“¿COMO VIVIR CON ESPIRITU LOS RETOS DEL PRESENTE?”

El espacio que se me ofrece en esta Iª Semana de Espiritualidad organizada por la gran familia del Carmelo de Burgos, Editorial Monte Carmelo y el Centro de Iniciativas de Pastoral de Espiritualidad (CIPE), es la de transmitir una experiencia, mi experiencia. No se trata, pues, de una conferencia magistral ni académica, sino de aportar unas cuantas pinceladas sobre el tema debatido hoy: “PROS Y CONTRAS DE LO COTIDIANO” . En este marco referencial se circunscribe la presente comunicación.

“Vivir con Espíritu” es la esencia de toda espiritualidad. El Espíritu es el vivificador de la existencia, el “dador de vida”; sin él la vida se apaga porque es su principio vital. El olvido del Espíritu tiene graves consecuencias:

“Sin el Espíritu, Dios se ausenta, Cristo queda lejos como un personaje del pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia pura organización, la esperanza es reemplazada por la institución, la misión se reduce a propaganda, la liturgia se congela, la audacia evangelizadora desaparece [...] las puertas de la Iglesia se cierran, los carismas se extinguen, la comunión se resquebraja, el pueblo y la jerarquía se separan, la comunicación se debilita, el debate fraterno es sustituido por la polémica o la mutua ignorancia, se produce un divorcio entre teología y espiritualidad, la catequesis se hace adoctrinamiento, la autoridad se degrada en dictadura, la libertad de los hijos de Dios se asfixia, surge la apatía o el fanatismo y la vida de la Iglesia se apaga a la mediocridad” .

De tal manera que, o se vive en el Espíritu para tener la “Vida”, o la muerte y el sin-sentido se convierten en escenarios permanentes de nuestra existencia. Pero, ¿cómo integrar al Espíritu en nuestra vida cuando ésta está llena de contradicciones que superan nuestras fuerzas? Es un hecho indudable que nuestro “cotidiano” está imbuido de conflictos, a todos los niveles: personales, familiares, sociales, eclesiales, por nombrar algunos; conflictos que amenazan nuestra vivencia de fe y fidelidad. Cabe aquí la denominación paulina de “combate espiritual” al cual estamos sometidos constantemente y para lo cual será necesario revestirnos de las armas de Dios: verdad, justicia, Palabra de Dios, fe, oración, comunidad. Tarea ardua y compleja donde no caben “recetas mágicas” ni simplistas.

Como venezolano y latinoamericano, tengo detrás de estas palabras la experiencia de acompañamiento de muchos hombres y mujeres que han sido escuela de seguimiento e invitación a la fidelidad para mí porque son hombres y mujeres con Espíritu, el Espíritu del Dios vivo; experiencias que tienen como denominador común: el dolor, la adversidad, la precariedad, el conflicto y la experiencia del Espíritu. Recuerdo a Sofía, mujer pobre, 8 hijos, analfabeta, trabajadora y con una fe del tamaño de la Catedral de Burgos; Elvira: separada, dos hijos (un nieto de su hija única y “parido” a los 16 años), desempleada, ministro extraordinario de la eucaristía y catequista ejemplar; Carlos Alberto: casi mendigo, hombre de Dios y expresión clara del crucificado. Así podría seguir enumerando casos; pero no pretendo otra cosa sino decirles que el “vivir con Espíritu” es no sólo posible sino realidad aconteciendo en numerosos hermanos que afrontan la vida en medio de las más extremas condiciones y conflictos.

Para ustedes, europeos y españoles, la situación se presenta con distintas connotaciones y peculiaridades y, definitivamente, siempre como reto: ser hombres y mujeres del Espíritu en este presente, concreto, que les ha tocado vivir. Se trata, en definitiva, de abrirle espacios al Espíritu para que la obra siempre nueva y dinámica de Dios acontezca en la vida diaria y poder ser sus testigos hoy en Burgos, en la familia, en los trabajos, las comunidades y, por supuesto, en la Iglesia. Para ello, lo primero es tomar conciencia del déficit pneumatológico que tiene nuestra vivencia de fe , reaccionar y, finalmente, ponerse en la dirección adecuada. Una palabra al respecto:

<*> 1.- Falta Espíritu de Dios en nuestro cotidiano: para nosotros cristianos es fácil confesar en Asamblea litúrgica el “creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida”; pero ¿cuántos de nosotros recurrimos al dador de vida cuando ésta se nos torna pesada, árida, sin sentido? Para los cristianos de hoy es un reto pasar del decir al obrar, del hablar al hacer, de tal manera que “se note” lo que confesamos con los labios.

<*> 2.- Toma de postura: ante esta constatación será necesario tomar decisiones nuevas que nos permitan asumir nuestro cotidiano no desde nuestras categorías contingentes y limitadas, sino desde la “orilla de Dios”, la del Espíritu que ensancha horizontes y crea novedad aún en medio de los sepulcros, la soledad y las situaciones de muertes.

