Cuatro mujeres en busca de silencio

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Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma.

Hacía mucho tiempo que habíamos planeado vivir un fin de semana en silencio en un monasterio. Casi el día anterior a nuestra partida, nos avisaron de que había nevado y la prudencia aconsejaba no ir. Y nos quedamos sin ir.

Desde entonces (ya han pasado varios años) el anhelo ha ido creciendo aunque las circunstancias han hecho que el tiempo transcurriera sin encontrar el momento de tener aquella experiencia soñada.

Por fin, logramos poner una fecha en que podríamos tenerla y elegimos un lugar: la hospedería de las hermanas clarisas en Castil de Lences. Y seguimos ocupadas en los mil quehaceres diarios. Cuando te ponen al alcance de la mano algo tan hermoso, necesitas invitar a otras personas a las que crees que aquello también les puede hacer bien, pero finalmente fuimos solo cuatro mujeres las llamadas a vivirlo.

Un viernes de adviento, a la hora del ángelus, una amiga me esperaba a la salida del trabajo. Juntas hicimos el camino hasta Castil. Un poco antes que nosotras ya habían salido las otras dos compañeras con las que íbamos a compartir aquella experiencia.

Al llegar a Castil, nos recibió el rostro alegre de una de ellas saludando desde una de las ventanas de la hospedería. Abrazos de bienvenida y primera comida fraterna, acompañadas del capellán de las hermanas, un sacerdote africano.

Por la tarde nos fuimos a dar un paseo en silencio hasta una ladera cercana que conserva las marcas del agua que ha rezumado por ella durante muchos muchos años... En el camino: la vegetación, un árbol seco junto a una piedra en la que se puede leer: “Manantiales del páramo, bendecid al Señor ahora y siempre”, una cruz, un ángel guardián y en lo alto de la ladera, la imagen de la virgen de Manalagua. Mi curiosidad hizo que me acercara cuanto pude y descubriera que la imagen era de la Virgen de Lourdes, la advocación más querida para mí. Al regresar, el atardecer nos regaló unos tonos rojos muy hermosos, decidimos “perder el tiempo” contemplando el espectáculo hasta que aquellos tonos rojizos se disolvieron en el cielo de Castil. Las cosas hermosas o se contemplan mientras duran o desaparecen sin ser vistas. Castil es una preciosidad, parece sacado de algún belén; las casas de piedra, muy cuidadas, flores en cualquier rincón, y el agua recorriendo el pueblo como la sangre recorre nuestro cuerpo: UN HERMOSO LUGAR.

A la hora de vísperas, dos de nosotras fuimos a la iglesia, nos sentamos en silencio. Cuando llegó el capellán nos invitó a entrar en el coro con las hermanas; REGALAZO INMENSO, el Santísimo expuesto en un pequeño altar y las últimas rosas del jardín ofreciendo su último suspiro de vida junto a Él.

Habíamos hecho el propósito de hacer las comidas en silencio pero una de nosotras nos hizo notar que lo que el capellán necesitaba no era precisamente silencio sino ese compartir fraterno tan grato del que habitualmente no podía disfrutar y rompimos el silencio para abrirnos al hermano.

A la mañana siguiente llegaba un carmelita a hablarnos del silencio, amigo entrañable con nombre de arcángel. El marco era incomparable: una salita presidida por la familia de Nazaret, unos sofás en círculo alrededor de una pequeña mesita, una ventana a su derecha con unos visillos hechos a mano, los levantamos, necesitábamos toda la luz...

Una cita: Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma. (“Dichos de luz y amor” 104; cfr.; Juan de la Cruz)

La luz: Mientras nos habló de los ruidos, entraba con suavidad por la ventana. Cuando dejó el guión y nos habló del silencio desde el corazón todo su rostro estaba iluminado por los rayos del sol...

Un dejo: El deseo inmenso de vivir el Silencio del que nos hablaba...

Cuando aquel compartir fraterno terminó, los cinco nos fuimos a la capilla situada en la parte más alta de la hospedería. Sentados en bancos diferentes con el hambre atroz de Silencio que aquel compartir había despertado en todos nosotros, nos quedamos inmóviles, en absoluto silencio, ignoro cuanto tiempo pasó, recuerdo que me dolió el que aquello terminara cuando algunos se levantaron para ir a compartir con las hermanas.  

En mí, una fuerte llamada: “quédate” y el deseo de quedar bien con los que habían salido de la capilla... Como tantas veces, pudo más mi ego y salí para acompañarles, pero al abrir la puerta de la calle para cruzar el patio la lluvia era abundante y yo andaba en zapatillas y sin ropa de abrigo; creo que esas circunstancias fueron una segunda llamada: “quédate” y me quedé.

Subí de nuevo a la capilla y me senté en uno de los bancos, cerré los ojos... Al principio algún sonido, recuerdo el de un mosca en la ventana... Luego, NADA, NADA...

Ignoro el tiempo que pasó, hace mucho que no llevo reloj y vivo a la buena de Dios. Cuando “desperté” pensé que había estado dormida pero mi cuerpo no había cambiado en absoluto de posición, sin esfuerzo, sin placidez, sin NADA...

Celebramos la Eucaristía en el mismo lugar, preciosísimo lugar. Compartimos un feliz comida fraterna y despedimos a nuestro amigo carmelita...

Hubo muchas cosas hermosas aquel fin de semana, muchas...

Desde entonces hay en mí como un silencioso rumor, como una alegría en los adentros que brota tan silenciosamente como el agua del manantial y como en Castil, ese agua me recorre toda entera y hace brotar en mí el deseo de salpicaros...

Una mujer que encontró lo que nunca se atrevió a soñar...