Lo cotidiano en Jesús

1.      La historia y lo cotidiano, desde  la Encarnación.

Hablar de lo cotidiano en Jesús nos remonta a las fuentes de la fe de Israel. Como sabemos, el pueblo judío ha hecho experiencia de Dios a lo largo de su historia. Dios se les ha revelado como Señor de la Historia, que ha elegido a su pueblo para hacer  Alianza y caminar con él. El Dios de Israel es un Dios que se ha metido en la historia del hombre, expresándole su amor, su ternura y su perdón de Padre-Madre, para hacerle así experimentar su salvación. El ‘colmo’ de esta cercanía amorosa del Dios de Israel ha sido, precisamente, la Encarnación del Verbo, Palabra única y definitiva del Padre, ‘dicha’ en la plenitud de los tiempos.

Por esto, lo primero a señalar es que, a la luz la fe de Israel, y sobre todo, del misterio de la Encarnación, lo cotidiano de la vida humana se ha convertido en lugar  donde Dios se manifiesta al hombre. La encarnación significa que el Hijo de Dios es enviado por el Padre para asumir toda la condición humana, menos el pecado (Hb 4,15). Es el Éxodo del Hijo desde la gloria de la Trinidad al corazón de la miseria –historia- humana para redimirla (Flp 2,6-8)[1] 

El Verbo, Cristo, al entrar en la historia, lo hace de una manera concreta, lo que ya implica una ‘opción’, pues se encarnó en un lugar, una cultura, un pueblo y un tiempo concretos. Por otra parte, al hacerse hombre se identificó con los hombres haciéndose uno de ellos, solidario con ellos y asumiendo la situación en que se encuentran, en su nacimiento, en su vida, y sobre todo en su pasión y muerte.  

Pero, más que hablar de las cosas concretas que formaban parte de su vida ordinaria, a la luz de los relatos evangélicos y su perspectiva teológica, es posible desentrañar ‘la espiritualidad’ de Jesús, su modo de ser conducido por el Espíritu en lo cotidiano. Por esto, intentaremos descubrir las actitudes más profundas que marcaron su itinerario existencial.  

La vida de Jesús transcurre, según nos cuentan los Evangelios, en tres etapas, que se corresponden con los tres grandes períodos cronológicos de la su vida:

 

+  Belén-Nazaret.

+  La vida pública.

+  La Pasión. 

Estas etapas –en el sentido que encierran dentro de la existencia de Cristo- pueden considerarse como tres grandes referentes para la vida de cualquier seguidor/a de Jesús. Pero, como señala S. Galilea, “no se trata de imitar a Cristo en su secuencia cronológica y en las contingencias y circunstancias de las etapas de su vida (el itinerario de Cristo desde Nazaret al Calvario es único e irrepetible); se trata de imitarlo en el espíritu y en los valores con que vivió esas etapas.”[2]

 2.     Lo cotidiano de Belén y Nazaret. 

Todo lo que será la vida de Jesús en Nazaret y su mensaje está contenido, en germen, en el hecho de origen de todas las etapas de su vida y de su inserción en nuestra historia: el nacimiento en el pesebre de Belén.  

* Belén precede a Nazaret, no sólo porque los hechos que suceden en torno al nacimiento llevarán a Jesús a Nazaret, sino porque el espíritu de lo que será  su vida allí, está contenido en la opciones esenciales significadas en Belén. 

Cada circunstancia en torno al nacimiento de Jesús, ha sido libremente elegida, y encierra un significado para su futura misión e inserción –así como para la nuestra propia-. 

Podemos descubrir tres Significados / sentidos del pesebre: 

·         En primer lugar, el pesebre significa que Jesús se inserta como pobre (primera opción). Más allá de las circunstancias de carencia y desamparo,  Jesús se situó deliberadamente entre los pequeños y menospreciados. No sólo asumió la condición humana, sino que en ella asumió la condición de siervo humilde (cfr. Is). La clave no está tanto en los aspectos externos y sociológicos de la pobreza de Jesús, sino en el hecho de entrar a formar parte, con la mentalidad y la actitud, del mundo de los humildes y servidores. 

