PROS Y CONTRAS DE LO COTIDIANO

<*>1. Elogio y menosprecio del tiempo ordinario

Por el revés de las célebres Maesta de Duccio en Siena se encuentran dibujadas las escenas de la Pasión y las apariciones pascuales.
El contraste entre el Cristo humillado y el Señor de la gloria se marca, conforme a la tradición bizantina, por el esplendor del manto azul bordado en oro que viste el resucitado. Pero curiosamente hay una escepción. En la ultima viñeta, la de Emaus, Cristo lleva sencillamente una capa parda de tela vasta y ordinaria como la de un viajero cualquiera. Sus ojos se abrieron al partir el pan y le reconocieron, pero el desarpareció de su vista (Lc 24,31): El resucitado ha hecho del manto del prójimo su vestido, y de los días ordinarios su morada.

Cuando la experiencia viva de su presencia se retira, cuando la fe ya nada sabe, bajo la capa parda y la bata de lo cotidiano, al descifrar los signos con el corazón ardiente y en el pan compartido, ¿qué pasa de los días ordinarios?
Vuelven los días laborables del calendario ciudadano.
A poco que la actualidad no subraye ni dramatizce ni haya grandes cambios ni desgracias que hayamos de retener, por poco que la vida politica y economica siga su curso sin sobresaltos notorios se diría con verdad que "no pasa nada".
Entonces están dadas todas las condiciones para que se desarrolle un extraño malestar que él mismo se entretiene morasamente en sus propios síntomas: la melancolía, el aburrimiento, el tedio...
Sospecho que la melancolía sea una enfermedad fundamentalmente del tiempo ordinario.
Sobreviene cuando el orden de todos los días ha perdido su principio de organización, su ritmo y su polaridad propia.
Pues estamos de tal modo inscritos en el tiempo, que este desorden del tiempo, esta atonía de la perduración, no hacen sino meternos en el desorden y en la astenia espiritual de nuestra libertad. No nos sentimos libres: lo cotidiano se vive como impuesto, como una pesadez a la que se añade a veces pesadumbre.
Si queremos llevar hacer un diagnóstico de la melancolía que no sea de complacencia, es necesario describir lo que es el tiempo cotidiano y ordinario, y ver en qué modo constituye inevitablemente un prueba para la libertad que a la vez amenaza y relanza su impulso. Una verdadera encrucijada, bajo su apariencia no importante, se descubre un riesgo y una ventura un pro y contra.
Así restaurado en su densidad propia el tiempo ordinario se presta a una lectura teológica: se convierte en este "tiempo después de pentecostés" que ocupa tan prolongadamente el ciclo litúrgico, el resucitado caminando pero de incógnito con nosotros en la perduración de los días.
Su discreta luz puede dibujar en ellos la historia santa de los días sin historia.

