Ceniza y brote

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En carnaval disfrazar a toda la iglesia de brote

En lo sombrío de muchas de nuestras iglesias y catedrales late escondido un mundo luminoso.   Hay dos formas de ver la vida y el sentido de la ceniza:  

1. Sombríamente: vida gris, triste, recuerdo del morir con pánico y dolor. Disfrutar es pecado. ¡Cuidado!  

2. Positivamente: somos barro y ceniza. Pintar de colorines los tonos grises de la vida de los que tenemos cerca, los contornos desdibujados de tantos que tenemos cerca. De los que están desenfocados. Sabiduría de un pelo canoso. Yo me apunto a esta segunda forma de vivir y sentir la ceniza con la que se inauguran los ‘rigores’ cuaresmales.  

Pero antes de adentrarnos en la Cuaresma no debemos pasar por alto el Carnaval: fiesta de máscaras y disfraces...  

He pedido sugerencias para mi disfraz de este año... Alguien, queriendo sugerir algo nuevo, me ha dicho, disfrázate de brote. Siento que no lo ha pensado mucho, pero me ha sugerido algo lleno de simbolismo.  

La verdad es que lo voy a tener difícil para encontrar el traje, y que se sepa de qué voy vestido. Me vestiré de un brote minúsculo, y para no paganizar mi alegría, me propondré que sea verdad mi traje, que se me contagie mi elección.  

He pensado disfrazar a toda la iglesia de brote. Cambiar el negro o rojo, o púrpura, por el color verde vivo de los brotes en la primavera, antes de pedir a todas las comunidades, cabildos, cristianos de base, creyentes... que me dejen probarles el traje me disfrazaré también de niño y pediré a todos que me dejen jugar con todos ellos a soñar que somos todos un brote, o muchos brotes de plantas aún desconocidas.

Luego les diré que para disfrazarnos de brote no tenemos tela, que hay que ser brote con los que uno es. No valen postizos. Tiene que ser un disfraz de autenticidad. Y que todo el mundo sepa que la Iglesia se une al carnaval, que laicos, obispos, papas, creyentes todos se han disfrazado, son brote de algo que está naciendo. La gente sabrá que la primavera otra vez está llegando a la Iglesia de Jesús, otra vez, ¡claro que sí!