·         En el pesebre se expresa la predilección por los más pobres de entre los pobres (los pastores), y la revelación de un mensaje de gozo y esperanza para ellos. La misericordia especial que Jesús mostró siempre por los últimos, se reveló inicialmente en la opción del pesebre. 

·         En Belén, Dios se manifiesta y acoge a los no evangelizados y alejados, los que no forman parte de la religión oficial, a los que buscan por otros caminos (los magos). Su venida y su propuesta de salvación –Vida- es para todos. 

“La opción del pesebre contiene en germen las grandes opciones de la vida y la misión de Jesús: el amor preferencial por los más pobres, alejados y abandonados de la fe; la pobreza y la humildad como estilo de vida. El sentido profundo de estas opciones es siempre el mismo: en la humildad y debilidad humana se revela el poder liberador de Dios”.[3] 

* Un aspecto clave, a la vez que desconocido en sus detalles- es el tramo de su vida en Nazaret, por haber sido el más cargado de cotidianeidad, donde vivió como ‘uno más’, ‘pasando por uno de tantos’ (cfr. Flp 2). “En Nazaret la Encarnación se radicaliza y alcanza su máxima intensidad: Jesús se inserta ahí en la condición humana, con todo su realismo, compartiendo la suerte de la gente corriente de su tiempo. Jesús se sitúa en el lugar de los pobres, compartiendo su trabajo y su condición prosaica de cada día, no como una ‘experiencia’ o postura pedagógica, sino como el estilo de toda su vida, que prolongará en su actividad pública y en su pasión”[4]. Puede decirse, como señala S. Galilea, que “si en su actividad misionera brilla su misericordia liberadora, y en su Pasión su inmolación redentora, en Nazaret brilla su caridad fraterna y su amistad en lo más ordinario y gris de la vida de cada día”[5]. 

A la luz del sentido que tuvo Nazaret como ‘lugar de lo cotidiano en Jesús’, no hay que olvidar que no se trata tanto de un espacio de tiempo o un lugar, cuanto de una dimensión de la vida en todo su transcurso. Así, podríamos señalar un significado para la vida humana y cristiana: “en nuestra vida, tarde o temprano -y según etapas-, aparece la rutina, la repetición, lo ordinario, el contacto con la gente corriente, las tareas sencillas de cada día. El espíritu de Nazaret es vivir todo esto con plenitud, con un gran amor; es valorar lo ordinario, la gente ordinaria, con lo que implica de ‘pérdida de tiempo’, de aparente ineficacia y sensación de no hacer nada interesante”. La caridad auténtica, la pobreza, la solidaridad y el servicio del Evangelio se prueban, ante todo, en la rutina del día a día. 

De este sentido, pueden desprenderse tres actitudes que expresan la espiritualidad cotidiana de Nazaret: 

·         La primera actitud a tener en cuenta es la práctica de la caridad y la justicia con situaciones y personas que no hemos elegido, sino que son las que nos impone la vida. La gente y las circunstancias que Dios manda y que son las que ponen a prueba la madurez de nuestro amor al prójimo: ese es nuestro Nazaret. 

·         En segundo lugar, el amor y opción preferencial por ‘lo más pobre’, no pasa por tener ideas avanzadas o discutir sobre ellas; se prueba sobre todo en la actitud y contacto cotidiano con el pobre y sufriente concreto, que es nuestro Nazaret. Lo mismo puede decirse respecto de la vida de oración. 

·         Una tercera actitud que expresa esta espiritualidad cotidiana de Nazaret es la práctica de la pobreza evangélica, vivida como renuncia interior a personas, cosas, lugares, cargos, planes, etc., a fin de crecer en libertad y amor. El estilo de vida pobre llega a su madurez no tanto en los casos (también necesarios) que elegimos nosotros según nuestros términos, sino cuando Dios elige por nosotros en sus términos. 

En la vida cotidiana de Nazaret, Jesús no eligió el estilo de vida en sus aplicaciones concretas, sino que éste vino dado por su entorno (un pueblo sin perspectivas y marginado). “Para el seguidor de Jesús, la primera pobreza es la impuesta por su medio, por sus límites, por las escaseces de todo tipo, por el tiempo del que no se dispone, por las incomodidades, por lo que no podemos hacer ni tener. La primera pobreza es aceptar el escenario de nuestro propio Nazaret”[6]. 

