TERESA MARTIN GUERIN

Burgos 19-III-2003


“Hay santos que jamás podrán hablarnos desde la otra orilla sin levantar mucho la voz y ponerse a predicar. No nos conviene escuchar a estos santos de Dios inmediatamente después de haberse entregado uno a la lectura del Evangelio. Más que nada porque podríamos quedarnos sordos ya que tan sonoro es el contraste que se produce entre una voz que grita y un susurro que silabea. Supongo que estos santos, a la hora de des prenderse de alguna cosa aparentemente superflua, decidieron sacarse de encima una parte de sí mismos que juzgaron escasa mente significativa y preciosa. Juzgaban más bien que se trataba de algo excesivamente humano y sin importancia. Luego, andando el tiempo, cuando quisieron recuperar aquello de que se habían desprendido, supieron que ya no era posible. La historia había pulverizado ese recuerdo. Ni los innumerables sacrificios que pudieron hacer ni el ardiente deseo de recuperar lo perdido fueron ya instrumentos capaces de organizar el regreso. Y total ¿qué era lo desprendido? Pues era una cierta sencillez, una cierta frescura, una cierta infancia dada de balde por la gracia y a cambio de nada, pero nunca restituible a su forma primitiva aun a costa de maceraciones y de ayunos”.

(Georges Bernanos:”Los niños humillados”)


Me parece hermoso este texto de Georges Bernanos, el novelista católico de “El diario de un cura rural” y el dramaturgo feliz de “Diálogo de Carmelitas” sobre el martirio de las Descalzas de Compiegne. Por otro lado, Bernanos fue un admirador genuino y entusiasta de Teresa de Lisieux, la pequeña Carmelita que Francia colocó –eso dice Bernanos- al frente de su tarea espiritual cuando decidió, por fin, abandonar el fracaso senil a que la habían conducido muchos errores cargados de historia y desacierto.
La vida de esta joven guerrera de Francia fue de apenas veinticuatro años nada más. Ni siquiera llegó a los veinticuatro. De manera que su vida en la tierra fue una vida breve, excesivamente breve para la labor de que vi no cargado su destino porque Dios quiso que fueran así las cosas. Una vida breve, pero una vida intensa. Tan breve como el soplo de una juventud que nunca llegó a florecer del todo y tan intensa como a Teresa se lo permitió la volcánica condición de su temperamento y la prodigiosa imaginación de que todos la vieron dotada cuando casi era una niña. Lo inmediato en Teresa Martin Guerin no fue abrirse a la vida con el ancho anhelo de curiosidad que, afectivamente, nos engancha a todos los hombres recién nacidos. Miramos las cosas, tendemos hacia ellas nuestras manos pequeñas como si pretendiéramos abarcarlas todas y al mismo tiempo, sonreímos sin saber por qué, llevamos por dentro un universo de pequeñas sensaciones que, a ratos, casi llegan a perturbar de gozo los ojos de nuestros padres. De ninguno de nosotros se puede decir que, desde niños, hayamos estado ocupados por nuestra propia ración de experiencia. Nos interesaban más los otros, las cosas, los ruidos, la identificación de los rostros que se nos acercaban con más frecuencia.
Pero he aquí que en Teresa Martín Guerin –que nace un 2 de enero de 1872- lo que se ha podido comprobar a la razonable distancia de cuando nos dejó entrar en ella tras su muerte, es que fue, ante todo, una criatura a la que se le despertó con la sangre una singular propensión a observarse a sí misma: sus movimientos imperceptibles, sus reacciones más instintivas, su peculiar manera de sentir cuanto la estaba rodeando. Sospechó desde siempre que su vida no iba a ser una vida larga. No me va a dar tiempo de aburrirme sobre la tierra. Renuncio de entrada a las arrugas venerables de la viejita amorosa que podría llegar a ser. Quiso afirmar, cuando casi era una muchacha, que la muerte le llegaría pronto y como un ladrón que tiene mucha prisa y sabe con seguridad en qué rincón del hogar se encuentra la joya de la casa. Esta condición perecedera –aceptada casi con júbilo- la condujo a una admirable economía de su tiempo y de su pensamiento y del lirismo interior que le fue saltando como un río o como un fuego desde las entrañas de su joven y conturbada experiencia. Alguien ha escrito que lo más propio y esencial de esta condición verdadera de Teresa Martin Guerin fue el amor a la verdad. O, si queréis decirlo de manera mucho más agresiva, su destino personal fue la pelea contra la mentira. Explicaba Von Balthasar en su impagable estudio sobre la misión de Teresita que:
“El hado de Teresa fue tener que vivir en una zona fronteriza. Se condenaba de antemano a no ser entendida mientras viviera. Y ser malinterpretada tras su muerte. Ni siquiera hoy, tras muchos intentos de entrar al alma de Teresa, podemos decir que hemos fijado con claridad la poderosa importancia de su figura y de su palabra. En vida porque no era fácil verle el aura de cielo que consigo llevaba secretamente. Y, tras su muerte, porque hemos caído en una especie de inexacta apreciación de su santidad y de su tarea.
