MARIA DE NAZARET, MAESTRA DE LA TERNURA (HÉSED).

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Aquel día Miryam empezó a comprender que Dios tenía otro rostro...

Nunca pudo imaginarse Lucas, cuando redactaba el precioso pasaje de la anunciación, que ese relato sería uno de los textos más leídos e idílicos de la humanidad; y mucho menos, que su contenido iba a ser objeto de incontables experiencias, de interminables elucubraciones y apasionadas controversias. El relato terminaría siendo el punto inicial de un cambio de época. Quién podría imaginar que una narración tan dulce, casi como un cuento para niños, iba a dar principio a un mundo nuevo y derrumbar a pedazos todo el pasado de la humanidad.                                  

SENTIDO DEL RELATO             

Independientemente de las múltiples interpretaciones, el relato sólo quiere manifestar que en el vientre y en el corazón de la joven Miryam ese día sucedieron cosas que exceden el poder de lo humano, y que Dios volvió a ejercer su función exclusiva de creador. El Dios del Éxodo, el Terror o el Protector de Isaac y el Fuerte de Jacob confiaba sus secretos mejor guardados a una chiquilla. Dos cosas sucedieron aquel día en el corazón de esta joven, a la que ya siempre de generación en generación se la proclamará bienaventurada: que las esperanzas de Israel llegaban a su cumplimiento y que ella había estado siempre en la plenitud del amor de Dios. Es por eso, por lo que para Dios su nombre no era Miryam como se la denominaba en la aldea, ni la Creyente como la llamará un día Isabel, ni siquiera la Virgen como la proclamaba el evangelista, ni muchos menos la Esclava como se llamaba ella a sí misma; de ahora en adelante se llamará Kejaritomene, la amada de Yahweh (La Siempre Llena de Gracia).

AQUEL DÍA MIRYAM CAYÓ EN LA CUENTA  

Aquel día Miryam empezó a comprender que Dios tenía otro rostro, el que ella desde siempre tenía en sus entrañas dibujado, y que se diferenciaba bastante del que le presentaban en la sinagoga. Aunque recordaba que algunas veces allí se habían referido a algunos momentos de la historia salvífica, en que Dios se mostraba sumamente tierno. Pero esa ternura se perdía en la intrincada maraña de la Ley y de los ritos. Incluso el Dios liberador del Éxodo había quedado maniatado entre aquellas cuerdas de incontables normas y costumbres. Pero Miryam recordaba ahora una palabra, que había oído allí y que definía o expresaba lo más interior de  Dios y que de alguna manera lo retrataba. Esa palabra mágica era “hésed”.           

LA “HÉSED” DE DIOS   

¿Qué es la “hésed” de Dios? El vocablo hebreo en cuestión no tiene equivalencia en nuestras lenguas modernas. La Septuaginta (traducción griega) lo traduce por misericordia. Puede ser traducido también por gracia, fidelidad, bondad, amor fiel. “Hésed” es una fuerza que hace sólida la alianza, fuerte y duradera. En los Salmos y en los textos litúrgicos es frecuente escuchar: “Guarda la alianza y la Hésed”.  Aparece en ocasiones solemnes: Ex 34,6: “Yahweh, Yahweh, Dios benigno y misericordioso, lento para la ira y rico en ‘hésed’ y ´émeth’ ”.            

“Hésed” es aquello que permite a Yahweh ser siempre fiel a sí mismo. Es a esta “hésed” a quien todo miembro de la alianza puede siempre apelar. Se extiende más allá de la alianza, cuando ésta falla, aún queda la “hésed”: “Te desposaré para siempre por medio de  la justicia, del juicio, de la ‘hésed’ y de la misericordia” ( Os 2,21; cf. Jr 3,12). “Con gran ternura (rahamim) te reuniré... y con ‘hésed’ eterna tendré compasión de ti” (Is 54,7-8).  

La “hésed” no pocas veces invade el campo de la “rahamim”, la misericordia, que implica el abajarse de Dios hacia el hombre. La hésed muchas veces se traduce por gracia, uno de los términos más bellos del cristianismo, que en hebreo se dice propiamente “hen”, raíz que en su forma verbal originaria significa inclinarse. Dios abajándose hacia el hombre. Supone la idea de gratuidad. La Septuaginta lo traduce por “jaris” (gracia). Se tiene la impresión de que la “hésed” es algo más profundo que la gracia. Sin embargo, en el NT prevaleció el término gracia, que asume todo ese vocabulario que se generó en torno a la “hésed”. De hecho, en hebreo, entre los nombres con que se denomina al santo, se encuentra la palabra “hasid”. “La hésed es un acto tan completamente inesperado, que varios textos la cantan como un milagro” (E. Jacob).  

