EL ROSTRO RECLINÉ SOBRE EL AMADO

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MARTES SANTO 

Es de noche... Aunque la luz de la luna invade las calles de Jerusalén, la oscuridad se cierne en algunos corazones, robándoles la esperanza de un perdón reconfortante y liberador. Es de noche, oscura noche, para el pobre Judas, que no ha sabido leer ni interpretar el gesto de Jesús para con él. Judas recibe de manos del propio Cristo el pan untado, su propia carne como alimento de reconciliación y misericordia. Pero Judas no saborea ese delicioso manjar. Deja que la débil llama de esperanza, que posiblemente aún albergaba en su corazón, se le apague, ahogada por la garra heladora de Satanás. Es de noche, la hora del poder de las tinieblas. Pero por muy poco tiempo...  

Y sigue siendo noche oscura para tantos hermanos/hermanas nuestros que viven en medio de la desesperación por no saber encontrar una luz que ilumine sus vidas, o por no tener a nadie a su lado que les ayude a levantar los ojos y ver que en medio de esa oscuridad se esconde la Luz que ilumina todo corazón. Es de noche para tantos enfermos que sufren día a día el dolor de una enfermedad que lentamente va minando sus fuerzas, sin tener nadie a su lado que los lleve a Aquél que “soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores”.  

Es de noche para tantos padres y madres de familia que sufren a diario las consecuencias de una riqueza tan mal repartida; que con dificultad pueden alimentar a sus hijos o se ven, de un día para otro en la calle, desahuciados porque no pueden pagar el alquiler, porque los “fuertes y poderosos” quieren hacerse ricos, todavía más ricos a costa de la pobreza o incluso miseria de tanta gente sin nombre, pero que para Dios “sus nombres están escritos, grabados en la palma de su mano”.  

Es de noche para tantas mujeres que sufren violencia en sus hogares... o hijos que sufren por la desunión de sus padres y las consecuencias que ello conlleva.  

¡Cuántas noches hay en el mundo! Solo Dios las ve todas y las sufre, y se conmueve profundamente, y sufre en silencio, y llora por cada hombre, mujer, niño/niña, joven, anciano/ anciana que vive en medio de la oscuridad del dolor. Y espera que, como el discípulo amado, también nosotros reclinemos nuestro rostro sobre su pecho, y descarguemos allí todas nuestras lágrimas. “Miraros ha Él con unos ojos tan hermosos y piadosos, llenos de lágrimas, y olvidará sus dolores por consolar los vuestros, solo porque os vais vos con Él a consolar y volváis la cabeza a mirarle” (Santa Teresa, CV 26,5).  

No nos dejemos llevar por la desconfianza, por una desesperanza sin razón alguna y sin sentido. El pecho de Jesús está abierto para acoger nuestras congojas, nuestras preguntas a tanto dolor que vemos, ajeno y propio. El pecho de Jesús es tienda para el encuentro con Él y con el hermano/ hermana; su pecho es fuente de misericordia, que espera derramarse a raudales sobre nuestros corazones. “Puesto que sabemos esto, dichosos nosotros si lo ponemos en práctica”.      

Pilar, Carmelita Descalza de la Comunidad de Oviedo 

Publicado en la Revista ORAR 261