Teresa Martin Guerin tuvo que luchar contra su tiempo, pero utilizando las armas mismas que en su tiempo se utilizaban para la pelea del espíritu. Echó mano de palabras y de comportamientos supuestamente ñoños aunque luchara vehementemente –a vida o muerte- contra el embuste de la ñóñez. Tuvo que desprenderse –con toda la energía disponible- de la falsa piel de cordero con que se cubrían muchas cobardías y algunos lobos. Y a esta batalla se entregó sin renunciar a ninguna de las condiciones que le imponía el ambiente tanto dentro del convento de Carmelitas de Lisieux como en el mismo corazón de su casa paterna en Los Buissonnets”.
Me encanta leerle a Von Balthasar esto de la “energía vehemente con que Teresa tuvo que plantearse esta lucha por el logro de la verdad de sí misma y de sus contornos más familiares. Porque resulta que es ella misma la que se refiere a la “energía” como a una de las virtudes fundamentales en la conquista del Reino de Dios. Le escribe a uno de sus hermanos misioneros que “para ser santo, la virtud más necesaria es la energía. Con energía se puede llegar a la cumbre de la santidad. Ha sido el mismo Jesús quien ha dicho que el reino de los cielos está sujeto a violencias y que sólo los violentos –los enérgicos, los que no se arrugan- acaban por conquistarlo. De manera que usted, mi hermano del alma, no puede contentarse con ser un santo a medias. Tendrá que ser un santo entero o no será santo en absoluto. Siempre entendí que tendría que tener usted, mi querido hermano, un alma cargada de energía y esta consideración es la que me justifica la felicidad de sentirme su hermana en el espíritu”.
Cuando, hace unos años, me pidieron que redactara una biografía de Teresa Martin Guerin, el título que se me ocurrió fue el de una cita de Teresa en un texto que habla de tener siempre unas armas en la mano. “Con las armas en la mano”. Así se llama mi libro. La cosa se le plantea a Teresa como una guerra. Aquella guerra con que soñó de verdad la tarde –una de las tardes- en que se quedó deliciosamente traspuesta durante la oración. Hay que sentir la verdad singular con que Teresa Martin Guerin, monja carme lita de las de muchas horas de oración al cabo de la vida, cuenta cómo se quedó roque en el coro y que fue lo que soñó en esta siesta a destiempo:
“Me he adormecido durante unos instantes durante la oración. Y he soñado. He soñado que faltaban soldados para una guerra. Vuestra Reverencia –le dice a la Madre Inés, su hermana y Priora- dijo:
-Hay que mandar a la guerra contra los prusianos a la Hermana Teresa del Niño Jesús.
Yo respondí que a esta guerra no, que prefería que se me mandara a una guerra santa. Pero que tampoco importaba. Que si había que ir, se iba. Y marché a la guerra. ¡Qué dicha, Madre, habría sido la mía si hubiera podido combatir en tiempo de las Cruzadas o, más tarde, contra los herejes!. Le aseguro que no habría tenido miedo al fuego ene migo. ¿Va a ser posible, sin embargo, que me muera en la cama? En cualquier caso, estoy segura de que yo no seré jamás un guerrero que combata con armas de la tierra. Mi espada es la espada del espíritu. Y esta espada del espíritu es la Palabra de Dios. He llegado muy enferma a este momento de mi vida. Un momento que está llamado a ser el último, lo sé. Pero nada ni nadie ha podido abatirme. Mire, Madre, ayer mismo, por la tarde, tuve que echar mano a esta espada de la palabra del Espíritu para librar una pelea doméstica con una novicia. Tuve que decirle la verdad aunque se tratara de una verdad que le iba a pesar a ella tanto como a mí. Y es lo que le digo, Madre: yo voy a morir con las armas en la mano”.
Lo que pasa es que esta tremenda lucha que Teresa declara en su entorno –esta pelea por la verdad pase lo que pase y húndase quien se hunda- es una batalla silenciosa, disimulada, escondida como si se tratara poco menos que de un pudoroso atrevimiento. “Ni vemos la estatura humana de ese guerrero cotidiano, ni le descubrimos nunca a este supuesto luchador la agresividad que parece poco menos que una referencia inevitable. Teresa nunca dijo de verdad quién era el enemigo contra el cual estaba librando la batalla. Ni siquiera se lo dijo a sí misma aunque le resultara evidente a quién había declarado la guerra. Teresa tuvo el delicado esmero de andar ocultando el nombre del enemigo contra el que había declarado sus hostilidades. Y lo tenía. El nombre, digo. La perfecta identificación de esa enemistad visceral que Teresa sintió ante la mentira. Por que de la mentira se trata. De una mentira nacida del diablo, padre de toda mentira. De una mentira que, en la vida religiosa, se queda muchas veces en el disimulo o en la mostración dolosa o en el halago que seduce o en la aparente humildad con que encubrimos muchas veces nuestra soberbia más refinada. Puede suceder, incluso, que echemos mano de la mentira o de las piadosas exageraciones para decirnos a nosotros mismos que estamos salvando unas almas que, de otra manera, quizás no se acercarían jamás al corazón de nuestro Dios.
