PAN, UVAS Y SOL

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DIOS ME HABÍA REGALADO SENTIRME POBRE Y NECESITADO.

Hace unos años, estando de peregrino en Francia, iba camino de un santuario de la Virgen, y me encontré durmiendo en un portal, con mucho frío. Había llovido y tenía la ropa mojada. Aquella noche pensé, durante horas interminables, en la comodidad de  una cama y el calor de una manta. Soñaba que alguien aparecería y me invitaría a pasar a su casa para descansar, pero nadie se dirigió a mí, nadie me habló.  

Llegó la mañana y tiritaba; me puse a dar vueltas a una iglesia intentando entrar en calor. En una panadería cercana me dieron un pan, y al lado del camino encontré uvas, aquel pan y aquellas uvas me supieron como el mejor de los banquetes, pero lo que me llegó a emocionar más que todo fue la salida del sol. Nunca como ese día he agradecido el calor del sol.  

Yo todos los días tengo pan, y algo de fruta en mi mesa, y todos los días sale el sol, o casi todos… Pero ese día, unas uvas, un pan y el sol fueron el mejor de los regalos, un regalo que no se paga con dinero ¿por qué? Porque Dios me había regalado sentirme pobre y necesitado.  

He comprendido que todos nosotros somos seres afortunados, multimillonarios de cosas que no siempre sabemos valorar. Es como si estuviéramos incapacitados para disfrutar de las cosas más simples. Tal vez porque no somos pobres, porque estamos saturados de cosas, de ambiciones, porque no tenemos las manos vacías para acoger y los ojos limpios como los niños para ver la maravilla.