“ESTABA DENTRO DE MÍ Y YO EN Él”

 (Teresa de Jesús no necesita presentación. Nació en Ávila en 1515, y murió en Alba de Tormes en 1582. Fundadora de la nueva familia del Carmelo Descalzo, reconocida escritora mística, refleja en sus libros la grandeza de su persona, la profundidad de su experiencia de unión con Dios en Cristo. Sobresale en la Iglesia por su doctrina de oración). 

         Sobre la oración en Santa Teresa se han escrito muchas y muy buenas cosas. 

         Me propongo hacer un pequeño repaso de la oración teresiana y su incidencia en nuestros días, el por qué de la actualidad de su mensaje y el eco permanente de su palabra en una sociedad como la nuestra. 

         En el fondo de este intento laten cuestiones y retos que tenemos planteados hoy como discípulos del magisterio teresiano. Si nos decimos discípulos es porque encontramos en su doctrina claves certeras para iluminar nuestro seguimiento de Cristo. Ha caído la hegemonía de las 'grandes y divinas palabras', la auto­ridad por la autoridad, y aunque escuchemos a 'viejos' y antiguos profetas seleccionamos necesariamente aquellos que orientan nuestro caminar. En esta elección tienen cabida perenne los clásicos y de una manera especial aquellos que han sabido decirse a sí mismos con la vida, con transparencia. ¿Por qué Santa Teresa sigue siendo  un personaje vivo en la memoria del pueblo creyente y en la experiencia de los caminos del espíritu? 

         Tengo treinta y tres años. Nací dos meses antes de terminar el Concilio Vaticano II. He llegado a la vida religiosa recogiendo el testigo de otros que afrontaron los difíciles cambios del concilio. Nos han adentrado en un terreno muy desbrozado y depu­rado de costumbres caducas. En mí no existe el amargor de algunos por lo perdido, ni las quemaduras de la lucha, por ganarle a los tiempos la novedad siempre perenne de lo auténtico. Ya no somos la generación de 'mayo del 68'. Un día empecé a cansarme de que algunos me ofrecieran 'su lucha' como la referencia única. No quiero que me hablen de su noviciado, de lo que ellos hacían en otros tiempos... de lo que ellos vivieron. Quiero que me digan si juntos podemos hoy dar sentido a nuestra espiritualidad. 

         Hay quienes dicen que ya hicieron suficiente oración en el noviciado y en los años de formación, con lo que demuestran estar tullidos, muertos. Algunos se han quedado en el pasado, aparente­mente seguro, por desconfianza y miedo a lo nuevo. Otros esperan un mañana soñado que tal vez no llegue. Un niño de la calle boliviano repetía enérgi­camente: "basta de promesas, queremos realidades". Una joven carmelita hablando con otra de las que han luchado una buena lucha le decía parecidas palabras: basta de hablar de posibles futuros, quiero saber si hoy es posible todo lo que se me ha enseñado en formación. Nos urge la realidad hoy. 

         Yo tenía cinco años cuando Pablo VI declaraba doctora de la Iglesia a Teresa de Jesús. Demasiado pequeño para saber quién era la tal Santa Teresa. Seguramente hoy, también, demasiado pequeño para abarcar el alcance de este magisterio teresiano y dejarme influir convenientemente por él. 

         De poco sirven los escritos de grandes maestros, de Santa Teresa, San Juan de la Cruz, etc. si su experiencia no es hoy actualizable. Su vigencia consiste precisamente en esto: cuando leo sus escritos despiertan y liberan dentro de mí un renacimien­to. Ella, Teresa, no me habla de 'su' experiencia, hay algo estupendo en el descubrimien­to, ella me habla de mis posibilidades, de mi más honda realidad, de mi experiencia... y lo hace con la frescura y la anchura de quien ha adquirido una envidiable libertad, la de los hijos de Dios. Aquí está la razón por la que Santa Teresa es mi maestra de oración, y por el mismo motivo que estoy dis­puesto a escuchar, no a los añorantes del pasado, sino a los que tengan la elegancia de encararme con el presente de mis posibili­dades. Yo quiero vivir la experiencia de Teresa y Juan de la Cruz en mi propia piel, con su luz, pero con mi originalidad y en mis circunstan­cias.  