A Teresita le piden un día que prepare unas frases amables y llenas de espíritu, para el doctor que la está asistiendo. Se trata -le recuerdan a Teresa- de un hombre bueno, especialmente cuidadoso de sus obligaciones profesionales. Le va a gustar que Teresa le diga algo que no sea lo habitual en los días de consulta. Que, por ejemplo, le hable de la virtud o del cielo o del amor que Dios nos tiene. Se lo pide a Teresa nada menos que su hermana Paulina. Que conoce a Teresa como la madre que siempre ha si do para ella. Y la mira a los ojos. O le nota suavísimamente como una ligera contrariedad. Y se le queda mirando por si tiene algo que decirle. Y naturalmente que tiene algo que decirle. Le dice que lo siente, que esa manera de ser y de portarse nunca ha si do ni su forma de ser ni su manera de ir a las almas. Ni siquiera a las de los mejores amigos. No, no le voy a decir nada especial a mi amigo el doctor de Corniere. Que él piense lo que quiera. Aunque espera ella que le baste su sonrisa de cada día y su mirada llena de gratitud y de confianza. Las palabras que le pide Paulina podrían resultar pomposas y escasamente verdaderas. Y eso no. “Yo no quiero más que la sencillez. Y decir algo que no siento, sería exactamente todo lo contrario”. Para ella –para mí, Madre- la verdad ante todo. También en esto. Porque “ni siquiera en el Carmelo hay que acuñar moneda falsa para comprar a las almas”.
Teresa, contra lo que podría deducirse de unos supuestos formulismos en los días de su educación en Los Buissonnets y en los días de su profesión en el Carmen, es una de esas criaturas que se sabe entregada a una misión personal que coincide plena mente con el designio que Dios ha trazado sobre ella. Quiero decir: se produce en Teresa como un aparcamiento simultaneo del instinto con que ella se lanza a la realización de su natural visión del mundo de Dios en ella a la perfecta sumisión que la gracia de Dios crea en Teresa. Lo cual viene a salvar a Teresa de alguna de las osadías viscerales a que esta parcelación espiritual la somete. Hay un momento, cuando está a punto de terminar su narración de la Historia de un alma, en que se le ocurre que no le conviene engañarse, cosa que resulta bastante posible cuando se manejan las delicadas telas del espíritu.
-Yo no he hecho jamás como Pilatos, que no quiso oír la verdad. Yo le he dicho siempre a Nuestro Señor: ¡Oh Dios mío: yo quiero oíros. Respondedme, os lo suplico. Respondedme cuando os pregunto y me pregunto humildemente que qué es la verdad. Haced que vea las cosas tal como son. Haced que nada me deslumbre.
Podía haber pedido más. Pide de hecho bastante más cuando se da cuenta de que una cosa es trabajar y otra muy distinta soplar botellas. Se puede escribir bellamente sobre el amor y todo se puede quedar en un bello romanticismo. O se puede escribir sobre el martirio y te salen unas palabras que echan humo. O escribir sobre el hambre de almas que frecuentemente asalta a Teresa en las horas de más entrañable entrega a la verdad de sí misma. Pero las palabras son palabras y se las lleva el viento. Teresita –piensa- ha aprendido a escribir. Me gusta escribir. Y escribe con gusto. Lo pasa bien cuando maneja la pluma. Y las palabras le bullen como si se tratara de burbujas traviesas que se le suben del alma a los puntos de la pluma. Su misma letra es de una seguridad alucinante. Hace versos y los mide no solo de manera lírica, sino de forma gráfica también porque todo tiene su belleza cuando se hace poesía. Pero ¿no puede crearse una distancia emocional entre lo que se escribe y lo que se vive? Lope de Vega escribía como nadie los versos de su arrepentimiento. Y del nuestro, que de todo podemos servirnos a la hora de las emociones espirituales. Pero el comporta miento posterior a las hermosas palabras de los versos de Lope no tenía mucho que ver con aquel asomarse a la ventana o con aquel decirle a Cristo que le tuviera un poco de paciencia. Los silbos amorosos, a Lope, a ratos, cuando no hacía con ellos versos más ardientes de la poesía religiosa –con San Juan de la Cruz, naturalmente- le sonaban ca da día un poco más lejos.
Teresa no conocía esta tragedia espiritual del gran poeta madrileño. Pero sabía que podía sucederle a ella -como a todo el que escribe sobre sí mismo- que los días y las horas no respondan siempre a lo que se está escribiendo. “Las palabras no bastan – insistía ella-. No basta con escribir un acto de consagración como el que ella ha escrito. Por muy emocionante que le haya podido salir de la pluma y por mucha llama que le haya echado el corazón.
Para ser verdaderamente una víctima de amor es menester entregarse entera mente. Porque las inspiraciones más sublimes son nada o menos que nada si no van acompañadas de las obras...
Teresa tiene una hermosa mala costumbre que podrían aprender y para siempre los periodistas de la moda y los hígados de las gentes del consabido famoseo. Teresa se prometió a sí misma que “no escribiría jamás ni una sola palabra que previamente no hubiera sido parte de mi más rabiosa experiencia”. Teresa no va a andar por ahí inventándose aventuras espirituales o experiencias místicas que jamás ambicionó porque siempre creyó que las iluminaciones místicas son poca cosa cuando no nacen ni se resumen en una experiencia dolorosa de amor. Por asustarle algo que pueda no ser la verdad monda y lironda, la asustan hasta las visiones místicas que lee y aun admira en algunas vidas de santos. Ha leído, por ejemplo, las de la Madre Teresa de Jesús. Y no las ha puesto en tela de juicio, faltaría más. Lo que pasa es que esas cosas tan altas, tan excepcionales y de días de gran fiesta espiritual no son las suyas.