<*2. El picapedrero

Un cuento indio muy conocido evoca el diálogo de un sabio con los obreros que penan en una cantera bajo el calor del día y el peso de la jornada: un trabajo inhumano, un trabajo... Pregunta a cada uno de ellos lo que está haciendo.
El primero levanta hacia él una mirada sombría y taciturna y declara:
--Bien lo ves tú, pico piedra.
El segundo le mira con ira :
--Bien lo sabes tú, me gano la vida.
El tercero, con los ojos llenos de luz, le dice:
--¿No lo adivinas? ¡Nunca lo adivinarías! Construyo un templo a mi dios.
En su limpia concisión el apólogo sugiere toda una fenomenología del tiempo ordinario.
Es, en primer lugar, el tiempo de las mediaciones pesadas, donde se prueba la acción a mucha distancia de sus fines; recubierta y como oculta en la interminable puesta por obra de los medios que los fines requieren para tomar cuerpo.
Mientras en el juego, en la creación estética, en la fiesta, en el peligro, en la mística... el fin se ve y se da en una proximidad tan inquietante, tan exaltante, a veces hasta se dan las dos juntas: medios y fines, en el tiempo ordinario, por el contrario, el orden de los medios
-se escalona desmesuradamente
-vacía todo el campo de la conciencia
-e invade todo el espacio de la acción.
Entonces el trabajo retiene lo inmediato del juego, las politicas suceden a las misticas, y los funcionarios a los conquistadores.
Saludable prueba para la voluntad, la hora de palpar lo real que allí se templa y ajusta su impulso, a condición de que no se rompa justamente ahí...
Muchos factores, además, contribuyen a agravar en nuestras sociedades, a veces hasta el desgaste o la ruptura, la pesadez de las mediaciones y contribuyen a ahondar la distancia entre la acción y sus fines.
La parcelación de las tareas,
la especialización y la fragmentación de los saberes,
pero también quizá la doble hipertrofia de los bienes de consumo y de los medios -mediaciones por excelencia y no fines-, cuya proliferación llega a veces curiosamente a ocultar los fines a que deben servir.
Entonces surge la tentación de la melancolía; el picapedrero no puede descifrar su propio gesto, no sabe lo que hace, ni por qué ni para qué... ¿Construye algo mi repetida faena diaria, quién se entera, para qué vale, quién me lo reconoce, mi trabajo mal pagado y poco valorado socialmente a quién, para qué...? No entiendo lo que hago...
Este gesto ya no es propiamente un gesto es nada más un movimiento pesado hecho con pena vacío de sentido.
La estructura normal de la acción voluntaria que articula el orden de los medios y los fines y los subordina unos a otros y asegura entre ellos la circulación del sentido se disloca o descoloca.
Ordinario no connota ya ningun orden ni ordenación a un fin
común cesa de significar la posibilidad de compartirlo
banal no remite ya a nigun derecho de uso...
La indiferencia se adueña y apodera de lo ordinario de los días como una respuesta de la voluntad a la insignificancia de sus contenidos.
A la erosión del sentido corresponde la evasión de la conciencia. En lo cotidiano se pierden de vista los paraqués y la relación entre esto tan ínfimo y el reino de Dios, la construcción del mundo, la salvación...
Los únicos fines que se esperan son los fines de semana. Es en la imaginación de este paraiso, en ese otro sitio, otra parte mítificada: los fines de semana o de las vacaciones, o de los viajes o de los sueños que la imaginación proyecta donde ella proyecta el orden de los fines confiriéndoles por lo mismo un estatuto idolátrico: para emanciparse de lo real y de las tareas que les hacen a la vez relativas y efectivas los fines se absolutizan de manera anacrónica, devienen fantasmas.
El cotidiano tan pobre, adora ricos ídolos imaginados.

