PALABRAS DE JESÚS EN LA CRUZ

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EL DÍA DE VIERNES SANTO

Siete palabras desde la Cruz. Siete palabras, las últimas de Jesús, llenas de vida y dadoras de vida en plenitud. Recorrerlas despacio, orarlas, puede ayudarnos a vivir al compás de los últimos latidos de la vida de Jesús. Si para escuchar a Jesús tenemos que mirarle, mucho más para escucharle decir estas cosas. Así, con los ojos abiertos para contemplar el amor, nos acercamos a Jesús y le escuchamos. 
 
 
“PADRE, PERDÓNALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN” (Lc 23,34).  
 
Estás en la cruz. Estás roto, asfixiado, sin vida...
pero Tú sigues perdonando, como siempre.
¡Qué lenguaje tan desconocido!
Te hemos hecho de todo, te hemos matado,
pero no te ha brotado la fuente de los odios,
solo te nace esplendente la fuente del amor. 
Eres incomprensible, Jesús, amigo.
Testigo de la pasión del Padre por la humanidad,
¿te nace de El esa fuente inagotable de perdón?
Nunca fue el odio una de tus armas,
quisiste vencer el mal a fuerza de bien,
saliste a vencer al enemigo con amor.
Tu palabra fue siempre de perdón.
Y ahora, que el odio se hace denso contra ti,
¡en tus labios se derrama la gracia!
Dices que no saben… Nos sorprende.
¡Vaya si sabemos hacer daño!
Pero tú dices que no sabemos lo que es el amor.
Sí, no sabemos lo mucho que nos quieres. 
Nos quedamos sin palabras ante ti.
Te miramos dialogando con el Padre.
¡Cómo es posible tanta ternura, tanto amor!
Gracias por tu perdón y por los que perdonan.
Enséñanos a perdonar, como Tú nos perdonas. 
 
“YO TE ASEGURO: HOY ESTARÁS CONMIGO
EN EL PARAÍSO” (Lc 23,43). 
 
Estás en la cruz. Expulsado de la tierra de los vivos, 
todavía hay sitio en tu corazón para los otros,
compartes cruz con los crucificados de la tierra.
Tu casa fue siempre casa abierta,
lugar de comunión y de acogida.
Ahora, al final, un criminal te roba el corazón,
lo hace con su mirada suplicante,  
y Tú lo acaricias con tu voz, lo consuelan tus acentos.
A tus pies está tu Madre y te diriges a este hijo pródigo.
El abandono de Dios te ahoga y hablas del Paraíso.
Tus ojos están a oscuras y oteas la luz eterna.
¡Corazón de misericordia infinita!
¡Cómo pudo ver un ladrón, en tus despojos,
la belleza de tu amor!
¡Cómo entendió las cosas escondidas a los sabios!
Un día, pastores marginados vinieron a cantarte,
hoy, un ladrón crucificado, te ofrece su amistad.
¿Y qué más quieres Tú, sino que alguien te abra 
para poner en él tus palabras de gracia?  
¿Te diremos con él: “Acuérdate de nosotros”?
¿Pondremos también en ti los ojos?
¿Sabremos que ningún perdido está perdido para Ti?
Señor, Jesús, nunca es tarde para mirarte.
Nunca es tarde para confiar en ti y acoger tu mano.
Si te miramos ya no estamos solos.
Nos has enamorado y cautivado.
No sabemos vivir sin Ti.
¡Tanto nos das! 
 
“MUJER, AHÍ TIENES A TU HIJO.
HIJO, AHÍ TIENES A TU MADRE”(Jn 19,26). 
 
Estás en la cruz. Estás sin ropa, sin nada,
pero Tú sigues cuidando de los tuyos.
Todo Tú eres un dolor, una herida inmensa,
pero te conmueve el llanto de tu Madre,
te duele ver a tu amigo a la intemperie,
sin nadie que cuide su pequeñez amenazada.
En la cuna y en la cruz, siempre tu Madre,
abierta al dolor y al amor, abierta a Ti. 
Inclinas tus ojos y abres espacios de confianza.
Miras y ves en tu Madre el dolor de quien ama.
La miras y la miras. ¡La has mirado tanto!
Tu mirada se encuentra con la suya.
Miras a tu amigo, a todos los amigos del camino.
Deseas que María siga cantando sus canciones,
las que a Ti te enseñó mientras crecías.
Cuando nos veas, pobres como somos, dile a María:
“Mujer, ahí tienes a tus hijos”.
Cuando nos veas, pobres como somos, dinos:
“Ahí tenéis a vuestra Madre”.
Gracias, Señor, por el regalo de tu Madre.
Gracias, Señor, por el regalo de la Iglesia Madre.
Ella nos acompaña en el camino
hasta ponernos, con un amén en los labios,
en las manos del Padre. 
 
“DIOS MÍO, DIOS MÍO,
¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?” (Mt 27,36). 
 