-No puedo nutrirme de ellas. Solo de la verdad puedo nutrirme. De manera que ésta es la razón por la que nunca he deseado tener visiones de nada ni de nadie. Y es que en la tierra no pueden verse ni el cielo ni los ángeles como el cielo y los ángeles realmente son. Prefiero esperar a después de la muerte.
El amor es lo que importa, machacará siempre ella. De manera que ese otro tipo de cosas que rompen esquemas sencillos como los suyos o de suposiciones espirituales que se le quedan siempre al borde de la interpretación que haya que darles, le importan muy poco y no van a ser asumidas para añadirlas a su formulación del camino espiritual –pequeño camino- que va dibujando como sin querer en el curso de su existencia. O algo era verdad –una verdad sufrida o gozada, en cualquier caso, asumida- o a las páginas de Teresa o a las palabras vivas de Teresa jamás pasaría como una afirmación.
Resulta admirable sorprender a cada paso, en las páginas que escribe Teresa, cómo, al aire de esta confesión cotidiana de la verdad, va desgranando ella uno a uno sus recuerdos y experiencias. Todo lo que Teresa ha escrito sobre sus ansias de padecer algo por el Señor-su Amor “es verdad. Todo es muy verdadero”. Y todo lo que de mí he contado y el modo y palabras con que he contado mis cosas y el viento que ha movido mi pluma son también verdad. Teresa no cambiaría una palabra por otra.
Por ejemplo: no solo es verdad que siempre deseé padecer algo por El. Es que ahora mismo me resulta una tremenda verdad que lo sigo deseando. Porque escribir cosas bellas acerca del sufrimiento de amor y no pasar por ese sufrimiento es nada. Lo imprescindible es pasar por ese sufrido amor para saber lo que valen de verdad los impulsos que han motivado ese deseo. Yo, que he deseado para mí todas las posibles formas de martirio, comprendo ahora que tengo pasar espiritualmente por todas ellas para entender que eran verdad mis viejos anhelos.
La cosa le viene de lejos. Una carta de su madre nos cuenta que a su pequeña Teresa –la criatura más viva que salió de su fecundo seno- le resultaba intolerable vivir una pequeña doble vida: aparentar lo que no sentía o callar un secreto infantil que le pesaba en el alma igual que un plomo. Ni siquiera se trataba de una travesura. Apenas si podía haber sido una desatención o un ligero mal modo. Y bien: no podía aguantarse así misma. Tenía que ir hacia su madre. Una vez y otra vez hasta llamar la atención de doña Celia Guerin.
-Le es imprescindible pedir perdón.
Lo pedía. Y se marchaba a dormir con el corazón ligero igual que el corazón de un ángel. Y se nos cuenta también que, en su floreciente primera juventud –no hay novia fea a los quince años-, tampoco fue tan ignorante o tímida que no reconociera inmediata mente las gracias humanas con que Dios había querido hacer su obra en ella. Teresa fue una linda mujer. A ratos, una mujer que se dio cuenta de que era bella, de que era inteligente, de que tenía valor a espuertas y de que podía sacar adelante cualquier situación en que pareciera que la vida y las cosas la habían encerrado. Citar ahora su osadía en el Vaticano cuando la peregrinación a Roma, parecería poco menos que una concesión habitual al tópico teresiano. Supo que tenía que hacerlo. Estaba decidida a hacerlo. Ningún monseñor de la curia o del séquito de la peregrinación le iba a crear un problema insoluble. Y se tiró de rodillas delante del Papa y le llamó filialmente la atención: que me escuche, Santísimo Padre, que tengo que decirle una sola cosa... Y le soltó lo de su entrada en el Carmelo a los quince años y cuando parecía que a Roma no iba a mover un dedo por este problemilla de una linda niña francesa, ni las monjas carmelitas de Lisieux la iban a admitir de buen grado –ya había dos monjas Martin-Guerin en el convento, ni los curas del entorno monacal le iban a dar permiso. En aquel momento, la única verdad de Teresa era la verdad de su vocación al Carmelo. Impetuosa. Inaplazable. Si había que esperar, se esperaría, pero que nunca fuera por culpa de ella el estable- cimiento de esta demora. Dar la vida por la verdad también puede ser ponerse a disposición del oleaje que consigo traen las cosas que nos cercan igual que una tormenta.
¿Era una soñadora consentida? Lo pensó más de una vez. Teresita es una de esas almas que anduvo siempre como a la escucha de los latidos contradictorios de su corazón. No porque encontrara en él el más fascinante de los espectáculos, sino porque sabía que se jugaba la vida y el destino en cualquiera de los vientos contrarios que impensadamente podían sacudirle el alma. Se lo pregunta alguna vez y cuando más a solas está consigo misma: “¿No son un sueño esos tremendos anhelos míos? De verdad que no lo son? ¿O serán una locura? Eso es: ¿no serán una locura?”... Y clama desde lo hondo de su espíritu:
-Señor: si son un sueño o una demencia, dadme vuestra luz. Quiero ver. Quiero saber. Nadie mejor que Tu sabes que ando buscando la verdad, mi verdad.