<*>3. El sombrío reino de las almas acostumbradas

Es decir que aquí más alla del diagnóstico sociocultural, está en causa una ética de la libertad. Una conversión en lo cotidiano. La posibilidad de encontrar pros entre tanto contra.
El tiempo ordinario llama y pide a este propósito una nueva lectura: no compromete solo a la estructura de la acción voluntaria, sino la experiencia misma de la libertad sensata.
Pues lo cotidiano prueba la libertad en su misma fuente es decir en sus potencias de innovación.
Quien dice libertad dice poder de comenzar de nuevo, de romper con lo que ya ha sido con quien he sido, de abrir lo posible, de arriesgarse a lo definitivo, de tomar una decisión. De convetirse y dejar de ser almas adocenadas, tediosas, habitadas por la monotonía, el empalago del hartazgo sufriendo verdaderamente una única molestia: el fastidio sin razón.
Pero los días ordinarios son precisamente aquellos en los que hay mucho que repetir y poco que inventar. Nada comienza verdaderamente en lo cotidiano, nada acaba tampoco en lo de cada día, todo continúa, hay que seguir... mañana más... no es tiempo ni de culminar, coronar ni de planear aventuras, ni de proyectar ni de celebrar, es tiempo de poner otro ladrillo, rellenar otra vez el mismo formulario, volver a barrer lo barrido, andar el mismo camino, sentir el mismo cansancio.
Continuar, hacer hoy los gestos de ayer y los de mañana sin perder nada del frescor de los comienzos ni de la exaltación de los cumplimientos o los éxitos: tal es el desafío de los días de cada día. El pro de lo cotidiano.
En los periodos cotidianos y mesetarios la libertad sensata no se ausentará de la historia sin relieve. Por el contrario allí se ejercitará su más alta medida de paciencia y de fidelidad. Si no el lento hacerse de la fidelidad viva y creativa se pierde en el ya todo hecho de los hábitos y costumbres adquiridas y se instala en el reino sombrío y triste de las almas habituadas. Como ayer, será hoy y mañana. Nada nuevo bajo el sol... todas las cosas ya las he visto, la cantinela o palinodia del Qohelet se instala en la conciencia como una musiquilla pegadiza que no podemos apartar del pensamiento.
Además ciertos aspectos de la cultura moderna pueden hacerse peligrosamente cómplices de este desgaste que quema las posibilidades reales de lo de todos los días.
Pues todas las garantías contra las sorpresas y los riesgos de la existencia con que nos asuguramos en las sociedades modernas y ricas, vienen a embotar las facultades de adaptación y de creación. Hacen el futuro como una parte de lo vivido. Previsible, consabido...
Se llega así a que los medios, por una suerte de efecto perverso, secan, ahogan y reducen al silencio todo lo que no sea ni actualísimo, ni instántaneo, ni excepcional, ni espectacular...
A la educación de la mirada por la pintura sencilla y realista -pensemos en La lechera o en La encajera de Vermeer de Delf y sus escenas de la vida tranquila, en el mejor Velazquez- se opone en este tiempo el efecto óptico producido por los mcs que van haciendo desaparecer el sencillo cotidiano de los días, ocultándonos la verdad.
¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Pero de qué le sirve al hombre ganar su vida si el la pierde en el aburrimiento y el tedio de la repetición? ¿Cómo engendrar novedad? "Novi, novum canamus canticum" (San Agustín).
Nuestra dificultad para responder explica quizá la desafección actual de muchos de los jóvenes frente a las tareas y compromisos de largo aliento y de lenta maduración, ya se trate del aprendizaje, de la educación de la vida conyugal o de la vida consagrada. Esta dificultad sugiere que más allá de la prueba etica de la libertad se perfila otra más radical la dificultad de la existencia como tal en la temporalidad como tal.

