El Dios de vida en una realidad de muerte

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EL POR QUÉ DEL SUFRIMIENTO Y EL SILENCIO DE DIOS

En la sección “El teólogo” del popular semanario italiano Famiglia Cristiana, donde los lectores escriben para plantear sus preguntas al teólogo, se lee: “En la producción televisiva Wisenthal, algunos hebreos deportados al campo de concentración pronunciaban una frase terrible: ‘Denunciamos a Dios por su ausencia’. En efecto, ¿cómo podemos creer en un Dios providente y justo después de los campos de concentración? El mal lo cometieron los hombres que, por libre albedrío, torturaron y mataron a millones de criaturas, es verdad, pero ¿dónde estaba Dios? Los deportados (hebreos y cristianos) ¿cómo podían sentirse hijos de Dios, amados por el Padre? ¿Cómo podían creer en un plan providencial, cuando en su derredor solo veían brutalidad, violencia, en una palabra: el mal? O negamos la Providencia o debemos acusarla” (C. Molari).  

Hoy nos preocupa más la vida que la muerte, el cómo vivir más que el cómo morir, ya que la muerte ha desaparecido de nuestra vida, se la ignora, se la disimula, se la disfraza. Pero lo más trágico de todo es que si la muerte no tiene sentido, tampoco la vida lo tiene.

A pesar de que en los países ricos la vida se alarga, sin embargo, en los pueblos en desarrollo la muerte madruga, debido al hambre y las tremendas injusticias. Es necesario recordar los gritos y lamentos de tantos rostros sufrientes y desfigurados que, desde el olvido y el maltrato, piden justicia y amor. Y, en esta situación, G. Gutiérrez plantea ¿de qué modo podemos hablar de un Dios que se revela como amor en una realidad marcada por la pobreza y la opresión? ¿Cómo anunciar al Dios de la vida a personas que sufren una muerte prematura e injusta? ¿Cómo reconocer el don gratuito de su amor y su justicia a partir del sufrimiento del inocente? ¿Con qué lenguaje decir a cuantos no son considerados personas que son hijas e hijos de Dios?

Estas preguntas nos introducen de lleno en el dolor del hombre africano, por ejemplo. África es uno de los continentes más pobres y olvidados. ¿La culpa la tiene Dios? La pregunta según Desmond Tutu no es ¿por qué existe el sufrimiento en el universo de un Dios bueno y omnipotente?, sino:

¿Por qué hemos sufrido tanto en el universo de tal Dios?  

Sabemos que no podemos comprender el misterio del dolor, pero mucho menos en el caso del inocente. Escribía Pascal: “Si se considera solo la perfección de Dios, el hombre cae en la desesperación, y si se considera solo al hombre nos precipitamos en el orgullo; sólo si consideramos a Cristo, a la vez Dios y Hombre, podemos mirar lealmente toda nuestra debilidad y nuestra miseria en el horizonte de un amor misericordioso y lleno de esperanza”.  

¿Habrá una segunda oportunidad? ¿Habrá alguna solución? Creemos que sí. “Frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. (…) Una nueva utopía de la vida, donde nadie puede decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y posible la felicidad y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra” (G. Garcia Márquez).

Dios se encarna en Cristo, pero también se encarna en los cristianos. Lo curioso es que en muchas naciones cristianas no se ve palpable el amor de Dios porque reina la injusticia, el hambre y la guerra. Será la Iglesia la que tendrá que hacer presente a Dios, a Cristo, por su testimonio de vida. Esto es lo que pretendió Chiara Lubich cuando inició una experiencia de amor con un grupo de compañeras en la ciudad de Trento destruida por la segunda guerra mundial al sentir y experimentar que Dios es amor. Apenas lo comprendieron, no pudieron por menos que acogerlo, amarlo y dar testimonio de él. Y he aquí un requisito indispensable: encarnarlo en uno mismo.  

“Dios está presente, no se ha ido de nuestras vidas. En los momentos más trágicos, ahí está él, con las manos atadas por el odio de los seres humanos. Dios está presente en el mundo siempre y solo como creador; las demás modalidades de la presencia divina, por el contrario, dependen de las criaturas. Como amor, misericordia, ofrecimiento vital, Dios está presente solo donde criaturas amantes, misericordiosas, vivientes, hacen eficaz su acción creadora a nivel humano. Frente a los campos de concentración la pregunta de rigor no es “¿Dónde estaba Dios?”, sino “¿Dónde estaba el hombre?”.  

En los campos de concentración Dios estaba presente solo donde los hombres misericordiosos expresaron solidaridad y perdón, donde santos continuaron amando de modo absoluto y sin reservas. Donde el fraile conventual Maximiliano Kolbe se ofreció en sustitución de un condenado a muerte, Dios se hizo presente en medio de la desolación del odio y de la desesperación. Han sido muchos los que han redimido los campos de concentración alemanes y han posibilitado el nuevo florecimiento de la libertad. La vida es un don tan grande que puede soportar a veces incluso el sufrimiento de muchos para que todos lleguen a poseerla. Pero esto supone que donde están en acción impulsos de muerte, hombres vivos aceptan ser transparencia de Dios” (C. Molari).  

A lo largo de la Historia Bíblica, Dios en Moisés y con él, libró a su pueblo; en los Profetas y con ellos reprendió y anunció su palabra al pueblo; en Jesús y con Él, nos dijo que lo que hacemos a alguien, a Él se lo hacemos.  cosas.  

EUSEBIO GÓMEZ NAVARRO, O.C.D    

¿POR QUÉ A MÍ?  ¿POR QUÉ AHORA? Y ¿POR QUÉ NO? SENTIDO DEL SUFRIMIENTO

 

Documentación: El Dios de vida en una realidad de muerte