De algo de amor a la verdad en Teresita debieron darse cuenta –tarde y despistadas- las monjas de su convento. De algo de esto debió advertirle alguna cosa su hermana Paulina cuando era priora: que tengas cuidado con tu manera de ser, que no siempre se puede decir la verdad, que hay almas muy pusilánimes a las que el roce de una hoja que cae del árbol en el otoño se les convierte poco menos que en una agresión. Las viejas y malhumoradas -tú las has visto- son como son. Y hay monjas jóvenes y melindrosas, de las que van llorando por todos los rincones y que necesitan fáciles consuelos. Y tú eres de las que, cuando hay que tirar hacia adelante, tiras hacia adelante con todas tus fuerzas... Más de una vez debieron decirle a Teresa cosas así algunas de sus hermanas: Paulina o María, sobre todo. Y la Madre María de Gonzaga también, que, a la postre y por muchas que fueran sus contradicciones temperamentales con Teresita, tampoco tenía pelo de tonta y sabía perfectamente la calidad de monja que le había entrado con Teresa al convento de Lisieux. ¿Reacción de Teresita en estos casos? Pues la que podía esperarse por quienes creían que la conocían un poco:
-No me importa que por eso –por decirles la verdad- haya algunas que no me quieran. Si no quieren oír la verdad, que no vengan a buscarme.
La Comunidad de Carmelitas que encontró Teresa a su entrada en el convento de Lisieux no era, precisamente, una comunidad de monjas exquisitas. Se trataba más bien de una comunidad tipo en la que se habían juntado monjas venidas de muy distintas situaciones sociales y culturales, modestas casi todas ellas.. La Madre María de Gonzaga, que era como la proa de la casa, se dio cuenta de que con aquella criatura que había llegado a la casa con quince años cumplidos y que era la niña que no sabía barrer un claustro, iba a ser la que acabaría por ponerla en una situación espiritual conflictiva en la que casi nada ni casi nadie habían logrado entrar. Dice Guy Gaucher que la Madre Gonzaga, ante Teresa del Niño Jesús, entendió enseguida que se trataba de una mujercita inflexible, que le estaba adivinando el fondo de su ser y que en determinado momento –cosa que sucedió más de una vez- podía sermonearle las cuarenta en bastos. Con exquisita prudencia y gentileza, pero sin dar marcha atrás en el ejercicio de la verdad. Las novicias que estuvieron al cuidado de Teresa durante el tiempo en que se le confió el Noviciado, también sabían de memoria cuál era el sistema de su joven Maestra cuando iban a su celda en busca de consuelos conventuales o para que les aclarara algún punto del comportamiento de cada día.
Escribe Von Balthasar: “Teresa tuvo que avanzar por entre todas las empalagosas cursilerías y falsificaciones. Tuvo que ir, recta como un huso, hacia la sencilla y desnuda verdad del Evangelio”. Y en el Evangelio, tomado a dosis intensas y de manera muy libre y reflexiva, se encontró Teresa con el modelo vivo de la sencillez espiritual que andaba buscando como fundamente y base de su camino de infancia. No voy a tener que inventarme nada, se debió decir cuando descubrió esa piedra de filosofar que es el Evangelio para todo cristiano sin prejuicios. Me lo están dando todo hecho aunque –eso si, tenga que prescindir de muchas marrullerías espirituales que han servido para convertir la verdad del Evangelio en una falsa y rancia noticia de lo que fue la vida de Jesús y la razón de María y del bueno de San José, al que quiero con toda mi alma.
-De haber sido sacerdote...
El alma se le rompía a Teresa en un suspiro cuando, de vez en cuando, se le asomaba al balcón esta secreta aspiración de su vida: haber sido sacerdote. Teresa fue, sin duda, una de las almas sacerdotales más decididas e intensas que se dieron en toda la espiritualidad del siglo XIX. Cosa que no tiene nada que ver con el planteamiento contestatario en que ahora se la ha querido embarcar por quienes defienden de manera más o menos razonable la conveniencia y aun el derecho de una ordenación sacerdotal de la mujer. El feminismo de Teresita –que fue tan honrado y luminoso como el de su Madre Santa Teresa- se quedó sin cortedad alguna en una estima suficiente y emocionada de su propia condición de mujer nunca inferior a la condición del varón. Aunque, por desgracia, también en los tiempos de Teresa fueran las mujeres las más castigadas y disminuidas de las criaturas de Dios en el corazón de la Iglesia.
No me resisto a recoger en estos momentos la originalidad del pensamiento de Teresa y de su gozo interior cuando repasa en el Evangelio la vida sencilla y ejemplar de la familia de Cristo en la humildad de Nazareth. Dice Teresa:
“Me hace un bien enorme pensar en la Sagrada Familia, imaginarme una vida completamente ordinaria y todo eso que se nos cuenta porque se les supone una existencia distinta y extraordinaria. Eso no es verdad. No es verdad que el Niño Jesús hacía pajaritos de barro y que soplaba sobre ellos y que les daba vida y los echaba a volar... El Niño Jesús no tenía por qué estar haciendo milagros inútiles. Me pregunto, si no, ¿por qué no fueron trasladados a Egipto a lomos de un milagro? Habría sido mucho más natural y a Nuestro Señor le habría resultado bien sencillo sacarse de la manga el milagrito. En un abrir y cerrar de ojos habría hecho el viaje... Pero he aquí que no. He aquí que en su vida todas las cosas fueron como las nuestras...