<*>4. La desdicha de Sísifo

En la horas ardientes de la espera o de la pasión, cuando hay amenazas o esperanzas, la diferencia entre pasado y porvenir se inscribe fuertemente en el presente, polarizando y tensando las energías del rechazo o de la esperanza, del temor o de la impaciencia.
En el tiempo cotidiano por el contrario las diferencias de potencial tienden a atenuar esa fuerza que es fuerza para voluntad: entonces queremos con determinación algo, nos sentimos en tensión, activos, excitados... Esas fuerzas que no sostiene por sí lo cotidiano son entoces confiadas a la vigilancia de la conciencia; a esta atención al presente que mantiene el justo relieve en la conciencia y asegura el exacto punto de tensión del tiempo entre el porvenir y el pasado sin distracción ni evasión.
Esta vigilancia es onerosa, pesada, difícil y por tanto siempre esta amenazada. Hoy doblemente a escala colectiva. Porque se ha borrado el rostro de las grandes tradiciones simbólicas que fundan la memoria común y que garantizan contra el olvido la permanencia del pasado. Por la ruina de las ideologías del progreso que configuraban y dinamizaban -no sin riesgo- la relación al porvenir.
Así que de nuevo amenaza la melancolía; y hablamos o tratamos de matar el tiempo con alguna o con cualquier cantidad de diversiones y uno acaba por encontrarse ante un tiempo muerto donde se pierden las relaciones de la conciencia con el futuro, con el presente y con el pasado en una interferencia embrollada de referencias temporales que neutraliza con un mismo gesto la tristeza y la alegría, el deseo y el dolor. Solo queda la longitud-ancha y plana del tiempo, y en él la pura maldición de la distancia de sí a sí mismo (alienación), de sí al mundo y de sí a los otros. Tedio y tristeza de lo cotidiano abrumado por el aburrimiento Aborrecerse uno a sí mismo y a todo, horrorizarse sin pasión -¡qué contradicción!- de sí mismo.
Pero aquí la melacolía de lo ordinario se quita las máscaras: su verdadero nombre es nihilismo. Todos pasamos algún rato en este infierno de tranquila apariencia.
Para el nihilismo, el pasado ha muerto y el futuro va acbar en la muerte. ¿Para qué o a qué viene o de qué vale acordarse del pasado o comprometerse con el futuro? ¿Para qué esperar? Cuando por aburrimiento y saciedad mezcladas se pierde así el sentido del tiempo, se altera el sentido mismo de la vida.
Penélope podía cada mañana sin ninguna melancolía deshacer el tejido o tapiz de la víspera y volver a comenzarlo; porque cada día que pasaba le prometía el retorno de su querido y ausente Ulises. Pero no es posible imaginar a Sísifo dichoso mientras rueda cuesta arriba su roca: la espantosa simetría del ayer y del mañana no puede nutrir en él más que un humor meláncolico, hastiado, fastidiado.
Trasporta una piedra con la que jamás construirá una catedral.

<*>5. ¿Es también un tantico atea la vida cotidiana?

Tiende a hacernos proceder como sino hubiese Dios en la vida. Las "definiciones de la realidad" son aquellas nociones de lo real y de lo falso con que se funciona de modo espontáneo en la actividad diaria corriente. Lo cotidiano, precisamente por ser cotidiano, fluye y pasa sin que nos percatemos de ello la inmensa mayoría de las veces. Y es que así como nuestra atención y conciencia se elevan o refuerzan cuando nos sale al paso algo inesperado o difícil, también se rebajan y debilitan en lo corriente, hasta desaparecer en las llamadas rutinas.
"Pues bien: en lo relativo a las cuestiones que he nombrado (uso del dinero y del tiempo, valoración espontánea de las personas, orientación de los intereses de saber, lógica del sexo, paz y guerra... ), las definiciones de la realidad dominantes en Occidente no son las que se corresponden con el reino. Si espontáneamente compartimos esas definiciones dominantes, es imposible que nuestro discurso prerreflexivo no se atenga a ellas." (A. Tornos, Cuando vivimos hoy la fe, p. 304)
La Evangelii nuntiandi dice que la evangelización habría de llevar a que se cambiaran «los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad» (n. 19). Eso es la vida cotidiana. La que refleja los efectos de la simple y elemental comprensión espontánea de los hechos, previa a toda reflexión, propósito o voluntad.
Hoy la mayoría de los cristianos europeos en el nivel espontáneo y prerreflexivo cotidiano no tienen modelos de vida propios. Tampoco en ese nivel tienen esquemas de autorrealización diferentes de los que no son cristianos (por ejemplo en lo tocante al uso del dinero, del empleo del tiempo libre, de las posibilidades de informarse y saber, de las relaciones personales más valiosas); en todo caso se considera que participarán en algunos actos piadosos de rito tradicional o de rituales reinventados. Y además muchos piensan, de entre los pocos que piensan, que eso es lo correcto y así ha de ser. En lo que conozco de Africa y en bastantes sectores de América Latina no es así.
Pero la identidad que uno vive (no meramente lo que uno piensa de sí, sino eso y lo que funda «fácticamente» el engranaje del actuar corriente de uno en su sociedad) está muy estrechamente relacionada con las «definiciones de la realidad» por las que uno inadvertidamente se guía. Es imposible que quien se identifica con una determinada idea de su autorrealización personal (tal acceso al dinero y uso de este, tales modos de valorar a las personas, tal preferencia por ciertos campos del saber, tal carrera profesional, tales proyectos éticos o ausencia de proyectos éticos en su vida sexual, etc ... ) no esté «leyendo» la realidad a través de las «definiciones» que hacen lógica su conducta.
La posibilidad de pérdida o ganacia del gusto de ser y vivir cada día se ofrece y se reserva bajo las especies frágiles de una cotidianidad sensata, es decir orientada, significante y significativa.