 3.     Lo cotidiano de la Vida pública. 

Al comenzar la etapa del ministerio público, la vida de Jesús cambia de estilo: de una vida sedentaria en Nazaret, pasa a ser un incansable itinerante; de trabajador manual, se transformó en misionero, predicador y profeta. De ciudadano corriente se convirtió en Maestro y Señor de discípulos y hacedor de milagros. De hijo de carpintero, pasa a revelarse como Hijo de Dios. Pero, lo más importante, es que en su nueva actividad, Jesús permaneció absolutamente fiel a los valores de su identidad más profunda y a su misión. 

Jesús aceptó la misión de su Padre con todas las limitaciones y concreciones que le imponía su condición humana y el estar comprometido con un pueblo concreto. En su tarea experimentó la persecución y el rechazo de muchos, pero esto no lo hizo desistir ni cambiar de opción para dedicarse a un apostolado más gratificante: permanece fiel a su propia vocación. 

Su estilo apostólico pasa, y se expresa, por la humildad (no hace uso de lo espectacular para ganar adeptos, o para imponerse), la misericordia, la amistad y entrega a los demás, la persuación. 

Durante esta etapa, su estilo de vida no es especial ni sobrehumano (no da muestras de asceta riguroso o de heroísmo exterior). No se manifiesta como separado del pueblo o distante, sino que vive como la gente sencilla de su tiempo. Ahora es cuando busca compartir con otros su misión: no es un solitario, sino que crea comunidad, llamando a otros ‘para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar’(Mc 3,13-14). 

Contemplar las actitudes cotidianas de Jesús según aparecen en los Evangelios, podría llevarnos a elaborar una lista interminable. Propongo, sencillamente, algunas, invitando a que cada un@ -evangelio en mano- descubra y complete la lista: 

Sobresale su humildad y paciencia ante la debilidad y miseria humana (Mt 11,29; Jn 8,11); su comprensión y tolerancia ante el rechazo y dureza de los corazones, a la espera del momento de su conversión y cambio (Mt 12,21-28 ; Lc 7,36-48); su fidelidad en presentar la verdad, aunque esta lo hiciera impopular (Jn 6,43-61); su dedicación y cariño por cada persona que requería su amistad y ayuda, cualquiera fuera su condición (Mc 3,10 ; 5,22-34 ; 6,55-56 ; 10,13-16 ; Mt 8,5-7 ; 9,18-19 ; 20,29-34 ; Lc 7,37-50 ; etc). 

Cabe destacar que Jesús vivió su vida cotidiana desde unas claves que se harán manifiestas en su vida pública, y que responden a la verdad de su identidad y su misión. Estas son: su intimidad con el Padre, su misericordia, y su solidaridad redentora. La clave de la fidelidad y la espiritualidad de Jesús está en su identificación absoluta con el Padre; su total intimidad con Él, en el amor del Espíritu Santo; en su adhesión total a su Voluntad. Desde el momento mismo de la encarnación (Heb 10,5-7), Jesús vive en la contemplación del Padre, que es su vida y su alimento (Jn 4,32-34 ; 6, 38 . 46 . 57). 

Todas estas actitudes de Jesús surgen de su espiritualidad, entendiendo ésta como la expresión humana del Espíritu Santo que lo inundaba y lo conducía (Is 11,1 ss ; Lc 4,16-22). Esta espiritualidad de Jesús, como vivencia cotidiana de ser conducido por el Espíritu, es el referente primero de espiritualidad para cualquier cristiano. 

Finalmente señalo –siguiendo al card. Martini[7]- otro aspecto que hace a la vivencia de lo cotidiano en Jesús: “el uso que hacía Jesús de su tiempo”. 