Y de esta consideración casi humorística de la infancia de Cristo pasa Teresa a la reflexión sobre la Virgen, su adorada mujer de la primera sonrisa y del reenganche de su vida a una nueva existencia. Piensa Teresa en la cantidad de veces que le han hablado de la Virgen: cuando niña en casa, en la catequesis, en los sermones de los domingos, en el cole adolescente, en el locutorio y en los ejercicios espirituales y en las charlas de las Prioras cuando los capítulos conventuales. Sermones, sermones, sermones... Miles de sermones. Y bien:
“Todos los sermones que he oído sobre la Virgen me han dejado fría. Habría deseado ser sacerdote para predicar sobre la Virgen. Me parece que una sola vez me habría bastado para hacer comprender mi pensamiento sobre ella. Yo habría mostrado, ante todo, hasta qué punto es desconocida la vida de la Virgen. Creo que de Ella no hay que decir cosas inverosímiles o que no se saben. Por ejemplo: no hay que decir que, de muy chiquita, a los tres años, fue al templo a ofrecerse a Dios con sentimientos ardientes de amor y con extraordinario fervor cuando pudo haber ido, sencillamente, por obedecer a sus padres. Para que un sermón sobre la Santísima Virgen produzca fruto, es menester que muestre su vida real tal y como el Evangelio nos la deja entrever. No sirve su vida supuesta o inventada. Y lo que se adivina de su vida real es que en Nazareth y más tarde en los otros sitios en que transcurrió su existencia, fue una vida normal, cotidiana, absolutamente ordinaria. Se dice de Jesús: “Les estaba sumiso”. Y eso es sencillo. Y eso es hermoso.
Pero, desgraciadamente, se nos muestra frecuentemente a la Virgen como alguien inaccesible. Habría que presentarla como una modélica mujer que practicaba virtudes ocultas. Habría que decir de Ella que vivía de fe como nosotros. Habría que aportar las pruebas sacadas del Evangelio donde leemos, por ejemplo, que “No comprendieron lo que El les decía”. Y también leemos en el Evangelio que “su padre y su madre estaban sorprendidos de las cosas que se decían de El”.
Le sacaban sarpullido a la pobre Teresa los curas que se inventaban de la Virgen cosas tan peregrinas como que su vida fue una suave marea del tiempo que no le dejaba muesca alguna de su paso por entre el dolor y el envejecimiento. ¿Qué es eso que dijo cierta tarde un cura imaginativo que se inventó lo de que la Virgen no sufrió dolores físicos?. Teresa se quedaba mirando a la Virgen. La veía como era de verdad: con una sonrisa difícil, con unos ojos turbados por el proceso de las cosas, por la ansiedad de su pueblo, por su falta de libertad, por el odio que se había cernido sobre su hijo cuando apenas si acababa de nacer. El destierro fue el destierro. Y el regreso tembloroso a Nazareth fue un regreso silencioso, como de ilegales que se filtraban por los agujeros de unas fronteras que no eran tales fronteras, pero que sí eran un desierto.
“Al mirar esta tarde a la Santísima Virgen, he comprendido que eso no era verdad. He comprendido que la Virgen sufrió no sólo en el alma, sino también en el cuerpo. Sufrió mucho en sus viajes: frío, calor, cansancio, hambre...Tuvo que ayunar muchas veces porque es casi seguro que no siempre le fue fácil el pan. De manera que he llegado a la conclusión de que Ella supo claramente lo que es sufrir. Sufrió como sufren todos los pobres”.
Y a la cotidiana y sencilla Teresa, metida emocionalmente en la casa de Nazareth, no le cuesta nada volver los ojos. Se va de la Virgen a San José, a quien ella quiere tanto y que debe andar de garlopas por el escaso rincón de su carpintería. Cree que a él le sería más difícil que a la Virgen andar de ayuno en ayuno. A la postre, dice Teresa con cierta ternura femenina, tenía que trabajar y meter los riñones.
“Yo lo veo cepillando madera y, luego, enjugándose el sudor de vea en cuando, pero como a escondidas para no causar pena a la Virgen.
Para Teresa, la cosa sencilla de aquel hogar estaba clara. José era delicado, de una gentileza llena de encanto, admirador perpetuo de la belleza materna y virginal de su esposa. Un caballero casi lírico este José laboral y contemplativo. Teresa, a ratos, a este José de María le tiene suave compasión. Compasión de amor y de sorpresa. Lo mira como la joven mujer que es. Y se da cuenta de que han tenido que ser muchas las veces en que ha tenido que pasar penas y desengaños. Quizás no tuvo en su trabajo una buena clientela, piensa Teresa. Quizás pecaba de buenón y había gentes que lo abusaban y no le pagaban a tiempo los trabajos que les había hecho. “Nos llenaríamos de asombro –escribe- si conociéramos la cantidad de veces que lo pasaban estrecho. Pero su vida era así de sencilla y de corriente”.
