El canto de la Salve en el Carmen de Burgos

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Atardece en Burgos. Las agujas de la Catedral miran con gozo la fiesta del Carmen. Cientos de burgaleses acuden en riada a la iglesia del Carmen. Después de haber oído hablar muy bien de las virtudes de la Virgen, no quieren perderse el canto de la Salve,  

Ha terminado la procesión. La Virgen del Carmen ha salido a la calle a anunciar el Evangelio. Ha mirado a todos con dulzura, ha tocado las heridas, ha levantado esperanzas decaídas. Ha dejado sembradas muchas semillas de alegría. Ahora toca cantar la Salve. Los corazones están preparados, las voces también.  

La gente no cabe en la iglesia del Carmen, la del Cristo grande, hecho todo amor de entrega. Todos, también los niños, rebosantes de alegría, quieren cantar a la Virgen. Comienza la Salve, esta bella oración que nació en la catedral de Compostela.   

No hay prisa. No hay principio ni final. Es un milagro lo que allí pasa. No hay voces sueltas, todo es un mar de alabanza. La fe se hace emoción, que también es necesario; se hace pueblo en marcha, siguiendo a Jesús.  

¡La Salve!: esa experiencia profunda de gozo y de ternura entre los hombres y la Madre de Jesús y Madre nuestra. En las primeras palabras ya se retrata un pueblo que viene de camino, buscando el regazo de la Reina del Carmelo. No hay miedo, hay confianza, mucha confianza. Es un saludo, bellísimo saludo plural, con sabor a comunión.  

El canto llena el templo. Por las calles se oye el rumor de la alegría, que ha dejado la Virgen a su paso. Muchas personas de edad, como un tesoro, familias enteras, también niños y jóvenes, presentan a la Virgen del Carmen los gozos y dolores de este mundo, que de todo hay. Y todos levantan los ojos mientras cantan. Quieren ver los ojos de la Madre, en los que lleva dibujados los ojos de Jesús. La tarde se convierte en un clamor de fe: “Muéstranos a Jesús”.  

Va avanzado el canto de la Salve. Algunos curiosos, que nunca han oído esta maravilla, no saben a qué atribuir tanta alegría. Quizás ignoran que la fe llena la vida, que la fe da plenitud a toda grieta, que Dios es grande y colma nuestra nada. Los niños se asombran y preguntan por qué cantan tanto. Algunas lágrimas se asoman y recorren las mejillas. La Virgen está contenta, también lo están los frailes del convento y las carmelitas que se unen a este canto desde su soledad sonora de la Quinta.

Termina el canto de la Salve con una despedida admirativa. El pecho ya se ha llenado de misericordia, de Dios, de su dulzura. Es hora de volver a la vida, de volver por otro camino: el camino de la fe, de la esperanza, del amor; del servicio a los que sufren por cualquier causa. Después de haber estado con la Madre del Carmen es hora de caminar juntos, como Iglesia, haciendo un camino de fe, de servicio comprometido, misionero.  

Ha merecido la pena llegarse al Carmen para cantar la Salve a la Reina y Hermosura del Carmelo. La dignidad y belleza de ser cristianos se ha puesto, una vez más, de manifiesto. Al cantar a la Virgen, todos han dado gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Todos han dado gloria al ser humano, habitado por la gracia.                                                

Un testigo que cuenta lo que ha visto y oído