<*>6. La Hora entre todas las horas

Al menos así lo creemos nosotros. Y no nos equivocamos. Porque algo le ha pasado al tiempo ordinario desde que Jesucristo ha entrado en él. Aunque el evangelio no reduce a Qohelet al silencio, la venida de Jesucristo no ha abolido el tiempo de las mediaciones humildes y de las repeticiones, de las demoradas esperas y de las rutinas. Él no ha venido a abolir sino a dar plenitud. A cumplir. No ha venido a condenar el tiempo ordinario, sino a salvarlo de la melancolía, la tristeza y el aburrimiento tedioso. De la perdición...
Pues Jesús ha ido, de entrada y de golpe, a lo más profundo del mal, a esta trama desnuda del tiempo que se cuela, se va por el sumidero del alma y que borra en la muerte hasta su propia huella. A Belén... a lo más bajo y último. A Nazaret... a lo oscuro y lo aldeano.
A la hora de pasar de este mundo al Padre, de vivir en su pascua el acto supremo de su libertad humana de hombre y de Hijo, el acto decisivo y de finitivo "de una vez por todas" de nuestra salvación: Jesús "tomó pan y después haber dado gracias lo partió y dijo: esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros, haced esto en memoria mía. Hizo lo mismo con la copa después de la cena, diciendo: esta copa es la nueva alianza en mi sangre, haced esto en memoria de mí. Pues cada vez que comeis este pan y bebeis esta copa anuciais la muerte del Señor hasta que vuelva" (1Cor 11, 24-25).
Cristo escogió el gesto más repetitivo, el más banal, comer, beber, -las mediaciones más necesarias y las más modestas de la vida, el pan y el vino- para enterrar y esconder ahí el acto más inédito, el más cargado de sentido y de finalidad, el único capaz de abrir la historia más allá de la muerte: el amor hasta el extremo, el don de sí hasta la cruz. Él entrega y encarga el acontecimiento único de su Pascua, la hora entre todas las horas, a lo ordinario de todos días además ahora en su repetición sacramental. La fracción del pan se convierte para todo lo largo de la historia, para su entera duración en el memorial eucarístico.

<*>7. "Ya solo en amar es mi ejercicio"