De repente, a Teresa, mientras escribe estas cosas, le parece que se está pasando más de cuatro pueblos. Y le entra un verecundo pudor. Y comienza a imaginar que van a ser muchos los que le van a decir que a la Virgen se la trata con más respeto que el que ella ha utilizado y que una cosa es ser pobre con dignidad y discreción y otra cosa es andar aperreada por la vida, como ella –Teresa- ha llegado a imaginarse. O que si no se acuerda ya de que son muchas las plegarias populares –tan sinceras, tan directas- en que a la Virgen se le dicen las mil y una maravillas. O que repase, si las tiene a mano, las laudes de la letanía de cada Rosario... Y va entonces Teresita, esta maestra de lo cotidiano que tiene palabras para casi todo, y se despacha con garbo de las barreras que ella misma acaba de poner delante de sus ojos. Dice:
“De acuerdo. Sabemos de memoria que la Virgen es la Reina del cielo. Sabemos que ha sido coronada como reina también de la tierra. Y que es el orgullo de nuestra raza y que es el supremo gozo de Jerusalén. Pero no hay que hacer creer a nadie –como a mi. me han pretendido hacer creer- que, con sus prerrogativas exageradas, a lo único a que contribuye es a eclipsar la gloria de todos los santos. Hay poesías que hablan de Ella como del Sol que, cuando se levanta en cada amanecer, acaba por mandar al rincón oscuro a todas las estrellas. Le he dicho muchas veces al Señor que esto me parece extraño y aun perverso. Que me perdone El, pero una madre no puede pretender que desaparezca ante ella la gloria de sus hijos. Yo, con perdón de teólogos y singulares devotos a ultranza, pienso exactamente todo lo contrario. Yo creo que la Virgen aumenta hasta límites insospechados el fulgor de todos los elegidos.”
De manera que bien –saca en conclusión Teresita-: hablemos de la Virgen cuanto queramos hablar. Hablemos de sus privilegios, que los tiene a manta. Pero no nos quedemos ahí. Lo importante es que la gente ame a la Virgen. Lo importante es que nosotros la amemos. “Y si, al oír un sermón -Teresita tiene trauma, está visto, de los muchos sermones malos que ha tenido que aguantar y ahora se suelta el pelo contra ellos y tiene todo el derecho del mundo-, si al oír un sermón sobre la Santísima Virgen, nos vemos forzados a padecerlo desde el principio hasta el final exclamando dentro de nosotros mismos algo así como “Oh-ah-oh”, sepamos que llegaremos al hastío y que por ese camino no iremos ni al amor a la Virgen ni a su sencilla imitación. Me temo que algunas almas, en situaciones así, es posible, más bien, que lleguen a sentir una especie de alejamiento de una criatura tan superior a todos nosotros.”
Teresa, cuando hace y escribe esta hermosa reflexión que cualquier teología mariana aceptaría hoy a ojos cerrados, se está ganando a pulso el derecho a hacer de teologuilla aficionada, pero con un hondo sentido de la verdadera devoción a la Virgen. “Yo creo que el único privilegio de la Virgen, al margen de haber sido exenta de la mancha del pecado original, es el de ser Madre de Dios. Y aun este último privilegio es un privilegio espiritualmente compartido porque ha sido su mismo Hijo quien nos ha dicho en el Evangelio que “el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre”.
Le encanta encontrar en la Escritura las palabras necesarias para sentirse segura en sus adivinaciones. Las busca con una sutil habilidad. Y no necesita pegarles revolcón alguno para que se le adapten a las urgencias espirituales con que las persigue. Al revés: si hay alguna cosa que le molesta es sorprender de vez en cuando que hasta los grandes especialistas de la Escritura andan a la refriega en las interpretaciones. Teresita eleva el punto de mira. Se dice a sí misma que la verdad más verdadera sólo la descubriremos en el cielo, cuando se nos descorran todos los velos y aparezca ante nosotros –fulgurante más que nunca- el tabernáculo de Dios. “Mientras tanto, la tiniebla es nuestra noche y nuestra noche es el vínculo de la fe. Hay un lado oscuro en todas las cosas. Hay una ausencia de luz cenital. Me da pena ver las diferencias que hay en las traducciones de la Escritura. Si yo hubiera sido sacerdote... (otra vez su nostalgia sacerdotal). Si yo hubiera sido sacerdote, habría estudiado el hebreo y el griego a fin de poder leer la palabra de Dios en lenguaje humano”.
En cualquier caso –es decir: desde la lengua original o desde las controvertidas traducciones- lo más cierto para Teresa es que en esta Palabra de Dios encuentra, como cualquier cristiano sin excesivas preparaciones bíblicas, todo el material bélico para la lucha y todo el sosiego para la paz. El alma de Teresa se llena de luz con estos encuentros. Y la energía interior no se le desboca –Teresa no es mujer de excesos emocionales-, pero le fortalece las decisiones. Por ejemplo: ha descubierto en la Escritura –y en la Santa Madre Teresa de Jesús- que la verdad es la humildad. No al revés, por el momento. Lo que quiere decir Teresa es que nada hay más cierto en la vida del espíritu creyente que este hecho fácilmente comprobable: que en nosotros no se da movimiento alguno, por simple e instintivo que sea, que no haya sido modelado por Dios. Teresa mira con amor, cuando se la traen hasta su habitación de enferma, la gloria florecida de una espiga. Casi se le llenan de lágrimas los ojos. Teresa confiesa que “esta espiga es la imagen de mi alma. Nuestro Señor me ha cargado de gracias. Gracias para mí. Gracias para todos los demás. Gracias para todas las cosas. Ahora, cuando la veo, sumisa a su propio fruto, me doy cuenta de que yo, como la espiga, también quiero inclinarme bajo la abundancia de sus dones”.