         Cada figura de la espiritualidad cristiana y del Carmelo ha sido, en mayor o menor medida, fiel discípulo de otros maestros, pero escuchando de labios de Dios, en el corazón de la experiencia del misterio que nos nombra, la más propia misión y vocación. Cada creyente, cada carmelita ha de estar a la escucha de ese misterioso 'nombre' con el que Él nos tiene inscritos en el libro de la vida. 

         He aquí en adelanto una de las características que más me seducen de Santa Teresa: su ORIGINALIDAD, nacida de la sinceri­dad, de su deseo de autenticidad y de la confianza en Dios. Esta originalidad se expresa en el mismo proceso de su oración. 

         Se ha hecho clásica en los escri­tos sobre la oración tere­siana la siguiente división de su vida de oración: espontánea (cuando niña); difícil (18 ó 20 años de oración trabajosa, en la Encarna­ción); infusa o místi­ca (28 años restantes de su vida). Merece una atención especial la etapa central de la oración difícil, dificultad nacida de la incoherencia, de la inadecuación de los métodos a su manera de discurrir, a su forma de ser y de la falta de guías certeros e idóneos. Después de una incansable lucha, en la que se adentró por caminos poco desbrozados y muy sospechosos para la mentalidad de su época (sospechosos por no andados), lucha en la que tanteó posibilidades con aciertos y correcciones, pero sin ceder en el empeño, con la intuición de que una vida nueva estaba en juego... le alcanzó la experiencia de la oración infusa. Ella define este momento y lo va sinteti­zando en expre­siones muy simples, llenas de sabiduría mística: 

                   "Tenía yo algunas veces... aunque con mucha brevedad pasaba, comienzo de lo que ahora diré: acaecíame en esta repre­sentación que hacía de ponerme cabe Cristo... y aun algunas veces leyendo, venirme a  deshora un sentimiento de la presencia de Dios, que en ninguna manera podía dudar que estaba dentro de mí, o yo estaba engolfada en Él" ( SANTA TERESA, Libro de la Vida, 10, 1). 

         Momento decisivo en el paso a la oración mística es LA CONFIANZA, que superado el voluntarismo y los tanteos, acoge lo mejor de la oración como un don gratuito: Cristo mismo, Cristo vivo se hace premio inmerecido. Toda su oración se centra en la Persona. No importa qué decir, cómo orar, qué hacer... sino vivir la presencia de Cristo dentro, encuentro de dos vidas, no tanto de espacios aislados (por parte del hombre) sino toda la vida abocada, mirando hacia Él. 

         Es el tesoro de una larga búsqueda, la iluminación de toda una vida de anhelo insaciable que encuentra el centro mismo de un manantial inagotable. El secreto de Teresa, a diferencia de tantos iluminados, es que ha sabido transmitirnos su experiencia. Es algo que cautiva y seduce: su humanidad amable albergando una experiencia tan profundamente espontánea, su llaneza y humildad al tratar de las cumbres de la experiencia mística en palabras nuestras. 

         Al leer a Teresa uno olvida por momentos la dificultad de nuestro mundo en creer y vivir la transcendencia. Es como una fuente de agua fresca para esta llamada "era del vacío" (Lipovetski). Nos ha devuelto la fe en nosotros mismos, en la hondura que nos habita, en la belleza que somos por dentro recordándonos el castillo interior en cuya íntima morada habita el Esposo, un tanto olvida­do de nuestra distraída mirada. 

         En estos tiempos que corren, tiempos de crisis de credibili­dad, de cierta saturación de rancia religiosidad y de espiritua­lidad mimética y forzosa, en ocasiones hemos anhelado vientos frescos y libertad de espíritu. Tal vez nos sigue sobrando obli­gatoriedad y nos falta seducción en nuestra presentación de Dios. En estos tiempos en que seguimos encontrando 'maestros' que pretenden darlo todo hecho, formulado y claramente asegurado para evitar que nos equivoquemos, Santa Teresa nos previene de los principales peligros de la oración encarándonos con el misterio, ofreciéndonos unas moradas, un camino de referencia, pero invi­tándonos a la experiencia intransferible, única del encuentro con el Cristo vivo hoy: "No hay que temer. No durmáis... pues que no hay paz en la tierra, aventuremos la vida". 