A la luz de la Pascua del Señor podemos, como lo hacen los evangelistas, remontarnos hacia atrás hasta la vida pública, después hacia la vida escondida de Jesucristo, después a la preexistencia... Durante su vida pública, ha vivido la banalidad de los días en los estrechos límites de los caminos y de las aldeas de Palestina, al ritmo de necesidades que se repiten -necesidades de pan, de salud, de perdón- y de las lentas paciencias que ha de poner en juego ante las incomprensiones de los discípulos y de las multitudes.
No ha podido ni querido anticipar ni apresurar su hora: El rechazo de un gesto de salvación inaugural y espectacular (Mt 4, 1-12), el secreto mesiánico ciudadosamente preservado, la discreción que rodea a los milagros son otros tantos signos de este respeto que tiene a lo ordinario de los días, y del cuidado de no comprometer, por la impaciencia de las multitudes, la modalidad ordinaria tan divina de la Salvación: Mi alimento es hacer la voluntad del Padre de aquel que me ha enviado (Jn 4, 34). Lenta, al paso del hombre, pues "Dios está en el cielo y habla en palabras de eternidad, nosotros, pobres y ciegos sobre la tierra no entendemos sino vías de carne y tiempo (S2, 20, 3).
Cristo ha vivido lo ordinario del tiempo como el orden mismo y propio del amor en su infatigable redundancia. Repetida misericordia, cotidiano servicio...
Entonces, como todo lo que toca el amor, lo ordinario del tiempo queda trasfigurado.
En cada parábola del evangelio, a las cosas más familiares, la viña y el rebaño, el dracma y la lámpara, las pone a reflejar una misteriosa luz. No solamente en las parábolas da la palabra a lo cotidiano, sino que las cosas y las labores cotidianas descubren para él una inagotable reserva de sentido sobrenatural, lo de siempre habla de lo que no hay, de futuro, de reino, de lo que no vemos. Esto es lo que hay... pues le basta para dar a ver lo que va a venir.
Sí, Padre, así te ha parecido mejor: has revelado estas grandes cosas del Reino no solo a los pequeños del mundo, sino en las pequeñas cosas de este mundo.
Y comprendemos asi las largas jornadas y años de la vida escondida oculta; estos treinta años. Durante su vida pública él ha vivido la banalidad de los días.
Estos treinta años en los que Jesús vivió sin aparecer. Uno de tantos, un hombre cualquiera... Por retomar la expresión de san Ireneo este es el tiempo en que Dios se acostumbraba al hombre, se ofrecía en su Hijo a las ínfimas e infinitas mediaciones vulgares de la existencia humana.
En su camino hacia la edad adulta, en su progresiva asimilación de la cultura y de la identidad de su pueblo. Se deja adivinar el inmenso respeto de Dios por el orden de las mediaciones que a mucha distancia de los fines preparan el fin último con la paciencia del tiempo.
La iglesia naciente a su turno ha debido hacer esta misma experiencia.
Le ha sido necesario entrar en esta duración. La ascensión y pentecostés lejos de abolir la historia abren su horizonte más allá de las prisas de las primeras generaciones cristianas.
El retraso de la parusía ofrece al Espíritu sembrado, desparramado, extendido y comunicado "la copa profunda de la historia" para que él la llene hasta el borde y la consagre.
A los tesalonicenses que se excitan con la perspectiva del retorno inminente del Señor, Pablo les recuerda que no han de vivir de una manera desordenada sino que han de entrar de una manera pacífica en el orden normal del tiempo desde ahora ya estructurado de manera definitiva según el antes y el después de la Pascua, pero sin que esta formidable diferencia de potencial entre el pasado y el porvenir autorice cualquier evasión hacia una espectacular parusía:
"Nos hemos enterado de que hay entre vosotros algunos que viven inquietos sin trabajar, todo el día de un lado para otro sin hacer nada. A esos... El que no trabaje que no coma. Que trabajen con calma y que coman el pan que se ganen" (2Tes 3,12).
En cuanto a los corintios, embriagados por las experiencias de carismas extraordinarios, Pablo les recomienda y reconduce firmemente a la aparente banalidad repetititva y diaria de las tareas humildes del amor fraternal: el amor es paciente, es servicial, ... no es maleducado ni egoísta... todo lo espera, todo lo aguanta (1Cor 13, 4.7).
Desde ahora se trata de lo que magnificamente dice San Juan de la Cruz: "que ya solo en amar es mi ejercicio". Todo, y en el todo Pablo incluye todas las mediaciones humanas, sean de orden económico o político, buscar dinero de la colecta para la Iglesia de Jerusalen, o de un esclavo fugitivo que hay reconcliliar con su amo. La vida escondida de Jesús se repite en el tiempo de la Iglesia como vida escondida del Espíritu Santo en el corazón de todas las rutinas y trabajos humanos humanos, acostumbrándose al hombre por las demoras en su historia. El tiempo ha roto sus velos, la representación de este mundo se termina, van a echar el telón (1Cor 7, 29) pero la travesía será larga.
Yo te bendigo, Padre... por los díaas y las horas, severas, largas, grises, pardas horas y cosas como largas hileras de surcos invernales: Como versos de Berceo, así suena lo gris cotidiano:
"Su verso es dulce y grave; monótonas hileras
De chopos invernales en donde nada brilla.
Renglones como surcos en pardas sementeras;
Y lejos, las montañas azules de Castilla"
A. Machado, Campos de Castilla, CL, Mis poetas, p. 216.

