EL PERFUME DE BETANIA: FRAGANCIA A JESÚS

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LUNES SANTO 

La fiesta de la Pascua está ya cerca. Tan solo seis días faltan para celebrar y conmemorar ese paso de Dios por la historia de salvación del pueblo de Israel.  

Jesús sabe muy bien que su hora se acerca, que está próximo el momento de su glorificación, de pasar de este mundo al Padre.  

Y como si se tratara de una despedida, se dirige a Betania, a la casa de sus fieles amigos María, Marta y Lázaro, el que hace unos días fue resucitado por el propio Jesús. Y es que Betania es un lugar de descanso, de acogida, de escucha, de amistad y alegría para Jesús.  

Allí le sirven una cena. Lázaro comparte la mesa con Cristo, come y bebe con Él, gozándose y experimentando la fuerza de su revivir. Marta, sirve. Ahora ya no tan agobiada, sino con la alegría sencilla de saberse una “humilde sierva que solo hace lo que debe”. Y María, su inseparable hermana, porque “Marta y María han de andar siempre juntas”, se abaja, se humilla delante de Jesús y le unge los pies con un perfume de nardo, auténtico y costoso, y los limpia con sus propios cabellos. “No hay dama que así le haga rendir como la humildad (...) Y creed que quien más tuviere, más le tendrá, y quien menos, menos; porque no puedo entender cómo haya ni pueda haber humildad sin amor, ni amor sin humildad; ni es posible estar estas dos virtudes sin gran desasimiento de todo lo criado” (Santa Teresa, CE 24,2).  

El amor y adoración que María siente por Jesús le hace humillarse, le hace ser una fiel discípula del Maestro. “Pues si yo, el Maestro y Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13,14-15).  

Ungir los pies, es perdonar y recibir el perdón; es olvidar todo aquello que guardamos en nuestro corazón de odios, de rencores muchas veces anquilosados y difíciles de arrancar. Ungir los pies al hermano/hermana es bendecirlo; es estar a su lado siempre que nos necesite. Ungir los pies es dar reposo a tanta gente cansada por el dolor, por el sufrimiento propio o ajeno, por la enfermedad, por la soledad, por la depresión...  

En este año de la Misericordia, Año de Gracia, tengamos este bonito gesto con nuestro hermano/hermana, con aquel que es nuestro prójimo, con toda la gente que se acerque a nuestras vidas y toque las puertas de nuestro corazón. No seamos egoístas y derramemos, sin miedo, el aceite perfumado que día a día Jesús nos va regalando, por medio de nuestra amistad con Él, fraguada por tantos momentos de soledad sonora; en medio de una música callada, pero también en medio del ajetreo diario de la vida.  

Solo así, la casa que es la Iglesia, se llenará de la fragancia del perfume, FRAGANCIA DE JESÚS, y todos los que nos rodean podrán “correr detrás del aroma de Cristo”       

Pilar, Carmelita Descalza de la Comunidad de Oviedo 

Publicado en la Revista ORAR 261