No le gusta que venga alguien, ingenuamente, y le diga que es una santa. “No, yo no soy una santa. Yo no he hecho jamás las obras grandes de los santos. Yo soy un alma pequeña a la que Nuestro Señor –eso sí- ha colmado de gracias. Lo que le digo es la verdad. La más pura verdad. Ya lo verá usted en el cielo”. Tampoco le gusta que sus hermanas –Paulina y María y Celina- la traten como al pequeño tesoro que corre riesgo de hundírseles en el mar de la muerte. Alguien le ha dicho que va a ser una hora muy triste aquella hora en que la muerte vendrá a buscarla. Teresa ha saltado sobre sí misma como con un resorte.
-No, no es eso. La muerte no va a venir. La muerte no viene nunca, Quien vendrá a buscarme será nada menos que Nuestro Señor. Porque dígame: qué es la muerte. La muerte no es un fantasma. La muerte no es un espectro terrible. Hacen muy mal los que la pintan así, para miedo de timoratos. En el catecismo está escrito que la muerte no es más que la separación del alma y del cuerpo. Eso y nada más.
En este final de la joven vida de Teresa Martin Guerin hay un problema que ha sido visto muy sutilmente por Von Balthasar y por el obispo Guy Gaucher. Es el problema que se le plantea a Teresa cuando no acaba de distinguir adecuadamente lo que es la verdad que se diferencia de la humildad. O lo que es la humildad que no va presidida y guarnicionada por la verdad. Le sucede algo temperamental a Teresa: que ve la verdad, la palpa, la adora, lucha por ella, se devora el alma tras su búsqueda y su encuentro. Pero la humildad es algo que no se ve. A la humildad no se le pueden poner límites. Ni hay manera posible de dar con ella y llegar a poseerla igual que se posee el silencio o la práctica de la caridad. “Yo no sé si soy humilde –le confiesa a Paulina en una de sus penúltimas conversaciones-. Lo que sí sé es que veo en todo la verdad”. Lo que se ha ido tropezando Teresa en esta permanente indagación de la verdad de sí misma y de su relación con Dios es lo que la ha conducido a la confianza cotidiana, al pase lo que pase, al sé que estoy en las manos de Dios y que en El todos mis deseos –hasta los más profundos- acaban por encontrar una culminación casi perfecta.
Una tarde, por ejemplo, cuando la vida se le va acabando a chorros, Teresa descubre en el firmamento la imagen perfecta de lo que en ella ha venido aconteciendo desde el día en que se entregó al amor y se puso plenamente en las manos de aquel a quien amaba. Lo cuenta con un lirismo absolutamente hermoso. Dice:
“Al inclinarme un poco en mi lecho de enferma, he visto por la ventana el sol poniente que arrojaba sus últimos resplandores sobre la naturaleza. Y sobre las cimas de los árboles. Aparecían las cimas como si acabaran de ser doradas por un artista singular. Entonces me he dicho; así aparece mi alma. Mi alma brillante y dorada porque está expuesta a los rayos del sol, que son los rayos del amor. Si este sol divino dejara de enviarme sus resplandores, yo quedaría inmediatamente oscura y entre tinieblas”.
A la luz de este resplandor de Dios en ella hay que interpretar el alma de Teresa y ese invento singular que hemos llamado “camino de infancia”. Que no es otra cosa que la santificación, paso a paso, de lo que en la vida aparece como más normal y sucedáneo. Teresa sabe que no es paciente, temperamentalmente paciente, sino viva y chispa como mil veces demostró cuando era la niña de Los Buissonnets, pero que sí es capaz de colocar en la intensa paciencia de Dios todas sus instintivas sacudidas. Ella sabe por experiencia que no es lo mismo escribir sobre la caridad las palabras más alucinantes que levantar la pluma caritativamente y con calma cuando una novicia impaciente e intempestiva llega a decirle las cuatro bobadas que acaban de ocurrírsele. Ella sabe mejor que nadie que no le ha favorecido absolutamente nada aquella lechigada de chicas Martin Guerin que se han dado cita en una misma colmena conventual. Y que, ante esta división acorazada de tanta monja hermana, las otras monjas van a tomar a Teresita como se toma al dominguillo de todos los porrazos. La Madre Gonzaga, que se convencerá algún día de que Teresa, con unos pocos años más, sería una priora excelente a la que ella misma daría su voto para llegar al priorato, tendrá que doblar muchas veces el codo y prescindir de sus evidentes celos con Paulina y de sus resistencias instintivas al ingreso de Celina en el Carmelo.
Es decir: que el secreto a voces de Teresa Martin Guerin fue el secreto inteligente de quien ha tropezado en su camino con una luz de Dios que le ha ido alumbran- do el golpe de cada paso, la seguridad de cada suelo y la razón viva de una conducta limpia y niña al mismo tiempo. Algunas veces, este camino de Teresa coincidió parcelariamente con el camino de otras almas. A veces, el camino de Teresa fue un camino muy personal y distinto. En cualquier caso, el camino de Teresa fue siempre –lo sigue siendo- el camino posible y justo de las almas que, como ella, se sienten sencillas criaturas en las manos de Dios. Eso basta.

T. Eduardo Gil de Muro