         Sigue en el aire a medio contestar la pregunta por la vigen­cia de la palabra teresiana, y más concretamente de la oración teresiana que es su principal palabra. Si tengo que reseñar algunos de los elementos que a mi parcial parecer influyen en que Santa Teresa sea tan universalmente creíble, diría, aun a riesgo de olvidar elementos importantes: 

            Originalidad de su búsqueda: superando los métodos, ella no se contenta con palabras y busca a Dios mismo, los libros y maestros ayudan, orientan, pero ninguno evita su búsqueda perso­nal. Va inventando su modo de orar. El buscador vive una profunda soledad que le aboca desnudo a Dios. 

            Trato de amistad: Santa Teresa ha tenido el acierto de definir así la oración como trato entre personas, trato entre amigos, salvando las diferencias. Con ello hace entendible la oración a todo espíritu, y nos recuerda uno de los elementos mas ricos y bellos del ser humano: capaz de amar y ser amado. La oración es, en este sentido, un encuentro personal, transformante y dinámico (M. Herráiz). La amistad con Dios ha de ir siendo depurada de propio interés, de sentimentalismo, de supersti­ción... hacia la confianza y la escucha. 

            Jesucristo: la humanidad de Jesucristo es central en el proceso de la oración teresiana. La 'condición humana de Dios' es el gran descubrimiento de Teresa, la gracia principal para encajar todas las piezas. La humanidad de Cristo hace posible la comunión con Dios. La adoración de Cristo Eucaristía hecho entra­ñable cercanía, hecho 'nuestro', es una de sus vivencias privile­giadas. 

            Dignidad humana: es otra manera de hablar de la 'belleza interior', del castillo y de la perla, del 'Huésped' y de nuestra vocación a vivir en plenitud. Ella nos recuerda que no estamos huecos, que hay que conocerse para reconocer en nosotros el don de Dios, la maravilla de su creación. Las Moradas de Santa Tere­sa, frente a tanta decepción, son un canto a la naturaleza humana habitada de Dios. La muerte, en el hondo sentido, es afirmación de vida plena, el gusano ha de renacer mariposa. Nuestra vocación es ser mariposas, siendo lo que somos en cada momento. 

            Modo de orar: "Procuraba lo más que podía traer a Jesu­cristo, nuestro bien y Señor,  dentro de mí presente, y ésta era mi manera de oración". "Estábame allí, lo más que me dejaban mis pensamientos, con El" (Vida, 4, 8). El hombre se recoge en silen­cio inte­rior para gustar, vivir la presencia. En sentido más verdade­ro Dios mismo recoge al orante, lo distrae de toda dis­tracción para atraerlo a sí. De manera tan sencilla nos propone su modo de oración. 

            Oración-vida: para Santa Teresa la oración es expresión de toda una vida. Al orar la vida entera está en juego. Ambas se alimentan mutuamente. La insistencia de la Santa es en el amor hecho vida: "obras quiere el Señor". Habla de la oración como de un "trato de amistad estando muchas veces tratando a solas". Ejercicio frecuente en soledad y silencio, pero insiste, sobre todo, en la actitud contemplativa amorosa y acogedora. La contem­plación-admiración se ha de dar en toda oración vocal, discursi­va, mental, etc., llegando a todo lo que vivimos cotidianamente. 

            Ambiente-clima: es muy importante para orar preparar el clima. En primer lugar un clima de fraternidad y acogida, amistad limpia y sincera. Clima de sencillez y pobreza, en sentido hondo y real, para que nada estorbe lo esencial . Esta sencillez también en los lugares donde oramos, para que todo nos centre la mirada en el Único. 

         Estos son algunos elementos que pueden explicar la universa­lidad del magisterio orante de Santa Teresa, y su vigencia en tantos movimientos actuales de oración y grupos orantes. 