Hagamos también el elogio de la humilde y fuerte, cotidiana encina:

"En tu copa ancha y redonda
Nada brilla,
Ni tu verdeoscura fronda
Ni tu flor verdiamarilla.
Nada es lindo ni arrogante
en tu porte, ni guerrero,
nada hay fiero
que aderece tu talante.
Brotas derecha o torcida
con esa humildad que cede
Solo a la ley de la vida
Que es vivir como se puede".
A. Machado, Campos de Castilla, Las encinas. Ib.

Al cotidiano podemos decirle también:
Quién pudiera como tú,
a la vez quieto y en marcha,
cantar siempre el mismo verso
pero con distinta agua

Pero ¡ay!

Ya nadie se detiene a oir
tu eterna estrofa olvidada.
Nadie queire atender
tu eterna estrofa olvidada.
G. Diego, Río Duero.


<*>8. Lo ordinario trasfigurado

¿Cómo extrañarse de que la Iglesia en su liturgia de tan gran espacio al tiempo ordinario? Pero también ¿cómo no extrañarse de que ella haga llegar a la palabra en la confesión y en la intecesión, en la alabanza y en la adoración, un cotidiano decir demasiado a menudo reducido por la rutina al silencio de la insignificancia?
Como una marea la Pascua del Señor, celebrada desde el origen invadió poco a poco el ordinario de los días. Ayudados por la reforma litúrgica del Vaticano II, quizá actualmente hayamos tomado una conciencia más viva del tesoro que representa -más allá del círculo estrecho de las prácticas ordinarias-, la asunción litúrgica de lo ordinario de los días en la dinámica pascual.
La Pascua designa en efecto el relieve último del tiempo humano, lo único definitivamente sustraido a la erosión de la melancolia-aburrimiento: el tiempo de la Iglesia viene de la Pascua y va a la Pascua, de la pascua sucedida en la historia "de una vez por todas" a la pascua eterna. Nuestra muerte individual y todas las muertes de la historia no se reducen al absurdo discurrir del tiempo... Ellas son tomadas como tales en el memorial eucarístico que ya las asumio y que las ofrece y que un dia les trasfigurará en plenitud de vida. Basta recordar con que vigor la anámnesis eucarística articula el pasado el presente y el futuro para comprender en qué sentido decisivo la liturgia de la Iglesia es guardiana del sentido del valor del tiempo cotidiano: Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este caliz celebramos el misterio de la fe anunciamos tu muerte Señor hasta que vuelvas.