LA “HESED” HASTA EL NACIMIENTO DE MARÍA   

Podemos imaginar que hasta la creación de María la “hésed” y la “hen” de Dios estaban en cierta tensión violenta. Ahora ya se pueden abrazar. Se ha encontrado para ellas un ámbito apropiado: una joven hebrea, que se convertirá por ello en “gracia plena”. El Dios de la Inmaculada es el Dios de la gracia (hésed, hen). El día de la anunciación comprendió Miryam el misterio que hasta ese momento la atormentaba. No se lo podía creer; era toda gracia (Gratia Plena).      

Y JESÚS EN PRIMERA ACTUACIÓN PÚBLICA HABLABA DE LA GRACIA   

Y Lucas en su evangelio ya no nos volverá a hablar de esta experiencia de María. Pero nos ha dejado un relato que nos obliga a preguntarnos si de alguna manera no se halla ella al fondo del mismo. Se trata de la presencia de Jesús en la sinagoga de Nazaret (4,16-30). El pasaje ha sido cuidado de forma especial por Lucas.

Cuenta el evangelista que Jesús después de haber leído al profeta Isaías y decir que ese día (hoy) se cumplía en él esa Escritura, la gente se hacía lenguas de él y quedaba asombrada de las palabras de “gracia” que salían de sus labios. Esta expresión se ha entendido hasta hace poco en el sentido de que Jesús hablaba brillantemente. Hoy algunos exegetas no aceptan este sentido. Sostienen que es más exacto traducir, que los oyentes se admiraban o quedaban asombrados de que “sólo hablara de la gracia”. Y es que Jesús suprimió en su lectura el último inciso del pasaje isaiano: “Día de la venganza de nuestro Dios” (Is 61, 2b). Y en su discurso alabará a algunos gentiles, precisamente contra los que iba el texto suprimido. Por eso la asamblea se pone en pie y decide eliminarlo despeñándolo por un precipicio que había  en el pueblo. La palabra gracia aquí en labios de Jesús evocaba la apertura a los gentiles y que Dios no vengaría los atropellos que éstos hubieran  hecho a su pueblo.  

MARÍA, MAESTRA DE JESÚS NIÑO  

Y aquí se sitúa la  referencia a María. Si bien es seguro que la experiencia central de Jesús se refiere al Dios Abbá, es decir, gracia; y que su conexión es directa con los textos de la segunda parte de Isaías y pasajes afines, repartidos por este libro, así como con los “anawim”, a los que casi es seguro que pertenecía Miryam, no lo es menos que, siguiendo la lógica de Lucas, la palabra gracia la oiría  Jesús de labios de su madre. Si él un día dirá que de la abundancia del corazón hablan los labios (Mt 12,34), qué otra palabra podría brotar de los labios de la Llena de Gracia, sino gracia. Un autor de nuestros días dice que el evangelio fue gestándose lentamente en el corazón de Jesús, “pero de manera decisiva en la silenciosa ‘habitación’… en lo oculto, donde el Padre ve [Mt 6,6]. Nuestra tesis es que el destino de proclamar la ‘basileia’ vino ya sobre Jesús en Nazaret y que allí se formó su característica y ‘originalísima’ comprensión de la basileia” (H. Schürmann).  

No resulta, pues, gratuito afirmar que en la casita de Nazaret, al calor de su madre, la Llena de Gracia, preparó Jesús su discurso inaugural en la sinagoga de su pueblo. Discurso que no fue fruto de la improvisación de un momento, sino rumiado día a día, desde aquél en que oyó a su madre hablarle por primera vez del Padre como de un Dios misericordioso en extremo (rahum we hanum), lento a la ira, y lleno de “hésed”. Y así fue cómo, al  resplandor de Miryam, la Inmaculada, ¿brotó del pecho de Jesús el Abbá?  

Y posiblemente fue esta la última palabra de Jesús en la cruz. Pero esto sería muy largo de desarrollar y lo reservamos para otra ocasión.  

 Secundino Castro Sánchez

Documentación: MARIA DE NAZARET, MAESTRA DE LA TERNURA (HÉSED).