¿Reír en la derrota?

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He estado a ver a Dori... está recibiendo los ciclos de quimioterapia, y hoy no estaba muy allá... Se encuentra débil y no le acompaña el ánimo. No es sólo que la enfermedad nos fatigue físicamente, es que muchas veces se le une un desmoronamiento del ánimo.

En tantas ocasiones descubrimos que la estabilidad, la consistencia de nuestra vida se nos escurre como agua, y ya no nos sentimos nosotros mismos. Hay épocas en las que no nos reconocemos, y el dolor interno es mucho mayor que cualquier quebranto físico. ¿Qué haces tú cuando no te reconoces a ti mismo?  

Hay una lectura bíblica que recuerda la derrota de Israel y la captura del Arca de la Alianza por parte de los filisteos. Se narra en el libro primero de Samuel, capítulo cuarto. Por dos veces es derrotado el pueblo elegido. A veces, la historia sagrada es como el relato triunfal e ingenuo de un pueblo que, protegido por Dios, vence a todos los enemigos que se le pongan por medio. Nada más lejos de la realidad. Y el texto del primer libro de Samuel es una ayuda para tiempos en los que el cuerno de la victoria no suena, (no tiene por qué sonar siempre), y porque con mucha frecuencia nunca crece tanto la vida como cuando aceptamos nuestra fugacidad.  

Por cuántas derrotas han de pasar los que realmente vencen en este mundo, cuántas veces tenemos que bordear la sensación de soledad, de fracaso, de incapacidad... para darnos cuenta de que algo que no conocemos nos puede ser regalado más al fondo. Y que algunas de las cosas más importantes que nos han sucedido en la vida coinciden con momentos de estar muy perdidos.  

Me he dado cuenta de que nunca escucho tan bien a los otros como cuando me hago consciente de mi pequeñez. Nunca somos tan mágicos como cuando descubrimos hasta qué punto somos derribables y vulnerables. La capacidad de ponerse alguien en lugar de otro depende mucho del descenso que hagas a tus propias raíces.  

¿Quién nos dijo que teníamos que ser fuertes y no llorar, y no reconocer la sombra?  

Otro texto del Evangelio nos habla de un leproso... En nuestra sociedad podríamos poner otros casos... el leproso estaba apartado, excluido, maldito... no le cabía esperar un futuro digno.  

En ese hombre derrotado va a suceder una historia preciosa de vida, en dos sentidos, en sentido físico, pero, sobre todo, en sentido profundo... Le descoloca a Jesús provocando en él la curación. Como el paralítico del evangelio...