<*>9. El hermoso hoy

En la actualidad permanente de la Pascua, nuestra condición temporal no ha sido suprimida sino restaurada en su plenitud de sentido. Asi es que no somos de ningún modo sustraidos a esta prueba moral de lo cotidiano, a esta encrucijada de la libertad que constituye la repetición: repetir es desplegar en la duración del instante presente la libre decisión, probando por ella la autenticidad y asegurando en ella la efectividad.
Allí donde más acecha la melancolía-aburrimiento, el tedio y el fastidio, allí vigila el amor: solo el lenguaje del amor es repetitivo sin ser rutinario; solo el amor puede trasformar las costumbres en fidelidad.
"Solo el amor, da valor a las cosas el amor" Santa Teresa, Exc 5, 2.
"Dios no mira la grandeza de las cosas sino el amor con que las hacemos". Hasta la oración es: Amor y costumbre. Camino 24, 6; Vida 22, 10. Hasta este ejercicio de oración cuenta con la pedagogía de la rrepetición, a despecho de la amenaza de rutina.
Se sabe la importancia que Sana Teresa da a la repetición. Al mirarlo de cerca se constata que ella cumple en la pedagogía (Amar y costumbre) un papel estricatmente inverso al que ella juega en la vida ordinaria: ¡Acostumbraos, acostumbraos...! (Camino 26, 1-2.10; 4,9, etc) lejos de producir rutina, ella mira a acentuar la sensibilidad hacia las cosas de Dios, a hacernos sentir y gustar interiormente la presencia cabe mi del Señor. Lejos de estrechar el campo de lo posible, se ordena al descubrimiento de su voz permenete y su llamada, a la determinación de acompañarle y andar juntos: si la costumbre a veces empobrece progresivamente la imaginación, no es para perderla en la insignificancia, sino para introducir el corazón en la sencillez de la mirada casi involuntaria al Presente en el espesor de lo diario. En esta pedagogía teresiana de la repetición esta escondido el secreto de la verdadera libertad válida para todas las repetciones que nos impone el curso ordenario de los tiempos y días. Este secreto es el antídoto teologal para la melancolía, la aburrida rutina, la semi-atea vida de cada día ... contra el vivir fastidiado, cansado, hastiado, malhumorado, estragado, saturado...
La gracia pascual ni nos ahorra la repetción ni nos dispensa de las múltiples y onerosas mediaciones de la acción contra el resistente y duro tajo de todos los días. Pero aquí también esta presencia les carga de sentido. "Hacer las pequeñas cosas como grandes a causa de la majestad de Jesucristo que las hace en nosotros y que vive nuestra vida, y las grandes como pequeñas y fáciles a causa de su omnpotencia". Pascal, Pensées, nº 553.
Porque Jesucristo ha entrado en nuestra historia, todos los fines a la altura del hombre son ya solo medios hacia el FIN que es el reino. Pero tambien es verdad que el reino esta ya en medio de nosotros, inmamente a todas las cosas y fines que vemos e intentamos y que ponemos por obra para cumplir derechamente nuestra tarea de hombres.
Pues lo medios del amor son ya amor y el amor no tendrá nunca bastantes medios para igualar y agotar sus fines.
¿Acaso es necesario aquí ya distinguir entre medios y fines? Santa Teresita sabía que recoger un alfiler por amor puede salvar un alma y san Francisco Javier podía, por la misma razón, poner a temblar la corte portuguesa y lanzarse al otro cabo del mundo. No dejarse encerrar por lo inmenso y ser contenido por lo mínimo eso es lo cotidiano divino. Danos de ese pan...
Entre el alfiler y la carabela, entre lo ínfimo y lo inmenso, el corazón que ama no escoge. Se puede hablar de indiferencia como san Ignacio, pero a la indiferencia pasota morosa de la voluntad liada en el orden interminable de los medios ha sucedido la indiferencia teologal que les vuelve todos igualmente incandescentes por la proximidad inmediata del fin. Esta indiferencia no es pasividad, sino un acto: se trata de hacerse indiferente, no se trata de una disolución del sujeto en el anonimato del aburrimiento, sino que le promueve a libre compañero del actuar de Dios.
Ella no extingue ni sofoca el deseo, ella lo dilata hasta la dimensiones de este actuar y de la llamada de las almas. "Yo lo escojo todo" dice Teresita: los medios y los fines, el pasado y el porvenir, el sombrío y el hermoso día de hoy. Pues desde ahora ya ha llegado la hora de hacer de todas las cosas eucaristía.

Cf.: Margueritte Léna, Christus, nº 191 (1998)
CSFX

Gabriel Castro, carmelita
Burgos, 18 de marzo de 2002