¿Estatuas sin vida?

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 Son las 12 de la noche… paseo con un compañero, conversando por las calles de Salamanca, llenas de misterio y encanto, llenas de historias de otros tiempos, historias que todavía es posible escuchar, si pegas el oído a sus piedras, si preguntas a sus estatuas, que te hablen de su aventura, de sus amores, de sus decepciones, que te digan qué repetirían, por dónde no volverían a pasar, en qué gastarían sus días si estuvieran aquí… Nebrija, Unamuno, fray Luis,  P. Cámara, P. Vitoria, Colón, Gabriel y Galán, Santa Teresa, San Juan de la Cruz…  

Voy paseando con mi amigo, mientras disfrutamos de estos instantes, que a él pronto se le acabarán, porque termina sus estudios y regresa a Italia, su país. El paseo se hace aún más melancólico y sentido. Vamos de regreso… Atravesamos la plaza de San Marcos… Allí, a los pies de una estatua granítica, una pareja se besa, ajena a nuestra presencia y, mucho más ajena a la mirada de la estatua. ¡Claro, las estatuas no tienen ojos, ni corazón, diréis! Y razón tenéis… pero solo en parte.  

La imagen se me antoja simpática: dos jóvenes entrelazados y una estatua de granito, que representa a un fraile mercedario, que vivió entre los siglos XVI y XVII, y pasó por Salamanca en los años 1607-1616. ¿Los enamorados y la estatua? ¿El calor y la frialdad? ¿La vida y el recuerdo? ¿El corazón que late y la historia que ha sido petrificada? ¿Qué tiene que ver un fraile del XVI con dos amantes del XXI? Tal vez más de lo que imaginas…  

Si aquel fraile, aparentemente impasible y serio, no fuera Tirso de Molina, pensaría que la presencia de los cariñosos amantes sería un agravio para su memoria. Y, sin embargo, algo me dice que no le desagrada lo que a sus pies sucede. De hecho, al pasar cerca de la escena, la imagen del mercedario se me hace viva, simpática, incluso tierna, y mirándonos a los dos paseantes, con guiño y movimiento de cabeza pícaro, nos dice: mirad cómo se quieren.  

En realidad, todas las estatuas encierran un corazón que aún late, que vibra dentro del granito o del bronce: Tirso de Molina, Unamuno, Teresa de Jesús, Nebrija, fray Luis… y muchos más, nos están viendo, nos miran, siguen latiendo. Cada uno de ellos en su estatua recuerda nuestra propia historia.  

Cuando paséis cerca de alguna de ellas escuchad, escuchad con respeto: todas ellas hablan de una sola cosa, de amor, de vida intensamente vivida, en medio de dificultades,  aprietos y afanes como los nuestros. Si te hablaran hoy, una cosa te dirían: no dejes apagar el amor. No malgastes esta preciosa historia que se te regala.  

Nuestra vida corre peligro de convertirse en granítica, marmórea, desapasionada, y nuestra mirada suspicaz, recelosa, condenatoria… ¡No apaguéis el pábilo vacilante, la brasa que alienta! Dios es Amor, no otra cosa.  

Mientras volvíamos a casa para descansar, a los pies de una estatua, dos jóvenes se besaban, y fray Tirso de Molina repetía como la primera vez:  

Hagan plaza, den entrada,
que viene triunfando Amor
de una batalla mortal
en que ha sido vencedor.
 

¡Ojala en vuestra fugaz historia venza de todas las batallas el amor!