         Como seguidores de la enseñanza teresiana, tenemos el reto de traducir esta experiencia a los orantes de hoy.  

         La Escuela Teresiana posterior a Santa Teresa, fundándose en el método de fray Luis de Granada en cuanto a las partes (prepara­ción, lección, meditación, acción de gracias y petición), intro­duce la peculiaridad teresiana (trato de amistad) en ese esquema: "La preparación queda reducida a la 'presencia de Dios'. La 'lectura' es facultativa, como ayuda para los que no tienen entendimiento razonador, como le pasaba a Santa Teresa. La 'medi­tación', no es una simple reflexión sobre la verdad, porque se afirma que la oración no consiste en el mucho pensar, sino en el mucho amar. La meditación acaba en un coloquio, más intenso de afectividad. La Escuela Carmelitana introdujo la 'contempla­ción' (...), que supone un descanso y quietud amorosa en la verdad encontrada al final de la reflexión. Es el último grado de la oración ascética. Es la meditación que se transforma en placidez contemplativa. La 'acción de gracias' acaba con un acto de ofre­cimiento de la propia persona a la voluntad de Dios, y sólo al final, el alma está en disposición de 'pedir' todo lo que necesite para ella o para la Iglesia" (Vida 4,8). 

         Hoy en día, sin negar la importancia del método, reclamamos simplicidad, y surgen grupos animados por las consignas teresia­nas, deseosos de vivir al mejor estilo de Teresa ese quedarse "cabe Él", "mirándole y dejándose mirar" ('mire que le mira'), a la escucha atenta de su querer en silencio amoroso y soledad acogedora, sin muchos artificios y estorbos, yendo prontamente al encuentro, a la comunión de personas. 

         Un intento admirable de llevar a cabo estas consignas tere­sianas en grupo, son los Grupos de Oración Teresiana, pequeños grupos que se reúnen para orar al estilo teresiano. El esquema básico orante de estos grupos se define en tres palabras: 

            Ambientación: Clima de recogimiento. Facilitar el paso de la vida ordinaria al ámbito de la oración. Palabras del animador. Invocación al Espíritu. Música. Relajación... Silen­cio, escucha, acogida. Ejercicio de presencia (tomar conciencia de mí mismo) y de Presencia (estar con Él, en Él, Él dentro de mí...) 

            Palabra: la experiencia de la Palabra viva de Dios es cen­tral en Santa Teresa. Interiorización de la Palabra. Rumiar y meditarla. Acogerla y celebrarla con algún canto o salmo. El silencio es clave para que todo sea contemplativamente acogido. 

            Compartir: dentro del mismo clima de oración, expresión comunitaria de mi oración personal. Momento para acoger y decir amén a lo que el Espíritu ora en los otros y para expresar ecle­sialmente mi diálogo con Él, de manera muy diversa: acción de gracias, petición, alabanza... Este momento ayuda a superar una excesiva tendencia al individualismo en nuestro trato con Dios. 

         Así tiene más sentido, cuando en mi oración he acogido la vida de los demás, decir juntos Padre nuestro... 

         Ahí está la experiencia orante de Santa Teresa, viva hoy, por la transparencia y llaneza con que nos ha sido descubierta en su hondura, sin asomo de mediocridad, encaminándonos a las esencias del Cristianismo: la comunión con el Dios encarnado en Jesucristo. 

         Si nos conformamos con su experiencia y no nos despierta el deseo de búsqueda, si nos enamora su encuentro con Dios y retar­damos dejarnos encontrar nosotros mismos, si no vemos atisbos de ese castillo interior en nuestros adentros, si en nuestra vida no aletea esa determinada determinación de los verdaderos amado­res que no se desaniman ante sus propios desaciertos... si no estamos nosotros, un poco al menos, ardiendo en el amor del Esposo Cristo, entonces es verdad que Teresa de Jesús está ente­rrada en Alba de Tormes y en sus escritos.

Miguel Márquez, EL RIESGO DE LA CONFIANZA. Cómo descubrir a Dios sin huir de mí mismo.

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