<*> 3.- Direccionar la vida de fe: si el Espíritu es fuente de vida, sus mociones e impulsos conducirán hacia verdes pastos, fuentes tranquilas, orillas desconocidas pero seguras; ubicará de manera nueva la existencia incorporando lo que hasta ahora no contaba ni era considerado significativo para nuestra vida. En este sentido, desinstalará y reorganizará nuestro complejo y profundo misterio humano hasta tal punto que nos llevará a sorprendernos de las capacidades aún insospechadas que palpitan en lo más hondo de nosotros mismos. Caminar como Abraham, en salida permanente; como Moisés, descalzado ante la irrupción del Misterio revelado; como Job que proclama la fidelidad de Dios en medio de su sufrimiento; como Ester que pone toda su confianza en Dios en los momentos de peligros; como Jeremías que aunque no quería proclamar la Palabra, no puede evitarlo; como Isaías que con sus labios impuros es voz de Dios para su pueblo; como la Esposa del Cantar de los Cantares que canta al amor de su vida; como Oseas, casado con la infiel para proclamar la fidelidad inquebrantable de Dios; como el salmista que bendice a Yahvé porque perdona sus culpas y lo saca de la fosa. Será el Espíritu el que hará posible asumir el silencio y la soledad, como José el carpintero, pero en la confianza absoluta de que las acciones desconcertantes de Dios están cargadas de realidad salvífica; como el ciego Bartimeo capaz de llegar con su ceguera ante Jesús para recobrar la vista; como el hijo pródigo que vuelve a la casa a pesar de sí mismo confiando en la misericordia infinita del Padre; como los bienaventurados del evangelio que encuentran la Buena Noticia escandalosa del Reino; caminar como los apóstoles que dejan sus redes para convertirse en pescadores de hombres; como Pablo, convertido en apóstol de los gentiles; como la Esposa del Apocalipsis que recobra el amor primero para gritar: “¡Ven, Señor, Jesús!”.

El Espíritu hace reorientar nuestro cotidiano, haciendo de la vida un hermoso paseo que transitará por nuevos y desconocidos paisajes y geografías, encontrando nuevos compañeros de caminos -queridos o no, con rostros y reclamos concretos- y pasando por desiertos y altas alturas. Al igual que los discípulos, el Espíritu nos conducirá “mar adentro” donde hay tempestades pero también nuevos aires, simultánea y alternadamente golpeando/acariciando nuestras vidas. Llegaremos al desierto de las tentaciones y al Tabor de la Transfiguración, no para quedarnos sumidos en el calor agobiante ni para instalarnos en las chozas “soñadas” de Pedro, sino para proseguir nuestro camino hacia la plenitud, hacia la Pascua. Es el Espíritu quien hace redentoras nuestras cruces y sufrimientos de cada día cargándolas de liberación y salvación para nosotros y para los demás. Es un nuevo dinamismo, una nueva manera de asumir los “pros y contras de lo cotidiano” que requerirán un nuevo talante espiritual. Algunas pistas de ayuda:

1. Conversión a Jesucristo como Dios y Señor: se trata de darle centralidad en la vida, escuchándolo y siguiéndolo con radicalidad y coherencia. Contemplar al Jesús histórico que vivió el día a día, al igual que nosotros, en medio de la conflictividad.
2. Buscar espacios de encuentros con Dios en las circunstancias cotidianas: no luchar contra “molinos de vientos” sino descubrir las nuevas presencias de Dios y establecer relaciones de encuentro en estos inevitables escenarios.
3. Tener un talante teologal: En el conflicto y la crisis: creer, esperar y amar serán las actitudes adecuadas que permitirán atravesar los umbrales de conflictos que, sin duda, nos tocará transitar.
4. Favorecer lo comunitario: el encuentro con otros hace posible el caminar y crecer en el Espíritu.
5. Acoger el “silencio” de Dios: aceptar e integrar con humildad las gracias que Dios concede por los caminos insospechados y que conducen indudablemente a situaciones de plenitud y crecimiento. Es la “noche dichosa” de San Juan de la Cruz visitándonos para convertirnos en “la amada en el Amado transformada”.
6. Aceptar con serenidad la propia fragilidad e indigencia, conscientes de que en nuestra debilidad se manifiesta la “fuerza soberana de Dios” .
7. Intensificar la trascendencia: cuando lo cotidiano adquiere pesadez y el cansancio amenaza con instalarse en la existencia, será necesario “ir más allá” y dar espacio a la realidad trascendental de nuestra vida, seguros de que “si Dios está con nosotros ¿quién contra nosotros?” (Cfr. Rom 8, 31)

Finalmente, hermanos y hermanas, los retos del presente siempre nos saldrán al paso queramos o no y, ojalá, que los asumamos con el Espíritu de Aquel que supo darnos su vida para que nosotros la tuviéramos en abundancia. Esa es mi humilde invitación. Gracias.

Burgos, 18 Marzo de 2003.

Vicente De La Torre, O.C.D.
Delegación General de PP. Carmelitas de Venezuela