Ceniza es recuerdo de todo lo que se ha quemado por amor

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La ceniza sugiere que la más alta dignidad de un ser humano es su capacidad de gastarse

Una niña de cuatro años, estaba hace una semana en misa en nuestra iglesia con sus padres. Durante la misa le dispara a su padre: “papá, ¿por qué a misa sólo vienen viejos y nosotros?” Buena pregunta, sorprendente en una niña de cuatro añitos.

Es verdad que lo añejo, lo antiguo no tiene por qué tener el moho de lo caducado. Pero sobrevuela nuestra imagen de Iglesia un cuervo de oscuro plumaje amenazando dar a todos nuestros actos, liturgias, palabras un aire de rancio sabor, como de ceniza sin ascuas...

Y yo, como vosotros, me sigo preguntando por el ascua...que otro tiempo me quemaba... y no niego que ahora me siga calentando.

La Cuaresma comienza con un gesto entrañable, sí, he dicho entrañable: LA CENIZA.

No, no es que los cristianos seamos masocas, jugando a echar ceniza sobre todo lo que brilla y arde para no arriesgarnos a disfrutar de la luz en la frente de otros... No, la ceniza es recuerdo de todo lo que se ha quemado por amor, recuerdo de los que no se guardaron intactos para pudrirse mirándose el ombligo.

La ceniza sugiere que la más alta dignidad de un ser humano es su capacidad de gastarse, consumirse inútilmente amando... como se pueda o se sepa. Quemarse, sí, quemarse y arder. El problema es conservarse y no arder.

Me conmovía la ceniza en el pelo de los ancianos... se confundía con el color de su pelo, contrastaba, sin embargo, en el pelo de otros de colores nítidos... Se apagan los colores... ¡ojalá nunca el ascua, la ilusión que arde dentro, como la zarza que sin consumirse arde! también en nuestro pecho, en nuestra frente.

Otro día de la semana pasada descubrí que mi amiga tenía en su pelo negro una solitaria cana, un pelo blanco... como un recuerdo de hacia dónde nos va la vida. Yo, desde pequeñín, tengo un mechón blanco casi invisible en una parte de mi pelo... Siempre invitándome a despertar.

De esos viejos de los que hablaba la niña de cuatro años, en los que la ceniza se confunde y encierra un ascua que arde, me recordaron esta semana que en muchas vidas lo que inevitablemente se va convirtiendo en ceniza, en vida gastada, cansancio y dolor entregado o padecido, enfermedad que desmorona la estabilidad, en algunos, todo eso es UNA PROVOCACIÓN A VIVIR.

Ella, soltera toda su vida, misionera seglar unos años en América, ahora tiene más de 80 y está llena de vitalidad... nunca quiso tener sueldo. Cuidaba enfermos, cosía, y sólo aceptaba lo que necesitaba para vivir, nada más. vivió siempre confiada en providencia. Cuando le dieron una ridícula pensión, lloró pensando que Dios no la consideraba con la suficiente confianza. Cuando me lo cuenta miro su pelo color ceniza y  me digo, ¡qué dignidad!

Él, algo más de 90; mientras me habla es tal su entusiasmo que me escupe al expresarse, sin darse cuenta. Me mira fijamente y llora, porque dice que quiere mucho a Jesús, y vuelve a llorar. Me agarra la mano, me la besa... y me da las gracias. ¡Qué gracia! me digo yo, me da las gracias él, sin saber que me ha cambiado el color ceniza de mi alma ese día, en arco iris. Y me quedo pensando, ¡qué pasión de vida!

En los dos, ¡qué provocación a la vida!

Todo esto lo expresaba tan bellamente Tagore:

Nadie es eterno, hermano, y nada pervive. Recuerda esto, y alégrate.
No es nuestra vida la sola carga añosa, nuestro sendero no es el único camino largo.
Ningún poeta tiene el deber de cantar la antigua canción.
La flor se marchita y muere; pero el que la lleva no ha de llorarla siempre...
Hermano, recuerda esto, y alégrate.
No podemos, en un punto, abrazar las cosas, hacerlas pedazos y echarlas al polvo.
Las horas pasan lijeras, con los sueños bajo el manto.
La vida, sin fin para el trabajo y el hastío, solo nos da un día para el amor.
Hermano, recuerda esto, y alégrate.
(Tagore, El Jardinero)  

Os invito a los que esto leéis a ser provocadores de VIDA: DESCARADA Y TIERNAMENTE...