El lago reflejó un rostro al atardecer...

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Yo era leproso, siempre escondido y avergonzado de mi enfermedad. Había huido de casa para no contaminar a los míos y para no hacerles sentirse mal. Ahora vivía solo, demasiado solo. Solo Dios era mi amigo, y, en ocasiones, también parecía huir de mí. En Él me refugiaba como el proscrito que no sabe donde dejar caer su cuerpo en la noche. El descubrimiento de Dios no había curado el desprecio que sentía hacia mí mismo.

Había oído muchas veces hablar de aquel lago maravilloso que devolvía extraordinarias y sorprendentes imágenes a quienes se atrevían a mirarse en él los días en que no soplaba el viento y a la luz del atardecer. Un lago misteriosamente noble y verdadero.

Dicen que muchos odiaban aquel lago, porque les había devuelto imágenes incómodas y feas. Otros lo apreciaban como a su misma vida. En todos inspiraba curiosidad, respeto, y, en algunos escepticismo.

Yo siempre tuve curiosidad por mirarme en él. Ahora no tenía nada que perder, y aun así, sentía miedo, mucho miedo; miedo de aborrecerme aún más. Ya tenía impresas en mí demasiadas miradas de desprecio. Una más y no tendría fuerzas para seguir.

Un día reuní todo mi valor y fui allá. Acerqué tímidamente mi rostro inclinando todo mi cuerpo con temblor curioso y expectante, y... entonces, vi algo extraño, una imagen que no era la mía: un rostro asustado y lleno de belleza con una piel limpia. Sentí envidia de aquel rostro sereno. Duró un instante y desapareció.

Sopló entonces un viento suave, y en el viento llegaron a mí unas palabras sin voz; el viento me dijo:

- Este lago esconde un secreto maravilloso, esconde la mirada de Dios, y quien en él se mira ve reflejada su alma como es vista a la luz de Dios.

Al oír aquello me estremecí de dolor y de gozo. No quería aceptar que aquello que vi fuera mi alma.

El viento continuó susurrando:

- Sí, eres amado de Dios, no escondas tu rostro, Él te conoce y eres precioso para Él, vive.

Desde entonces ando por el mundo feliz y sin pena. Mi carne enferma fue abrazada por Él.  

Miguel Márquez, ocd de su libro “Atardecer en el Valle”