Teresa de Lisieux, Doctora e innovadora

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El Abandono y la confianza en medio de la noche serán lo esencial de su mensaje. El abandono y la confianza nacen de la experiencia del evangelio, que ella entiende como don, gracia, Dios Padre, que nos envía a su Hijo. 

A medida que Teresa se fue introduciendo en los caminos del Espíritu, fue percibiendo más claramente su originalidad.  Dios - así lo sentía ella- le iba manifestando cómo comportarse en las diversas circunstancias. Comprendía que en ella se estaba realizando una peculiar historia de salvación. Nunca intentó seguir los pasos de ningún santo en su aspecto total. Desde muy pronto percibió que en ella se estaba realizando algo nuevo.    

Poco a poco se fue abriendo paso en su espíritu la idea de que tenía que ir a Dios de forma muy personal. Esto indudablemente le proporcionaba ciertas dudas, que no pocas circunstancias fueron aclarando. Así en unos ejercicios espirituales el director la invitará a seguir esos impulsos "nuevos" que siente. Después del Acto de Ofrenda al Amor Misericordioso, punto central de este nuevo camino, se sentía inundada de un amor de Dios nunca experimentado; era como algo que la transfiguraba, incluso percibía estos ardores físicamente. Es de las pocas veces que dirá que sintió eso que dicen los grandes santos. Fue algo que la atravesó, como una flecha; un instante más, y hubiera muerto –asegura ella- . Indudablemente se está refiriendo a la transverberación, tan admirablemente descrita por Teresa de Ávila  en Vida y en alguna Cuenta de Conciencia y Juan de la Cruz en el libro de Llama. Más tarde un sueño idílico y providencial la confirmaría en la seguridad de su camino.        

Los últimos días de su existencia ya era plenamente consciente de ser la iniciadora de una nueva forma de vivir lo cristiano. Estaba segura además de que este nuevo estilo conectaba plenamente con el evangelio. Los libros de la espiritualidad clásica la dejaban indiferente. Es cierto que a la edad de diecisiete y dieciocho años uno de los escritos que más alimentaba su espíritu eran las obras de Juan de la Cruz, principalmente Cántico y Llama; pero después ya sólo los evangelios saciaban su hambre. Conocía la espiritualidad carmelitana, pero los estados o grados de oración le decían bien poco, y mucho menos las visiones teresianas. Su locura por Jesús le producía que sólo le llenara lo que hablaba directamente de él: los cuatro Evangelios. Sabido es que los llevaba siempre consigo.        

Una vivencia así de la Palabra en aquel entonces resultaba extraña, en un siglo lleno de devociones. Por eso algún autor protestante de renombre se atrevió a decir que Teresa de Lisieux tenía alma protestante. No tenía alma luterana, su alma era de cristiana esencial, que es lo que es Teresa de Lisieux; esencia del evangelio, la gracia hecha mujer, belleza de Dios, una ráfaga del Espíritu, con aromas nuevos de Evangelio fresco, la atracción de lo cristiano. ¡Si Lutero la hubiera conocido!        

Hay que saber leer entre líneas para descubrir que Teresa, aun estando de acuerdo con el fondo del pensamiento teresiano - sanjuanista, disentía en parte de ese estilo al menos como espiritualidad adecuada para la mayaría de los cristianos. Pensaba que se podía escalar la ardua meta de la perfección de forma más sencilla, y aun siendo verdad cuanto esos magníficos maestros dicen, el conjunto de su pensamiento conduce a una forma de ser que no es el de la mayaría de los seguidores consecuentes de Jesús, aunque luego en el fondo de cada carisma se realiza cuanto estos supremos maestros enseñan.        

Teresa no entra en polémicas; sabe que hay muchos caminos y a ella se le ha revelado uno que cree el más evangélico y práctico. Veremos después que no es tan sencillo como ella se imagina y en la práctica comporta cuanto enseñan sus maestros carmelitas, pero está segura de que yendo a los núcleos y despojándoles de toda aparatosidad externa, fenómenos extraordinarios o estados permanentes de conciencia singulares, se simplifica y se vuelve a la raíz de lo evangélico. Ella ante todo es pasión por el evangelio. En sus últimos días confesaría que si hubiera sido sacerdote hubiera estudiado el hebreo y el griego para leer la Palabra en su propio idioma. Nuestro amigo evangélico diría de nuevo que Teresa gozaba de un alma protestante.        