·         Jesús tenía una idea muy clara del uso que debía hacer con su tiempo; no lo usaba de manera casual (Mt 15,22-24, la mujer cananea que se acerca a pedir la curación de su hija). Jesús tiene ideas claras, sabe lo que debe hacer y no es esclavo de las expectativas de los otros. Porque tiene un plan de acción, no se deja esclavizar por las circunstancias, conoce bien cuáles son las prioridades. 

·         Pero Jesús no es rígido ni inflexible –al contrario de lo que nos suele suceder cuando, en nombre de tener las ideas claras, nos ponemos duros e inaccesibles-. Jesús es capaz de atender y ceder ante las verdaderas necesidades, y dejarse conmover por algunas situaciones. Su corazón, con sus ideas claras, está abierto (Mt 15,25-28 se deja conmover por la fe de la cananea. También en Jn 2,4, en las bodas de Caná). Se da un equilibrio importante: no se trata de un desorden, de hacer todo lo que sale al paso; ni tampoco de ser inflexible, sino másbien de una armonización entre las ideas claras y el corazón grande. 

·           Por último, se constata que Jesús, en su actuar cotidiano, tuvo ciertas prioridades: 

+  La primera fueron los enfermos y los pobres. La mayor parte de los pasajes evangélicos hablan de enfermos y pobres, y el modo cómo Jesús se comporta con ellos.(Mc 1,32-34 ; 14,14 ; Mc 6,34 ; Lc 9,11 ; etc.). 

+  Otra prioridad de Jesús fue el anuncio del Reino, al que describe como ya presente en medio de la vida cotidiana, e ilustra desde situaciones cotidianas de vida (cfr. las parábolas del Reino). 

+  También el encuentro y la conversación de Jesús con las personas –el contacto directo- es prioritario para Él. Jesús prefiere el contacto pastoral primario (hay muchos ejemplos en el evangelio. Cfr. Mc 2,13-17). 

+  Prioritaria es la oración: un tiempo largo para la oración personal y litúrgica (Lucas lo subraya muchas veces en su Evangelio). Jesús se retiraba a lugares solitarios para orar (cfr. Lc 5,16 ; 6,12 ; Mt 14,23). No oraba solamente cuando tenía tiempo. Él daba tiempo a la oración, lo que demuestra serle una prioridad. No renuncia nunca a la oración. 

+  Finalmente, el estar con los amigos –señala también Martini-, la amistad, es otra prioridad de Jesús. Esto, en dos sentidos:  

a)     Por un lado, estando y dedicando tiempo a sus colaboradores inmediatos. En toda la segunda parte de su ministerio Jesús pasa mucho tiempo no tanto con la gente, ni con los enfermos, sino con los discípulos (Mc 9, 2 . 30ss). 

b)     Por otro, Jesús tenía amigos con los cuales se entretenía familiarmente, con libertad. Tenía amigos, tenía una casa a la cual iba cuando deseaba estar con Lázaro, Marta y María, con toda tranquilidad (cfr. Lc 10,38-39). 

Desde estas alusiones, que no pretenden ser exhaustivas ni agotan el tema, hemos intentado acernos al sentido que guarda lo cotidiano en la vida y el misterio de Jesús de Nazaret, el Verbo de Dios encarnado, para poder confrontarnos y tratar de descubrir la invitación que encierra para nuestra vivencia cotidiana de fe. Porque, para que nuestra espiritualidad sea cristiana, nos dice Juan de la +: “Lo primero, traiga un ordinario apetito de imitar a Cristo en todas sus cosas, conformándose con su vida, la cual debe considerar para saberla imitar y haberse en todas las cosas como se hubiera él”.[8] 

Pablo Ureta ocd



[1] S. GALILEA, La inserción en la vida de Jesús y en la misión, Ed. Paulinas, Bogotá 1991, p.8.

[2] S. GALILEA, o.c., p.10.

[3] S. GALILEA, o.c., p.16.

[4] ibid. p.17.

[5] ib.

[6] S.GALILEA, o.c., p.19.

[7] cfr. Carlo María MARTINI, El ejercicio del ministerio, fuente de espiritualidad sacerdotal, en Comisión Episcopal del Clero, Congreso, Espiritualidad Sacerdotal, EDICE,  Madrid 1989, pp. 186-189.

[8] 1S 13,3.