Estás en la cruz.
El amor ha hecho de Ti un abandonado.
Se acerca la muerte, te ves impotente, desgarrado.
La vida se te esconde en el dolor.  
Y en medio de esta noche tan oscura,
en este vacío inmenso de tu corazón,
Tú insistes en orar. ¿Cómo es posible?
Eres capaz de orar desde la angustia.
La noche no interrumpe tu voz de amor al Padre,
puede más en ti la luz que las tinieblas. 
Con tu porqué en la noche te acercas a los nuestros,
a tantos porqués que se oyen en los caminos:
¿Por qué la muerte? ¿Por qué el odio? ¿Por qué?
¿Por qué el hambre? ¿Por qué la guerra? ¿Por qué?
Nunca como ahora vemos que eres de los nuestros.
¿Por qué le preguntas al Padre?
Tú sabes que El sufre contigo una pasión de amor.
Se esconde el hombre y se esconde Dios.
Sufre el hombre y sufre Dios.
Muere el hombre y muere Dios.
Todo se queda a oscuras, a la espera,
de que en el ser humano brille la gloria de Dios.
Tú te has atrevido a gritar un porqué,
un porqué creyente y confiado.
Así nos has abierto tu pecho.
Así nos has abierto el corazón del Padre.
Enséñanos a confiar en toda noche.
Que en medio de todas nuestras noches
sepamos que la fuente de tu amor sigue manando. 
 
“¡TENGO SED!” (Jn 19,28). 
 
Estás en la cruz. Sediento con la sed de la tierra. 
Tu paladar, seco como una teja,
tu lengua pegada a la garganta.
Tienes sed de vida y de agua para todos.
En tu grito está la sed de todos.
¿Quién te ha hecho tan sediento? ¿El amor?
¿Cómo es posible arriesgar tanto?
Por nosotros sufres esta sed,
Tú que eres manantial inagotable.
La sed te ha acompañado toda la vida.
Un día te sentaste junto a un pozo
y pediste agua a una mujer.
En el templo soñaste con manantiales inagotables.
Tenías sed del Padre y lo buscabas en la intimidad,  
sed de los perdidos y los buscabas por los caminos,
sed de eucaristía y partiste tu pan en una mesa,
sed de una nueva humanidad y hablaste del Reino.
Tenías sed de amor, eso era todo.
Tu grito de ahora condensa toda tu sed.
Sucumbes para que seamos salvados.
Mueres para que vivamos.
Tienes sed de nuestro amor.
¿Qué te podemos decir en este día?
Te diremos gracias y estaremos contigo.
No hemos encontrado razón más poderosa
que amarte sin medida.
Que nuestra presencia calme tu sed.
Que nuestra solidaridad y nuestra justicia
salgan al encuentro del hambre de los pueblos.
Danos tu sed. Danos tu amor.
Guardamos en la memoria tu ternura.
No queremos hacer otra cosa que alabarte. 
 
“TODO ESTÁ CUMPLIDO” (Jn 19,30). 
 
Estás en la cruz. Estás terminado, derrotado.
Está todo cumplido. Sí, Señor, es el fin.
Es la tarde tu vida, el fin de tus luchas y fatigas.
Es la tarde, pero hay en ella sembrado mucho amor,  
el lenguaje que todo el mundo entiende.
Tu vida va desapareciendo, escondiéndose
como el grano de trigo que cae en tierra.
La puerta de la vida está a punto de abrirse,
la semilla sembrada ya quiere asomarse en la tierra,
ya puede soplar el viento impetuoso de la gracia.
Tú que invitaste a no volver la vista atrás,
sigues ahora fiel hasta el final del camino.
Podías haber sido un triunfador,
pero dejaste los caminos fáciles.
Pisaste terrenos antes nunca recorridos,
pusiste tus ojos en lo nunca antes visto.
Abriste para nosotros caminos de vida.
Recibiste una misión apasionante, viviste para ella.
En ti se cumple lo que es ser personas de verdad.
En tu cuerpo fracasado está la victoria más bella.
Enséñanos a recorrer los caminos de la gratuidad.
¿Qué podremos nosotros decir a la tarde de la vida?
Concédenos cumplir, como Tú cumpliste todo.
Permítenos llevar a plenitud nuestra vida.
En tu amén al Padre no hay final, todo comienza.  
Tu locura de amor por nosotros continúa.
Gracias, Jesús. Amén.
 
“PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO
MI ESPÍRITU” (Lc 23,46).
 
Estás en la cruz. Estás muriendo,
pero aprovechas el hilito de voz que te queda
para decirle al Padre que lo quieres.
Pones ante El tu vida rota por el amor,
derrochada a manos llenas para todos,
para que el Padre, como alfarero, te resucite.
Todo lo devuelves a quien todo te lo dio.
Lo que Tú llevaste en el corazón
ahora lo pones confiado
en las manos de un Padre-Madre
que te acoge con ternura.
Todo es luz y gracia al amparo del corazón de Dios.
Al final de tus días eres lo que el Padre te quiere.
Al final solo te queda decir que todo es gracia.
Va a comenzar la hora del Espíritu,
van a brotar por doquier los dones, las canciones.  
¡Gloria y honor a ti, Señor Jesús!
Te colmaba decir Padre en cada recodo del camino
y ahora, al final, lo vuelves a decir con emoción.
El perfume de tu cuerpo roto se esparce por el mundo.
Sin aliento en tus pulmones, eres Vida.
Con los pies destrozados para caminar, eres Camino.
Con la palabra rota en la garganta, eres Verdad.
Tu historia de amor nos ha engendrado.
En ti está nuestro llanto, nuestra muerte,
en nosotros está tu alegría, tu vida para siempre.  
Encomienda nuestras vidas a las manos del Padre.
Estamos hoy ante Ti, arrodillados bajo tu cruz.
Besamos tus pies de vocero infatigable de Evangelio.
Abrazamos tu cruz, Señor del amor eterno.
Ten piedad de nosotros. Acógenos en tu amor.
¡Oh buen Jesús! Amén.

Documentación: PALABRAS DE JESÚS EN LA CRUZ EL DÍA DE VIERNES SANTO