En esto Teresa tiene razón, y su descubrimiento hay que situarlo en la línea de la genialidad, porque asume las riquezas precedentes, sustrayéndolas de las circunstancias, resituando la mística en lo más puro de la fe y de lo humano. Mística que pudiéramos denominar del subconsciente, porque la experiencia del pequeño camino será tan intensa y viva como la de la Llama de Amor Viva o de las Moradas, pero se captará normalmente en la no percepción. Mística que pudiéramos denominar transcendental, pues se sitúa en formas desconocidas por la persona. Mística que tendrá su culmen en la noche de la fe, que no fue, como normalmente se cree, la irrupción de algo nuevo en Teresa, sino el final de un proceso que se había ido lentamente gestando. Y ¿no será ésa la suprema experiencia de Dios? ¿La muerte de la imagen que nosotros nos habíamos ido construyendo con la ayuda de nuestra razón y de nuestra fe traspasada por un yo sensorial y racional?           

La noche de Teresa podría ir más allá que la noche de Juan de la Cruz. En la noche sanjuanista todavía existe Dios, aunque el que padece la noche cree que no es para él. En la de Teresa la tentación va dirigida hacia él. Lo que golpeaba a Teresa era la insinuación de que solo existiera la nada para ella. El Dios de la noche sanjuanista no es para el que la padece porque este no se considera digno, se siente en pecado. La noche que le espera es el infierno. El Dios de la noche de Teresa de Lisieux no es para el que se siente en ella porque a Dios no le interesa la persona humana, o porque según otra lectura de Teresa,  Dios no existe. Para uno es el infierno el resultado, y para otro, la noche de la nada. Miguel de Unamuno consideraba esta última más terrible que la primera. Para Teresa en su noche el fundamento de todo sería el sinsentido. En esta noche toda forma de comprensión de lo religioso quedaría aniquilada.        

Sólo el amor será capaz de romper esa duda. Pero a pesar de nieblas tan tremendas, Teresa jamás perdió la paz. En lo más profundo de su alma reinaba la serenidad más honda, la verdadera alegría; así la confianza y el amor sobrepasaban todo conocimiento. La fe se situaba en su propio lugar; adhesión a una llamada de Dios, que es el mismo que viene a nosotros y que se manifiesta en la Iglesia más allá, en su fondo, más allá del contexto social y categorial. Todo lo humano palidece y solo queda la voz desnuda de Dios nuda vox Dei.         Denominar en diminutivo a una mujer que se ha enfrentado con lo más íntimo de la religión supone o haber entendido que sólo los niños pueden creer, o no haber comprendido nada -como sucede en la mayoría de los casos- de lo que aconteció en el corazón de Teresa.

Teresa, ráfaga del Espíritu, significa el sentido que éste quiere dar a la fe de nuestro tiempo. En una palabra, en Teresa de Lisieux se refleja la expresión de la esencia de lo cristiano, que no tiene que referirse sólo a lo íntimo de la persona, sino que ha de alcanzar también las estructuras eclesiales y las formas externas de lo religioso.  

El Abandono y la confianza en medio de la noche serán lo esencial de su mensaje. El abandono y la confianza nacen de la experiencia del evangelio, que ella entiende como don, gracia, Dios Padre, que nos envía a su Hijo. Ante este don no cabe otra respuesta que la confianza. Está en la línea de Pablo, que basa su esperanza en este envío, fruto del a amor; frente a él no cabe más que la respuesta de la confianza, como se observa en la Carta a los Romanos.        

Teresa tras darse cuenta de que no puede corresponder al inmenso amor de Dios se deja en manos de Jesús. Pero el abandono no es pasividad, sino amar en cada momento, sin tener en cuenta los frutos; sólo hay que preocuparse del amor. Después de que Teresa descubre la pequeña senda (el caminito), el abandono se torna "audaz" e incluso "temerario". Se convierte en una actitud general de confianza frente a la acción de Dios.         

En 1893 Teresa se representó a sí misma en el fresco que pintó en el oratorio, bajo la forma de un ángel dormido, que estrecha en sus manos un manojo de flores y una lira. Era un símbolo precioso del abandono y de ella misma, dormida en “la noche dichosa”.

Ella, que vivió la noche mística, supo comprender los problemas del hombre moderno frente a la fe. Estuvo al tanto de que muchos intelectuales de su tiempo negaban los misterios y comprendió que tenía que sentarse con ellos a la  mesa. Después de su muerte ha acompañado a tantos y les ha guiado al camino de la luz. A esos que  viven en noches oscuras místicas, teológicas, psicológicas o de otras índoles se les ha acercado madre, hermana y novia, y los ha llevado a su Dios. Es uno de los mejores efectos de su prometida lluvia de rosas. Ella también aparece como la bella Señora de la noche:  

 EN MI NOCHE, TÚ                           
En mi noche cerrada                           
me  deslumbró tu mirada,                           
me  pudiste en la niebla,                           
y sentí  tus entrañas.                           
Tus entrañas de fuego,                           
tus pechos, en llamas,                           
tu seno, de madre,                           
tus labios, de amada.                           
La noche pasaba,                           
tú la hacías día;                           
yo en tu porfía,                           
la luna de miel,                           
y la oscuridad, mediodía.         
Secundino Castro