que, por ahora, no podemos descifrar. Sólo llegamos a barruntar que Dios calla y es importante el aprender a saber callar.

¿Y quién tiene la culpa?

Érase una vez un hombre como los demás. Un hombre normal. Tenía cualidades positivas y negativas. No era diferente. Una noche, llamaron a su puerta. Cuando abrió, encontró a sus enemigos. Eran varios y habían venido juntos. Sus enemigos le ataron las manos. Después le dijeron que era mejor así. Y se fueron, dejando un guardián en la puerta para que nadie pudiera desatarle…Y cuando su guardián le señalaba que, gracias a aquella noche en que entraron a atarle, él, el hombre de las manos atadas, no podía hacer nada malo (no le señalaba que tampoco podía hacer algo bueno), el hombre empezó a creer que era mejor vivir con las manos atadas. Además, estaba tan acostumbrado a las ligaduras… Pasaron muchos años, muchísimos años. Un día, sus amigos sorprendieron al guardián, entraron a la casa y rompieron las ligaduras que ataban las manos del hombre. “Ya eres libre”, le dijeron. Pero habían llegado demasiado tarde. Las manos del hombre estaban totalmente atrofiadas.

Las causas del sufrimiento son múltiples: nuestra condición humana, el mal uso de la libertad, etc. ¿Quién tiene la culpa de los males? Con frecuencia culpamos a Dios de todo; pero la respuesta no es sencilla: nos han atado las manos, el alma, los vuelos y, es posible, que la culpa la tengan los otros, la sociedad, la familia; pero no cabe, duda, que cada uno puede hacer mucho por romper lazos y ataduras.

En general podemos afirmar que Dios no quiere el mal, pero sin embargo lo permite porque sabe que es una consecuencia inevitable de la creación del hombre. Dios podría hacer milagros y evitarlo. Jesús podía haber curado a todos los enfermos, haber evitado las catástrofes…¿Por qué Jesús realizó sólo unos pocos milagros? En realidad, en nuestra mentalidad, el recurso habitual al milagro sería el arreglo de todas nuestras desgracias, pero ignoramos que nos ataría las manos y nos privaría de nuestra responsabilidad.

Un Dios –escribía Nietzsche– que en el momento oportuno corta el resfriado, o induce a uno a subir al coche en el momento preciso en que empieza a llover a cántaros, debería antojarse un Dios tan absurdo que, si existiese, habría que abolirlo”. Y sin embargo muchos son los que piensan y añoran un Dios así.

Incluso hoy seguimos preguntándonos, ¿por qué Dios no evita milagrosamente los sufrimientos más insoportables? Dios, habitualmente no recurre al milagro. Deja que las cosas sigan su curso. No se mete en lo que es competencia del ser humano. Las cosas son como son, no dependen de nuestro antojo, y, a veces salimos perjudicados. Hay muchas personas que no logran entender por qué Dios consiente que tantos inocentes sufran, o por qué media humanidad pasa hambre.

Es claro que Dios no tiene la culpa de todo lo que se nos antoja que no va bien en este mundo. Es muy cómodo echarle la culpa a Él, estando la solución en nuestras manos.

Son los hombres –decía C. S. Lewis–, y no Dios, quienes han producido los instrumentos de tortura, los látigos, la esclavitud, los cañones, las bayonetas y las bombas. Debido a la avaricia o a la estupidez humana, y no a causa de la mezquindad de la naturaleza, sufrimos pobreza y agotador trabajo”.

Dios no tiene la culpa de que este mundo sea como es, Él no es un Dios tapa agujeros. Los pueblos primitivos creían en un Dios castigador. Hoy, muchas personas se mantienen en esta misma creencia, echándole la culpa a Dios de todos los males cuando la mayor parte de los sufrimientos provienen de los hombres. Lo que se reprocha a Dios es, las más de las veces, un acto de los hombres contra otros hombres y también contra Dios. El éxito y el fracaso, el placer y el sufrimiento, la alegría y el dolor la libertad y el mal, son aspectos inseparables de una misma realidad, como la cara y la cruz de una moneda.

Dios no tiene nada que ver con nuestras imprudencias y locuras. Quien se da a la bebida poco a poco se intoxica. El médico se lo ha advertido a tiempo, pero no lo han escuchado y, precisamente, por seguir bebiendo, llegará un día en que el hígado dejará de funcionar. Entonces surgen las preguntas: ¿Qué le he podido yo hacer a Dios? A Dios nada, pero sí a tu cuerpo que has envenenado día a día. Podemos hacer mucho por mejorar el mundo; podemos, como hombres y mujeres con responsabilidad moral, convertirnos en protagonistas, no en meros objetos o víctimas del drama de la vida. Pero no hay respuesta adecuada para todos los interrogantes.

A pesar de todas las explicaciones, el ser humano sigue preguntándose, si a Dios le importa tanto el sufrimiento de las personas,

¿cómo no hace algo por evitarlo?

Las respuestas apuntan hacia nosotros. Y una vez más lo diremos: Dios actúa a través nuestro. El bien o el mal del mundo está en nuestras manos. Dios ha hecho todo, nos ha creado a nosotros y nos ha dado las herramientas necesarias para no enfermar, para curar, para sanar. Nos ha dado la inteligencia para poder dirigir y controlar todo lo creado. “Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla”, dijo a la humanidad (Gn 1,28).

Ahora el ser humano es libre para escoger el bien o el mal, el amor o el odio. Somos libres y desde el amor tendríamos que servir a los demás (Ga 5,13).

Quizá la definitiva respuesta está en estas sencillas palabras de P. Lippert: “¡Señor Dios! Ya veo lo que tengo que hacer y me espanta la tarea: Tengo que hacerte bueno”.

EUSEBIO GÓMEZ NAVARRO, O.C.D    

¿POR QUÉ A MÍ?  ¿POR QUÉ AHORA? Y ¿POR QUÉ NO? SENTIDO DEL SUFRIMIENTO

 

Documentación: Dios se esconde