EN SILENCIO CON MARÍA

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SÁBADO SANTO 

En este día la Iglesia nos invita a contemplar la sepultura de Jesús y a permanecer en la espera con María. Es un día de silencio, pero con una característica única. Es un silencio que lleva a la esperanza. Y para adentrarnos en él no encontraremos mejor mano que nos guíe que la de María.  

En este día suelo pasearme cada año por la huerta, por el mismo lugar por donde camino otros días. Es sencillo percatarse de una novedad. Todo está envuelto en un silencio especial. La creación entera anhela ser renovada. Hoy Cristo ha sido depositado en el sepulcro y la tierra ha recibido en sus entrañas a aquel que un día vio la luz saliendo de las entrañas virginales de María. Hoy Cristo es retirado de nuestra vista, y solo los ojos de la fe nos permitirán adentrarnos en este misterio.  

Paseo pidiendo a María que me preste esos ojos, pues son los de una fe firme, que no tiembla, y que ya en aquel primer sábado santo de la historia se mantenían abiertos y expectantes, como quien sabe que lo más inesperado tiene que suceder. Cuando las posibilidades humanas se agotan, llega el tiempo de rendirse totalmente al Señor. María en el Misterio de la Sepultura de Cristo agota ya todas las posibilidades humanas de estar físicamente unida a su Hijo.  

En María encontramos la roca firme que no tiembla porque confía en Dios. Ella, en medio del silencio de Dios y la ausencia de su Hijo, confía en que el Padre sigue adelante con su Obra amorosa de Salvación. Y así es. Mientras María vive esta soledad, Cristo está descendiendo a los infiernos para liberar a los justos y abrir las puertas del abismo.  

¿Cuántas veces pensamos: Dios calla, se ha olvidado de mí? Hoy, María nos propone vivir en nosotros su fe del Sábado Santo. Cristo está en el lugar donde solo puede estar Él. María no puede acompañarle. Él es quien salva. María aguarda, PERMANECE abierta a que Dios revele, haga, disponga… aun en el aparente silencio.  

Nosotros creemos que Dios calla… pero mientras tanto, DIOS ESTÁ OBRANDO EN LUGARES y de forma que ni nos imaginamos (situaciones, personas, nuestra alma, en nuestra debilidad concreta, en nuestro pecado, en lo que no conocemos de nosotros mismos…). ¿Podrías haber imaginado tú que Cristo descendería al infierno para tomar de la mano a aquellos que esperaban ser rescatados? ¿Crees que los discípulos pensaban aquel sábado santo que Cristo estaba en el infierno? Ellos que se lamentaban por todo lo que había ocurrido y sucumbían a la tristeza y la desesperanza. Hoy María te dice a ti como les dijo a ellos entonces: ¡espera en el Señor, ten ánimo, sé valiente, espera en el Señor!  

Te invito a que vivas en esa espera pasiva y confiada, abandonando en las Manos de Dios lo que hoy vives y no puedes cambiar. Deja que Cristo llegue y resucite en esa situación. Practica la confianza y déjate llenar de la PAZ y de la serenidad que son frutos del abandono.      

Mª Sión de la Trinidad, Clarisa de la comunidad de Belorado-Derio

Publicado en la Revista ORAR 261